Tantadel

febrero 07, 2016

Poesía de la revolución (II)

A diferencia de la Comuna de París, la reacción rusa fue incapaz de acabar con el movimiento bolchevique.

Por extraño que parezca, el hombre que elogió pública y abiertamente la pereza, una pereza liberadora y creativa, Paul Lafargue, trabajó con pasión toda su vida, vio a sus hijos morir y no siempre estuvo de acuerdo con su suegro, el célebre Carlos Marx, como lo hace notar uno de los prologuistas de sus trabajos memorables, J. W. NoriegaLafargue “era de la raza de los militantes, perfeccionada en él con el sabor del humor y de la poesía”. Este autor —y aquí tendríamos un punto de contacto con Reed—, a veces está más cerca de Shaw yRabelais, que de Marx y Lenin. Añadamos que no desaprobaba el suicidio.
Los mencionados en estas notas, personajes dramáticos que con toda comodidad hubieran cabido en obras de Shakespeare, fueron revolucionarios y poetas en el más riguroso sentido de los términos, los que no admiten interpretaciones y sí muchas sutilezas. Michel Tournier, en su trabajo sobre el escritor de El niño y El insurrectoUn corazón así de grande: Jules Vallés, explica las razones por las que uno es vallesiano o, en otros casos, lafarguista o guevarista: por su amor al hombre, al hombre de bien, antes incluso de la admiración que nos despierta sus escritos...
Descendiente directo de Lafargue y de VallésMayakovski encontrará como el primero, la liberación en el suicidio. Ya el “poeta de la revolución”, como lo llamaba uno de los mejores estudiosos del marxismo, Isaac Deutscher, presentía el naufragio de la maravillosa insurrección bolchevique, aquélla que nos permite intuir que siguen faltando utopías que pasen de quimeras a realidades, que aún estamos, como señaló Marx, en el principio de la historia. Dicho de otro modo: seguiremos en los umbrales de la vida mientras no comprendamos las intenciones de todos los poetas de la revolución, esos espléndidos revolucionarios de la existencia y la poesía.
Mayakovski cambió el rumbo de la poesía con metáforas que entonces sonaban violentas, puso su talento en la revolución que se desarrollaba a su alrededor. A diferencia de la Comuna de París, la reacción rusa fue incapaz de acabar con el movimiento bolchevique. Pero pronto los impulsos originales flaquearon, la revolución fue tornándose gobierno y la agitación creativa disminuyó al aparecer la burocracia estalinista. Esenin, poeta que inicia mirando ilusionado el combate comunista y le canta a Lenin, modifica sus versos y los dirige a la “patria”, a Rusia, “cuyo nombre es tan breve”, optará por la muerte voluntaria. Un sobreviviente, Ilya Ehrenburg, cuenta que escuchó los miedos de Isaak Babel: están quemando libros y encarcelando disidentes. El creador no supo resistir y optó por matarse. Estaba preparado para vivir la revolución, no para verla convertirse en unestablishment incapaz de transmutar radicalmente a la sociedad y quizás arrastrar al resto del mundo.
En uno de los manifiestos surrealistas, Breton escribió: “Transformemos el mundo, dijo Marx; cambiemos la vida, dijo Rimbaud. Para nosotros, estas dos consignas se funden en una”. Hasta hoy, por desgracia, parece imposible. Ernesto Guevara fue de los últimos en intentar llevar a cabo el sueño de esas grandes modificaciones de la historia. La vida se le fue en ello. No es extraño que sus lecturas frecuentes fueran libros de poemas. Mientras inútilmente se esforzaba para crear al hombre nuevo, robaba un poco de tiempo a la titánica tarea para escribirle a León Felipe y darle las gracias por un bello libro que éste le enviara: El ciervo.
La muerte de Guevara fue el fin de una época en la que muchos de nueva cuenta creíamos posible la edificación de esa sociedad más generosa y rica en ideales por las que lucharon VallésLafargueReedBretonMayakovski y Esenin. Una vez más un poeta de la revolución, un romántico de los cambios sociales, fracasaba en su intentona de transformar la vida y el mundo.
Esos nombres de revolucionarios jamás son invocados por la anquilosada izquierda partidista. Son más bien citados subrepticiamente por soñadores e idealistas que piensan en otra sociedad mejor y justa y hacen de su vida el mejor de los poemas. Es posible que la última cita que se dieran los poetas para apoyar una revolución haya sido la España envuelta en una dramática guerra fratricida. Hasta las trincheras acudieron poetas, novelistas, pintores e intelectuales. Unos eran comunistas como Pablo NerudaNicolás Guillén y Siqueiros, quien obtuvo el grado de coronel en batalla. Asimismo los había liberales como Octavio Paz, el que escribió un poema hoy difícil de obtener: ¡No pasarán!, y anarquistas de la talla de Orwell. Idealistas que fueron a luchar por una República donde había toda clase de personas en busca de un sueño.
La Revolución Cubana fue un intento enjundioso que atrajo la atención de creadores e intelectuales del planeta. Figura en sus inicios como el arranque de una utopía, los artistas se ponen a su servicio, pero no fueron pocos los que anticiparon un futuro desastroso. Entre ellos estaban Cabrera Infante y Severo Sarduy. Recuerdo una conversación con este último en París. Lo escuché desolado. Entre las obras iniciales de Cabrera Infante existe un pequeño libro donde recoge versos de la libertad, frases escritas en los muros de una cárcel.
El poeta soñador no deja de imaginar un mundo superior, ello lo hace revolucionario.

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