Tantadel

febrero 17, 2016

El alma de un hombre bajo el capitalismo

Las muertes de personas y la desaparición de objetos queridos suelen afectarnos gravemente. Me han contado que cuando parte de la biblioteca de Octavio Paz se incendió, las llamas destruyeron parte de su alma. De lejos, pareciera que ese fuego contribuyó a su derrumbe en la total plenitud del éxito y el poder. Pero sin duda es el fallecimiento de los seres queridos, familiares o no, lo que nos oprime al mostrarnos de cerca nuestra fragilidad. No creo ser un hombre duro, poco sensible, la muerte no me tocó el hombro en riguroso orden cronológico.

La historia poco se apiada de aquellos que mueren solos y miserables arrojándose a las ruedas del Metro. Concluyo que la muerte voluntaria, asistida o no, es un derecho humano. Me interesan aquellas figuras de carácter fuerte que se matan. Las razones podrían ser diversas: indigencia, fracasos, desamor, soledad, crisis. La depresión, en su última fase, conduce al suicidio. Para combatirlo han inventado instituciones y frases baratas. El problema es que la gente piensa más en familiares y amigos que en la persona que opta por morir.

La lista de artistas del más alto nivel que optaron por el suicidio es abrumadora. El suicidio es producto de una intensa depresión y es raro que un loco llegue a suicidarse: lo suelen hacer personas cuerdas, pero con graves problemas materiales o espirituales. Que no son “cobardes” ni “huyen por la puerta falsa”, como indican quienes gustan de las frases hechas. Simplemente pierden el gusto por la vida, como si fueran personajes de Kafka.

La discusión sobre suicidio y eutanasia es larga, tediosa e imposible de resolver. Pareciera tema de ciencia ficción, pero es momento, entre tantos logros inútiles y supuestos avances sociales, derrotar la idea, para nada científica, de que sólo Dios da y quita la vida. Son las religiones el gran obstáculo para obtener una muerte digna, de allí han derivado leyes atrasadas y médicos atolondrados. El enorme científico inglés, Stephen Hawking, ha hecho público su apoyo al suicidio asistido para enfermos terminales con tal de no prolongar más el sufrimiento, que en ocasiones es atroz. “Las personas que padecen una enfermedad terminal y sufren mucho dolor deberían tener el derecho de acabar con sus vidas, y aquellos que les ayuden no deberían ser perseguidos por la justicia”, señaló sin duda recordando el célebre caso del doctor Kevorkian, quien pagó la osadía de incluso llegar al diseño de una máquina que contribuyera a evitar dolor en enfermos.

El poeta ruso Esenin debió reflexionar mucho sobre la solución última aun antes de percatarse de que los nuevos tiempos no eran los suyos. Por desgracia el genio de un creador no siempre es insensible a los vientos sociales, políticos o amorosos. Al contrario. Sabemos que no todos son felices desdentados y sin cabello, soportando dolores y el ingrato sabor de los medicamentos, arrumbados en una habitación, lejos de los ruidos e inquietudes mundanas.

Creo que Mishima, en tal sentido, es buen ejemplo para entender las razones por las que alguien se mata. Él lo hizo por honor, porque los valores en los que depositaba su fe habían dejado de existir luego de la Segunda Guerra Mundial. Mishima era realmente un samurái, el último que hemos visto y como tal murió no en combate sino por el afilado cuchillo que él mismo empuñó. Dejó una extensa obra artística fundamentalmente en prosa narrativa y diversos enigmas sobre su homosexualidad y patriotismo. Pudo no haberse dado muerte, pero era una hermosa forma de protestar públicamente, asistido por la lealtad de su “ejército”. El auténtico Mishima está no en su postrera lucha política sino en la intensidad de sus novelas y relatos. Su mente creativa y compleja convirtió su vida en una larga agonía cuyo lógico final fue el suicidio.

¿Qué nos da la religión, la creencia en un ser supremo y todopoderoso? Realmente sólo la posibilidad de imaginar la inmortalidad, algo que con el paso de los siglos será fastidioso y se pasará a la situación inversa, a buscar la muerte, a crear un Dios que conceda de manera misericordiosa la muerte definitiva. Ser enterrado con todo y alma. No hay mayor aberración que la inmortalidad y así lo ha probado la literatura. Se nos promete, en esencia, un eterno aburrimiento, compartir la soledad de Dios y vivir siempre bajo reglas establecidas, precisas y rígidas, que sólo pueden indicar tedio.

Abajo, en la tierra, el hombre ha buscado sin cesar la democracia, ¿no resulta perturbador que su última voluntad sea vivir eternamente en un reino autoritario, bajo la égida de uno solo, en la monarquía de monarquías?

Es más claro con versos de Díaz Mirón (“Espinelas”): El hombre de corazón/ Nunca cede a la malicia./ ¡No hay más Dios que la justicia ni más ley que la razón!/¿Sujetarme a la presión/ del levita o del escriba?/ ¿Doblegar la frente altiva/ ante torpes soberanos?¡Yo no acepto a los tiranos,/ni aquí abajo ni allá arriba!/ ¿Humillarme? Ni ante aquel/ que enciende y apaga el día./ Si yo fuera ángel, sería/ El soberbio ángel Luzbel.

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