Tantadel

febrero 12, 2016

¿Existe el intelectual comprometido?

Hace muchos años entrevisté a docenas de escritores mexicanos, a todos les formulé preguntas sobre el compromiso del intelectual con la sociedad: qué tanto un escritor o un pintor debían comprometerse con la sociedad, servir de orientador en el cambio social. La mayoría se veía a sí misma comprometida políticamente con la izquierda, ésa que hoy no existe, que se diluyó en los triunfos perredistas. Augusto Monterroso fue sensato, me contestó preguntándome: ¿qué se le pide a un bombero: compromiso social o que tenga capacidad para sofocar el incendio? La respuesta es obvia: el bombero tiene como principal tarea apagar el fuego. Pero, y aquí estaba mi intervención, ¿qué ocurre cuando deja de ser bombero para convertirse en ciudadano común, cuando no hay incendios: podría ser un crítico del sistema que mal le paga y mantiene diversas contradicciones? Luchar por lo menos con su voto.

 Es decir, el intelectual no sólo escribe, hace arte, también reflexiona y tiene que votar y dar clases y conferencias y hasta opinar sobre política por más ajeno que se diga a ella. Claro, aquél que se ha metido a trabajar al servicio del Estado no tiene voz o sus palabras carecen de valor o de mérito en cuanto al tema político. Pero ¿y los demás? ¿A fuerza deben ser útiles al gobierno esté quien esté allí? ¿Qué necesidad tienen los artistas en vincularse de modo servil al Estado, no podrían abstenerse? ¿No saben que la historia de pronto se recupera del desconcierto que los medios le provocan y recapacita ante la actitud de quienes han puesto su talento al servicio de todo aquel que tenga dinero y poder y sepa compartirlos?

 El gobierno de Fox, sin proponérselo, nos dio una excelente radiografía de los artistas e intelectuales. Masivamente modificaron sus criterios ideológicos, de priistas más o menos avanzados, y se pusieron a sus órdenes. Pasaron a “trabajar” en la diplomacia con pretextos banales. Atrás, muy atrás, quedaron los buenos ejemplos donde los artistas se mezclaban con la política crítica, tales como Sartre, Alberti, Simone de Beauvoir, Brecht, Breton, Neruda, Revueltas y Vallejo. El poeta uruguayo Mario Benedetti lo decía de manera más dura: “Se me ocurre que sería muy lamentable para cualquier artista auténtico la mera aceptación de la idea de que una de las posibles funciones de la obra de arte sea la de absolver mágicamente a su creador de todas sus cobardías. El hecho de que reconozcamos que una obra es genial, no exime de ningún modo a su autor de su responsabilidad como miembro de una comunidad, como integrante de una época”.

 Es cierto que por ahora son los medios quienes hacen la crítica más aguda y sin duda amarillista, pero también es cierto que, por necesidad de tener escritores y artistas en sus páginas, han perdido de vista su tarea de denunciar corruptelas y manejos turbios de un escritor afamado. Hay escritores que hacen su fortuna y también su carrera a fuerza de ser aduladores. Padecemos ejemplos grotescos. Muchos se acercaron a Carlos Hank González, cuyos regalos costosos llegaron a casas de intelectuales que suponíamos incorruptibles. La lista de escritores y artistas plásticos que no han resistido el canto de las sirenas estatales es larga. Y no se da sólo con el priismo, también con el panismo y el perredismo. ¿A qué juegan?

 La mayoría de nuestros intelectuales y artistas imaginan que basta con intentar la obra maestra, el resto no importa. Tal parece que el solitario acto de crear (pintar, escribir, componer, esculpir) no fuera un hecho social. Cierto, al escribir una novela o un poema, estamos solitarios frente al papel. Pero ese papel, la pluma, la máquina, la computadora, han sido confeccionados por manos de trabajadores explotados y enajenados por sus patrones, sus líderes sindicales y por la pesada estructura socioeconómica existente. Y si pensamos en esto, la soledad disminuye o cobra un sentido diferente. Más aún: para escribir una novela, el narrador necesitó pasar por salones de clase, aprender a sumar, restar, leer y todo aquello que le dio la base de una formación que más adelante él desarrolló hasta donde le fue posible. Es frecuente que el intelectual, sobre todo el creador, aquél que crea personajes e historias a su imagen y semejanza, como un dios, se jacte de su condición peculiar. Pero debe recordar que alguien le enseñó lo elemental y que vive en medio de una sociedad compleja y con frecuencia explotada.

 Sin embargo, los tiempos han cambiado, pocos parecen recordar que la política y el arte pueden y deben tener puntos de contacto, pero no en el empleo burocrático, sino en la posibilidad de ser críticos y de impulsar los mejores valores de la humanidad tales como la libertad y la democracia. Nadie debe impedirnos pensar que la historia no recuperará la imagen difícil de aquellos novelistas y poetas que optaron por restarle tiempo a su arte y vivir con larga miseria para ser críticos y hacer tareas por todos aquellos que se han convertido en una preocupación fingida: los millones de pobres de México y los conflictos internacionales que nos afectan. Debemos recuperar las obsesiones de los surrealistas, quienes buscaban transformar el arte y también la vida.

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