Tantadel

febrero 03, 2016

El suicidio aquí y allá

En México debaten el tema de la muerte voluntaria, el suicidio y la muerte asistida, una eutanasia legal. Mientras tanto el número de suicidas se multiplica. La literatura es sin equivocaciones la que mejor ha tratado el tema. En innumerables novelas, cuentos y poemas, los personajes optan por matarse por propia mano. Las leyes no lo permiten y las religiones lo condenan. Las sociedades, en su absoluta mayoría religiosas, no lo toleran, es una ofensa contra Dios.

En una novela distante, Réquiem por un suicida, traté el tema largamente. Presenté, en apoyo a mi personaje, las muertes voluntarias de muchos escritores. La lista era inmensa y preferí quedarme con los de mayor fama. Traje asimismo las ideas de múltiples filósofos, sociólogos, psicólogos y literatos que opinaban sobre el tema. Uno de los que reflexionaron con mayor claridad fue sin duda el francés, Premio Nobel de Literatura, Albert Camus, quien lo veía como un acto de libertad. Uno no selecciona el lugar para nacer ni las condiciones, sí, en cambio, tiene la facultad de escoger la manera de morir, la hora y el sitio.

La novela ha tenido varias ediciones, tres o cuatro en España, las otras en México, y sus resultados los desconozco. Por algunos lectores involucrados en el asunto, supe de madres, padres o hijos agradecidos con el libro, porque allí encontraron una aceptable respuesta a la huida de seres amados. No hicieron eco de la condena universal ni la vieron como los enamorados de las frases comunes: “Escapó por la puerta falsa”, “Un acto de cobardía”. Todavía hace poco, una señora se acercó a darme las gracias, la novela la sensibilizó ante la muerte voluntaria de su hijo hace unos tres o cuatro años y la entendió.

El célebre Adolfo Bioy Casares, en su libro autobiográfico, Descanso de caminantes, toca el tema. Escribe: “Martha Lynch se suicidó de un balazo, en la noche del 8 al 9 de octubre de 1985. Todo el mundo se preguntaba por qué lo habría hecho. Mi amiga me dijo: ‘Pobre, lo más triste es que se suicidó por vanidad’. En todo caso, porque el paso del tiempo la entristecía y la vejez la asustaba. Se había hecho numerosas operaciones de cirugía estética, sin buen resultado. La gente la quería, la veía como una persona vital y fuerte; todo mundo parecía desconsolado, salvo otra de mis amigas, que me dijo: ‘No perdono a los depresivos ni a los suicidas. Son monstruos de egoísmo’. En cuanto a mí, me quedó como tantas veces pasa, una sensación de culpa… Parece que el marido se enteró de que Martha había comprado un revólver. Consultó qué hacer con un experto, Girri, al que se le suicidó Leonor Vassena. Girri dictaminó: ‘Nada, no haga nada. Aunque escondas o tires el revólver, si quiere suicidarse va a suicidarse’. El marido siguió el consejo y esa noche Martha se pegó el tiro…” A unos cuantos renglones más, Bioy reflexiona citando a un amigo suyo: ‘¿Por qué no podrá uno disponer libremente de su vida? ¿Porque pertenece a Dios? ¿Por respeto a la familia?’ Yo dije: Me parece que si una persona está dispuesta a destruir su vida, que es todo lo que tiene, puede sin cargo de conciencia causar una molestia o pena a terceros. Molestia y pena, ¡ay!, que es pasajera.”

Por desgracia, así es la realidad. En otra novela mía, La canción de Odette, ésta, personaje central, opta por matarse ante su incapacidad de frenar el paso del tiempo que destruía su belleza física. Las razones son de quien opta por morir. Unos mueren por vanidad, otros por tristeza, unos más por la miseria y aquéllos por desamor. La razón no importa, todos ellos están en su derecho si ello es su voluntad plena. La depresión, es cierto, conduce a muchos a pegarse un tiro o a arrojarse al Metro en movimiento. Pero hay razones más complejas que impulsan a hombres, mujeres y niños a matarse. En Japón, por ejemplo, los pequeños se suicidan ante la brutal presión escolar, en Dinamarca por soledad. Justificaciones las hay. Es tiempo de revisar las leyes y de leer con otros ojos a los escritores que como Dante vieron a los suicidas en el Infierno. Eran otros tiempos.

Una sociedad realmente moderna debe cambiar sus ideas y pensamientos, adecuarlos a razones científicas y de verdadera humanidad. Si una persona con enfermedad terminal sufre, está en el derecho de optar por la muerte. No son los médicos ni los familiares quienes deben hablar por ella. Es, en efecto, una acción liberadora.

Hoy recordamos a los suicidas célebres como los poetas Esenin y Mayakovski, a los narradores como Hemingway y Torres Bodet, los vemos con un aire romántico. En realidad, como personajes de Kafka, sufrían y pasaban pésimos momentos en la vida. Además, en más de un momento hay quienes no aman la vida. Entonces, los veo con el derecho a quitársela. Lo mismo esperaría de mis familiares y amigos si yo tomara esa dramática y sin duda exagerada decisión.

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