Tantadel

marzo 11, 2016

A propósito de Lezama Lima

En 2008 me hablaron ansiosamente de un diario, el reportero me daba la noticia de la muerte de Lisandro Otero. Era la hora de la comida y di una apresurada respuesta. Al día siguiente, al leer lo que dijeron Emmanuel Carballo y Humberto Musacchio, pensé que a falta de memoria podría añadir algo más acorde con la realidad de este intelectual orgánico, oportunista y perverso. Escribí, pues, un párrafo pequeño que sintetizaba su paso por México y por el diario que deseaba inmortalizarlo, el Excélsior de Regino Díaz Redondo. Un periodista me telefoneó y dijo que era mi lector, que el diario mucho me apreciaba, pero que no podía hablar mal de un muerto; no lo publicarían. Respondí diciendo que ese criterio también impediría criticar a Díaz Ordaz o a Hitler. Molesto, puse en apuntes para un futuro libro de memorias lo siguiente: “El viernes fui entrevistado acerca de la muerte de Lisandro Otero. Debo confesarlo, la noticia me desconcertó y no pude darle al reportero una idea clara de lo que pienso. Sólo una historia: Lisandro venía de Cuba dejando atrás una vida compleja y turbia. Trabajó a mis órdenes en El Búho, suplemento cultural del Excélsior del mencionado Díaz Redondo, y yo bajo las suyas en la página editorial y en la sección internacional que manejaba. Él procuraba acomodarse en la política mexicana y con cautela se apoyó en la amistad cercana de los Labastida (Jaime y Francisco). No se trata de discutir su periodismo o su literatura, sino su actuación pública al servicio de una causa, la del PRI. En ese momento el diario vivía abrumado por las deudas y apoyó abiertamente a Francisco Labastida a la presidencia. Yo acababa de escribir un artículo crítico pidiendo la renuncia de Zedillo por su incapacidad política, al paso hablaba de que Labastida sería más de lo mismo. Por supuesto, el artículo jamás apareció. Al día siguiente interrogué a Lisandro y me dijo que yo era muy radical. Mi respuesta fue sencilla y difícil: renunciar a Excélsior, donde trabajaba desde hacía unos quince años y a El Búho, suplemento que me permitió ganar diversos premios nacionales, entre ellos el que concedía el gobierno de la República. Si uno acepta la censura una vez, vuelve a aceptarla y no es mi caso. Conmigo salieron alrededor de setenta periodistas, escritores y pintores. Jóvenes que se formaron conmigo, pero también figuras como José Luis Cuevas, Sebastián, Griselda Álvarez, Andrés Henestrosa, Silvio Zavala, Alberto Dallal, Carlos Bosch, Leopoldo Zea, Martha Fernández, Bernardo Ruiz, Martha Chapa y muchas más. Como respuesta, Lisandro fundó otro suplemento cultural, Arena, y desapareció todo vestigio de mi trabajo. Más aún, en ¡primera plana! él y Aurora Berdejo escribieron brutales calumnias e injurias en contra mía, sin ningún análisis serio, puro rencor y por órdenes del director general. Así, pues, salí de Excélsior, empujado por Lisandro Otero”.

De tales hechos hubo un silencio inaudito, inexplicable. La historia de esa renuncia masiva a causa de la censura sólo apareció en una revista académica, la llamé “El callado zarpazo a la libertad de expresión”. El tiempo fue justo con Lisandro y cuando perdió Francisco Labastida se quedó, como muchos otros, al garete, desamparado políticamente, sus sueños de poder se truncaron. Entonces volvió los ojos a Cuba, de donde había salido diciendo que no había libertad y allí recuperó el pasado y de nueva cuenta se hizo extremista de izquierda, fuera de tono con una Cuba que comenzaba a sufrir cambios regresivos. Recuerdo algunas de sus novelas y su periodismo de temas internacionales: las primeras eran buenas, el segundo muy atinado. Pero todo era superado por su necesidad de poder.

Al dar a conocer mis palabras sobre el tema a través de internet, algunos cubanos en el exilio (no en Miami) me escribieron señalándome que Lisandro había sido un severo comisario político en Cuba, que se ensañaba con Lezama Lima. Evidentemente me daban precisiones acerca de su dureza política. No era el intelectual que trabajaba en México tratando de ser cordial con el sistema político mexicano dominado por el PRI que meses más tarde quedaría en manos del PAN de Vicente Fox, era un estalinista perfecto. Rotundo.

El hecho se había extraviado en mi memoria, pero hace una semana me llamaron de otro diario para preguntarme por Lezama Lima: Paradiso cumplía años. Hablé de la novela y su fascinante lenguaje barroco de metáforas de belleza descomunal y del Lezama Lima que había visto a distancia en La Habana, durante mi primer viaje a Cuba, cuando uno intentaba dar una propina al maletero o al mesero, con dignidad la rechazaban. (¿Tú qué eres, chico? Profesor universitario, repuse. ¿Y cuándo concluyes tus clases, los alumnos te dan propina? No, me pagan por enseñar. Igual que a mí, me pagan por cargar maletas. Eso era el sueño al menos de Ernesto Guevara: ¡el hombre nuevo!). Todos los escritores que traté en ese viaje inicial sabían de la difícil existencia de Lezama Lima, un escritor de genio a quien no acababa de gustarle el comunismo. El Estado lo toleraba a regañadientes.

Años adelante, muerto Lezama, visité su casa. Muy pequeña, diminuta para un hombre corpulento. Una escritora uruguaya que me acompañaba dijo al ver el baño: ¿Y cómo cabía aquí? No hubo respuesta. En la nueva entrevista recordé a Lisandro Otero, censor a mis críticas al PRI, y señalé algo de aquella distante información: le regateaba los vales de comida a Lezama Lima.

 Al parecer, la historia suele ser veleidosa, según quien la cuente. Hoy Lisandro es noticia modesta y Cuba, vaya tragedia, ha mostrado que el turismo es la última fase del comunismo.

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