Tantadel

febrero 08, 2016

Yo, sin personalidad propia

Llego un día a la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, donde trabajo desde 1975 y un señor me atrapa sonriente y me pregunta más bien afirmando: ¿Ah, usted es Mario Vargas Llosa? No, respondo molesto. Él supone que deseo mantenerme de incógnito y lo explica: para evitar que lo molesten con autógrafos, ¿verdad? Se marcha.

Otra vez Óscar de la Borbolla me invita a dar una charla a sus alumnos de la ENEP-Acatlán. Voy. Ya en el recinto universitario, entre el público está un poeta y ensayista, amigo de tiempo, Raymundo Ramos: René, noto que cada día te pareces más a Vargas Llosa. Sonrío, pues no hay pregunta. Los alumnos no intercambian miradas de inteligencia sino de desconcierto.

Decido cambiar mi fotografía del perfil en mis muros de Facebook y pongo una reciente. Entre los comentarios que de inmediato aparecen el de un amigo de mis tiempos de bachillerato: Querido René, cada vez que veo fotos tuyas, observo que te conviertes en copia de Vargas Llosa, a quien no admiras. Estoy a punto de contradecir lo último explicándole que lo leo con placer, lo he entrevistado y tengo libros suyos autografiados. Prefiero el silencio.

En una reunión con celebridades literarias de México, en pomposo hotel, me hallo con Ricardo Garibay, Vicente Leñero, José Agustín y un par de periodistas. Conversamos. Un extraño ser, vestido con elegancia trasnochada, se acerca entusiasmado al grupo y dice a los gritos: ¡René Avilés Fabila, es usted  mi autor favorito, el mejor novelista, un cuentista excepcional, como periodista no tiene rival! Mis amigos mueren de envidia y enmudecen. El hombre con corbata de moño insiste: ¡Tengo todos sus libros, maestro, admiro su prosa ágil, sus temas audaces! Mis colegas fruncen el ceño, se ponen verdes o amarillos de envidia. ¡Dígame, qué sigue, qué nos prepara, en qué obra que anticipo admirable trabaja usted luego de habernos deleitado con La región más transparente!

Mientras mis amigos sonríen satisfechos, yo tengo un nudo en el estómago y sólo atino a responder: Aparte de La región más transparente que no es novela mía, estoy preparando otra que he titulado Pedro Páramo.

Un músico joven llega a solicitarme trabajo en la UAM-X. Explica su formación y habla de músicos, pintores y literatos. Su lista es impresionante, entre ellos aparecen mis apellidos. Sin embargo, se dirige a mí con total distancia. Le doy mi tarjeta para que pueda comunicarse conmigo y la lee. Nada comenta. Se despide con muestras de afecto porque ha obtenido empleo. No sabe que yo soy uno de los escritores citados por él.

En Michoacán. Un ciudadano preocupado por la pésima situación social que prevalece en México, me dice al toparse conmigo en la Universidad Nicolaita: ¡Jaime Avilés, lo leo en La Jornada, sé que usted como yo, creemos en la revolución que significa Andrés Manuel López Obrador, me gustaría escribirle a usted para darle mis puntos de vista y se los transmita a nuestro líder! No me atrevo a explicarle que Jaime es blanco, de ojos claros y menor que yo. Le brindo mis datos electrónicos en espera de que me envíe sus ideas salvadoras.

Voy a dictar una conferencia magistral en representación de la UAM. Quienes me reciben me saludan con afecto, respeto y me conducen hasta el sitio que me ha sido designado Me siento y observo que el personificador tiene escrito otro nombre, miro los dos restantes y ninguno indica René Avilés Fabila. Pregunto. Perdón, imagino que hay una confusión, alguien se equivocó. Nadie repara el error y leo mi ponencia ante un público que no tiene idea de quién soy ni sabe de los posibles méritos académicos que me permitieron llegar al recinto universitario. Concluyo. Los colegas se dirigen a mí con respeto, me dicen doctor, maestro, profesor, con adjetivos como ilustre, eminencia, insigne… para ocultar que ignoran mi nombre y apellidos.

Hace años Rubén Bonifaz Nuño y yo llegamos a la inauguración de una librería del Fondo de Cultura Económica. Hay mucha gente. Se acercan los fotógrafos y comienzan su tarea sobre nosotros, una y otra vez con insistencia. Somos famosos, hermano, me dice mi amigo. Un fotorreportero se acerca y pide nuestros nombres. Sorprendidos luego del torneo de flashes, pregunto en nombre de los dos: ¿No los saben? ¿Entonces por qué nos han retratado tantas veces? Porque ustedes son los únicos de traje y corbata. Sus nombres, por favor, insiste. Rubén dice Pablo Neruda y yo Carlos Fuentes. Al día siguiente, Bonifaz Nuño aparece en los diarios como Carlos Fuentes y yo como Pablo Neruda.

Alguna vez el PRI capitalino me invitó a dar una conferencia sobre política y literatura. Dijeron que el pago era de cinco mil pesos que al final no me dieron. Fui y me recibieron con aspavientos y palabras de excesiva admiración. Me presentaron con pomposidad burocrática. Y dijeron “Con ustedes, el notable profesor Rene Áviles Fábila” (ojo, no cambiar la acentuación). Protesté en vano, para ellos fui un señor con tal nombre que hablado es una ofensa.

¿Me equivoqué de país o de plano soy el hombre invisible? Prefiero no saberlo, acabo de verme en el espejo y la imagen que regresó era la de Julio Cortázar. Me siento halagado.


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