Tantadel

febrero 10, 2016

Religión y política en México

La visita del papa Francisco cada día adquiere mayor impulso político y no religioso. El prelado está en lo suyo: esparcir y consolidar los evangelios. Los políticos, que antes presumían su laicismo, ahora están también en lo suyo: buscar votos entre una población mayoritariamente católica.

No es la primera vez que un Papa nos visita, de tal suerte que conocemos la manera en que políticos y funcionarios se conducen. He procurado mantenerme al margen de la visita, como periodista y como ciudadano. Estudié en escuelas laicas y en ellas me quedé ideológicamente. Cuando el papa Juan Pablo II nos visitó las autoridades estuvieron atentas a recibirlo, para conservar las formas, anticiparon que se trataba no de la visita del más alto jerarca del catolicismo, sino de un hombre en misión estatal, representando al diminuto Estado Vaticano. Alguien tuvo la idea de reunir a Karol Wojtyla con los intelectuales de México. Entre los invitados, me colaron a mí, modesto escritor de novelas y cuentos, director de un suplemento cultural en Excélsior. Uno de los miembros de la organización que preparó el encuentro con el Papa fue alumno mío y supongo que él me incluyó. A mi vez, yo invité, aprovechando mi “influencia” a dos amigos míos cercanos en esa época: Edmundo Domínguez Aragonés y Raúl Cremoux.

Pero el problema, pensé, no era la presencia del Papa en la Biblioteca México, sino de dónde sacarían ¡1,500 intelectuales! Entre ellos estaban Octavio Paz, Margarita Michelena, Óscar Oliva, Elva Macías, Leopoldo Zea, Eraclio Zepeda, Griselda Álvarez, Elsa Cross, Juan José Arreola, Juan Ortega y Medina, Carlos Bosch, Elisa Vargas Lugo, Luis G. Basurto, José Luis Cuevas, Homero Aridjis, Guillermo Tovar y de Teresa, Pedro Ramírez Vázquez, Miguel Ángel Granados Chapa, Silvia Pinal, Ricardo Rocha y docenas y docenas más. Pero éstos, digámosle intelectuales, no bastaban para llenar la cuota de seres pensantes que la Mitra mencionó, así que llenaron el lugar con acarreados extraídos del cine, la televisión y familiares de políticos.

Me correspondió un sitio cerca del Papa, porque quien habló ante su Santidad fue mi querido amigo el Dr. Silvio Zavala, uno de los mayores historiadores del orbe. Mientras aparecía don Karol Wojtyla, Zavala me dijo que publicara íntegro en El Búho su discurso, pues lo habían censurado. Hubo entonces dos versiones, la que apareció impresa en el suplemento y la que circuló oficialmente.

Cuando el Papa apareció, los 1,500 intelectuales comenzaron a cantar, a echarle porras, a pedirle milagros y la canonización de algunos mártires cristeros. La mayoría rezaba. El ruido era ensordecedor, una obesa y afamada cantante de ranchero saltó las sillas con agilidad para quedar cerca del Papa y entregarle un papel. La hermana del presidente López Portillo, Margarita, se paseaba dirigiendo plegarias al cielo o al techo de la Biblioteca México. Lo asombroso es que la mujer cargaba un enorme y pesado crucifijo.

Luego supe que Fernando Benítez, Rufino Tamayo, Víctor Flores Olea, Vicente Rojo y Gabilondo Soler, Cri-Cri, se negaron a asistir a aquella reunión hoy olvidada. Quedan los textos de Silvio Zavala, el censurado y el que las autoridades eclesiásticas distribuyeron, las reseñas y crónicas de periodistas serios y desde luego montones de fotos. Feliciano Béjar tronó en plena ceremonia: “Estoy terriblemente desilusionado. Nunca he ido a una cosa de rock and roll, pero me imagino que pasa igual que aquí. Además, de dónde salieron estos intelectuales, porque yo no conozco más que a cuatro. Estamos jodidos. Acepté venir porque soy católico, porque tenía muchos deseos de venir, pero estoy totalmente desilusionado. Todas sus palabras (de Juan Pablo II) en el recorrido me habían parecido maravillosas, pero veo que todo esto es una pachanga, prefabricada, que de cristianismo no tiene nada; somos una bola de cretinos en el fondo, presumiendo aquí que estamos invitados. Es totalmente un circo.”

En verdad, yo jamás había estado en una ceremonia así de extraña. Pocos escucharon el espléndido discurso del Dr. Silvio Zavala y al Papa apenas lo pudimos oír debido a su baja voz y el griterío de los fieles.

Esta vez, no habrá reuniones de su Santidad con intelectuales. Pero aquellos que se disfrazaron de escritores, académicos y artistas plásticos, más de 1,500, salieron con la idea de que la cercanía de Karol Wojtyla salvó sus almas. Me despedí de algunos de los que he mencionado, en especial de Silvio Zavala y me retiré. En casa escribí lo que al día siguiente aparecería en Excélsior: “Reconstruí mi infancia para ver cómo fue aquel viejo catolicismo discreto, de diálogo con Dios y no este ruido vulgar que ha convertido al Papa en un objeto comercial y en una súper estrella que como bien dicen los especialistas en el Vaticano, no sabe dar misa en una pequeña iglesia, ama los grandes espacios, le fascina que lo idolatren y por eso prefiere las naciones que –como dijo él mismo– saben cantar, saben bailar, pero sobre todo saben gritar.”

El papa Francisco no verá intelectuales, sino a políticos que han enfangado a México.

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