Tantadel

marzo 30, 2016

El Auditorio Justo Sierra es público

Cuando pasé del bachillerato a la Ciudad Universitaria, mi camino favorito para llegar a la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales (1962), era cruzar por la Rectoría y la Biblioteca tatuada por Juan O’Gorman y recorrer lentamente Filosofía y Letras, luego Derecho y Economía para finalmente llegar a un edificio pequeño que era mi casa de estudios. Pero si esta simple acción me emocionaba al ver los pasillos de F y L repletos de figuras magisteriales, Rosario Castellanos en uno, en otro Emilio Carballido, poco más adelante visitaría a Rubén Bonifaz Nuño, a Juan José Arreola y a Leopoldo Zea y buscaba su cubículos, en ese entonces me fascinaba la inquietud cultural de los alumnos. Todos discutiendo de literatura, filosofía y hasta de cuestiones de política. Lo que ofrecía esa Facultad era cultura a raudales. Y el eje era sin duda el Auditorio Justo Sierra, inaugurado en 1954, donde pasaban auténticas celebridades. Mis últimos recuerdos de esa sala ejemplar fueron las intensas discusiones de alumnos, profesores e intelectuales, polemizando con seriedad sobre el Movimiento Estudiantil de 1968. En esos momentos yo transitaba de estudiante a profesor universitario. Mi tesis fue sobre la base naval de Guantánamo.

Más adelante, en 2000, grupos radicales (ignoro en qué) se apoderaron del lugar y lo rebautizaron con un nombre al que nadie podía oponerse: Che Guevara. A partir de entonces comenzó el declive. Más que un punto para discusiones filosóficas, literarias y políticas, se convirtió en un enorme cuarto de hotel. Realmente repulsivo. A su alrededor el ambulantaje creció imparable y han sido registrados actos de extrema violencia. En una comida con el rector Juan Ramón de la Fuente, en sus propias oficinas, de entre los seis o siete invitados, Sergio Fernández le pidió que por favor recuperara el Auditorio Justo Sierra y desde luego razonó al respecto. La reacción de las autoridades estaba basada en el temor a una reacción violenta de los estudiantes. Desde luego, seguiría en las manos de un grupo de personajes extraños que han envejecido en ese sitio otrora ejemplar y que ni siquiera estudiaron en la UNAM.

Desde hace algunas semanas el tema ha vuelto a los medios y desde luego a la comunidad universitaria. Alumnos y académicos exigen que el Auditorio sea devuelto a la universidad entera, para que regrese su antigua grandeza. Algunos exigen que sea recuperado de inmediato, otros hablan de entablar un diálogo para liberarlo.

Dentro de todo este auténtico maremágnum, aparece como uno de los pilares del despojo un hombre que responde al apodo de El Yorch, quien, según los medios tuvo la audacia de confesar el despojo y su responsabilidad, pero nadie sabe por qué la PGR nunca ha actuado. Algo semejante ha pasado en la UAM-X ante varias amenazas de bomba: las autoridades no atendieron con eficacia las llamadas de la rectora Patricia Alfaro, algo que se hizo público a través de un desplegado.

En las redes sociales la polémica ha subido de tono entre quienes desean la devolución del inmueble y el pequeño grupo que le gusta como habitación colectiva. Si he de creer en La Razón (lunes 28 de este mes), el rector Enrique Graue en reunión del Consejo Universitario, “advirtió que si por la vía del diálogo no se desocupa el auditorio, se buscarán fuerzas externas para liberar este espacio”.

Es evidente que la comunidad universitaria está en todo su derecho de pedir la liberación de un auditorio histórico y propiedad de la Ciudad Universitaria. No es posible que lo privatice un grupo. Hay que devolverle la dignidad perdida. De lo contrario, otros grupúsculos seguirán el ejemplo y la universidad pública perderá parte de su enorme prestigio. En estos momentos en que las ideas conservadoras se apoderan del Estado y en que todos son gozosamente privatizadores, hasta quienes se ven a sí mismos como ajenos al neoliberalismo, la función de la universidad pública es crucial. Allí se discuten los grandes temas, se investiga a fondo, se imparten cátedras con plena libertad. No es el mejor momento para arrebatarle un trozo significativo a la Ciudad Universitaria. Ella es patrimonio de la humanidad y como tal debe ser tratada.

Las universidades públicas, con sus defectos y virtudes, siguen siendo un camino salvador de México. Sus más acabados productos: los egresados, son personas que salen con preocupaciones sociales y han hecho un ejercicio ya poco común en México: amarlo sinceramente, distante del patrioterismo barato de los políticos. Si permitimos que el auditorio de Filosofía y Letras siga en manos deplorables, que le dan un uso vergonzoso, estamos contribuyendo a la degradación del más acabado proyecto que México ha podido llevar a cabo: la Ciudad Universitaria, esa joya arquitectónica y de enorme belleza espiritual que ha sido una inmensa fábrica de artistas, científicos, pensadores, humanistas, maestros, artistas plásticos y escritores. Es el momento de actuar, recuperar el auditorio y en lo sucesivo impedir que sea una institución agredida, vulnerada.

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