Tantadel

febrero 28, 2016

Oscar Wilde, el conversador luminoso, el cuentista oral

Su vida transcurrió en salones sofisticados. Abruptamente se detuvo en la prisión. Sus últimos días en Europa continental fueron paliados sólo por algunos amigos franceses, como Jean Cocteau.

La literatura de Oscar Wilde fue tan grandiosa como trágica su vida. La bisexualidad no encajaba en la época victoriana. Cuando leí sus hermosos cuentos, sus piezas teatrales ingeniosas de diálogos inteligentes y encantadores, sus conferencias brillantes, no pude sino enamorarme de su literatura.
Yo era muy joven y en la escuela solíamos leerlo casi clandestinamente, incluso memorizábamos sus frases plenas de aguda y fina ironía. Una de ellas sigue maravillándome, porque la veo citada en docenas de lugares bajo cualquier pretexto: “La naturaleza copia al arte”. Al no saber qué me gustaba más de su obra, cuentos, como El gigante egoístaEl ruiseñor y la rosa, poesía delicada o su novela El retrato de Dorian Gray, opté por entregarle mi sincera devoción a la persona y a la totalidad de su trabajo literario. Mi madre me regaló la edición de obras completas de editorial Aguilar.
Su vida transcurrió en salones sofisticados. Abruptamente se detuvo en la prisión. Sus últimos días en Europa continental fueron paliados sólo por algunos amigos franceses, como Jean Cocteau, quien lo visitaba en el modesto hotel del Quartier Latin donde se hospedaba y falleció lejos del mundano ruido que le encantaba y distante de una familia que padeció las consecuencias de su pasión por el joven y apuesto Lord Douglas. La cárcel fue atroz para su espíritu refinado y frívolo, pero le fue útil para escribir sus obras más grandiosas: La balada de la cárcel de ReadingDe profundis. En París retomó la literatura francesa y dijo: “Y qué razón tengo yo para vivir”.
La bibliografía sobre Wilde sigue apareciendo y yo la sigo comprando. En París encontré Oscar Wilde, escrito por Vyvyan Holland, uno de sus hijos, quien optó por vivir bajo ese seudónimo. Un libro biográfico con abundantes ilustraciones. Cierra con la foto del célebre monumento de Epstein, que cubre los restos deWilde en Père-Lachaise. Su otro hijo, Cyril, seleccionó la carrera de las armas y murió en 1915 en el frente francés, luchando contra los alemanes.
En el número 10 de Tite Street, Londres, hay una modesta placa que lo recuerda: “Oscar Wilde, 1854-1900, wit and dramatist lived here”. Sus libros siguen recorriendo el orbe y el cine los busca.
Para muchos el mejor Oscar Wilde era el oral. Por relatos de quienes lo conocieron sabemos que su conversación era brillante, aguda e imaginativa. Cuentan que solía deslumbrar a sus escuchas. Entre nosotros, habrá que recordar a Salvador Novo y a Juan José Arreola.
Wilde gustaba de exponer historias, fábulas y cuentos, con frecuencia variaciones de temas conocidos y de relatos que modificaba o invertía. André Gide, en un libro memorable, Oscar Wilde, cuya traducción se debe al poeta mexicano Marco Antonio Campos, relata algunas de sus conversaciones, las que, con rigor, eran monólogos con los que el escritor irlandés iluminaba a sus amigos y admiradores.
Con algo de esfuerzo se podrían recuperar algunos de estos “textos” y de tal forma aumentar su bibliografía. Quedaría, sin embargo, la duda de algo fundamental: ¿qué tanto los herederos de aquellas conversaciones prodigiosas nos darían la esencia del Wilde oral? “Wilde, dice el novelista francés luego de conocerlo en París, no conversaba: contaba. Durante casi toda la cena, no paró de contar. Contaba dulce, lentamente; su voz era maravillosa”.
Hubiera sido magnífico tener una grabadora y conservar su voz educada y sus portentosas historias. Por lo pronto, a reserva de que alguna otra ocasión regrese al tema con mayor intensidad, me permito transcribir una de esas historias (El discípulo), conservada por la memoria de Gide en la versión castellana deCampos.
“Terminada la cena, salimos. Al ver que mis dos amigos caminaban juntos, Wildeme llevó aparte:
“—Usted escucha con los ojos —dijo de pronto—; por eso le voy a contar una historia.
“Cuando Narciso murió, las flores de los campos estaban desoladas y pidieron al río unas gotas de agua para llorar. —¡Oh!, respondió el río, aun si todas mis gotas de agua fueran lágrimas, no tendría suficientes para llorar a Narciso. Cómo lo amaba. —¡Oh!, retomaron las flores de los campos, ¿cómo no podrías haberlo amado? Era hermoso. —¿Hermoso?, preguntó el río. —¿Y quién mejor que tú lo sabes?, dijeron las flores. Cada vez que se inclinaba en la orilla, miraba en tus aguas su belleza...
Wilde se detuvo un instante.
“—Si yo lo amaba —respondió el río— era porque cuando se inclinaba sobre mis aguas veía el reflejo de mis aguas en sus ojos”.

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