Tantadel

marzo 04, 2016

El estilo, una enfermedad peculiar

El estilo literario es lo que consigue diferenciar a un escritor de otro. Es la modificación de la sintaxis, el darle libertad, dejar que vuele. La figurada y la regular son prisiones. Son los grandes escritores, los más audaces, los que han dado muestras de sus grandes posibilidades en tal sentido, Joyce es sólo un caso contundente. Los temas en las letras universales son los mismos, prácticamente nos han abrumado desde que el ser humano inventó el lenguaje y el alfabeto. ¿Cómo hacer que una descripción amorosa o su antítesis, una de celos, no sean casi idénticas? Sólo a través del estilo. El tema del don Juan es universal y, en consecuencia, se ha gastado, así como las descripciones eróticas que pocas variaciones tienen. Las diferencias radican en la manera de narrarlas. El estilo barroco o el directo, telegráfico, no importan, lo que cuenta es romper los cánones al respecto. Algunos críticos audaces han visto al estilo como una enfermedad, como deformaciones deliberadas de las reglas de colocar las palabras según las reglas académicas.

Sartre así lo veía en Autorretrato a los setenta años: “Hoy muchos jóvenes no tienen ninguna preocupación por el estilo y piensan que lo que se tiene que decir hay que decirlo simplemente y nada más. Para mí, el estilo -que no excluye la simplicidad, sino más bien al contrario- es ante todo una manera de decir tres o cuatro cosas en una. Está la frase simple, con su sentido inmediato, y luego, por debajo, simultáneamente, sentidos diferentes que se ordenan en profundidad. Si no se es capaz de hacer producir al lenguaje esa pluralidad de sentidos, no vale la pena escribir. Lo que distingue a la literatura de la comunicación científica, por ejemplo, es que no es unívoca; el artista del lenguaje es el que dispone las palabras de tal manera que, según la luz que arroje sobre ellas, el peso que les dé, significan una cosa, y otra, y aun otra, cada vez en niveles diferentes”.

Renglones adelante, Sartre precisa sus ideas estilísticas: “Es la diferencia de objeto: en filosofía, cada frase no debe tener más que un sentido. El trabajo que realicé con Las palabras, por ejemplo, tratando de dar a cada frase sentidos múltiples y superpuestos, sería un mal trabajo en filosofía… En literatura, que en cierta forma tiene siempre relación con lo vivido, nada de lo que digo es expresado totalmente por lo que digo. Una misma realidad puede expresarse totalmente por lo que digo. Una misma realidad puede expresarse con un número prácticamente infinito de formas. Y es la totalidad del libro la que indica el tipo de lectura que cada frase requiere, y hasta el tono de voz que esa lectura requiera, se lea en voz alta o no”.

El estilo es, pues, la clave. Algunos de nosotros, en la década de los sesenta, recibimos una acusación: alterar la puntuación, abusar de los signos, modificar la sintaxis y para colmo usar el lenguaje coloquial e inventar palabras. Era el estilo de una nueva generación nacida alrededor de 1940 que logró imponerse, no sólo ser una moda, sino el camino para mejor entenderse con los nuevos lectores hartos de temas y tratamientos fastidiosos. Con mala leche, fuimos acusados de corromper la literatura. Monsiváis, siempre inoportuno, dijo que habíamos “envilecido” el lenguaje. En realidad, en más de un libro de Parménides García Saldaña, de José Agustín o Gustavo Sainz, lo que había era un logrado esfuerzo por cerrar un ciclo y abrir otro que a la fecha ha sobrevivido. Era el lenguaje urbano de la segunda mitad del siglo XX. En consecuencia, el estilo era diferente y más personal. No hay tanto en común entre cada uno de nosotros, como supuso la crítica literaria, Margo Glantz, que nos calificó, enjuició y condenó. En su segunda antología sobre nosotros, nos separa de la generación anterior con una sutil bajeza: ellos eran la “escritura”, nosotros “la onda”. ¿Qué significa para propios y extraños? Que escribíamos mal a diferencia de la prosa genial de aquellos que seguían de muchas maneras dentro del canon tradicional.

El tiempo no ha dado por terminada su tarea de clasificar a cada uno de los que el argentino Mempo Giardinelli llamó la generación del posboom. Pero lo está haciendo. Todavía bajo la mirada inquisidora de diversos críticos, pero al mismo tiempo bajo la presión de lectores que confían más en su instinto literario que en los comentarios vertidos por “profesionales” de la crítica en medios de comunicación de verdad convencionales y amafiados por valores de baja estofa e intereses personales con frecuencia vinculados al poder político que en general es reflejo del cultural.

El estilo literario que llevamos a cabo, cada uno a su manera, no es distante de aquél que amó y elaboró Sartre. Tan personal y distante de su propio estilo para escribir filosofía y política. Es curioso que su aversión-amor hacia Flaubert, El idiota de la familia, haya llevado a Sartre a trabajar frases complejas y varias, de muchas interpretaciones, muy distantes de la idea de la palabra justa (Le mote juste) del autor de Madame Bovary. En nosotros, supongo, fue una afortunada coincidencia con las ideas de Sartre, pero también resultado de presiones e influencias de narradores norteamericanos, buscamos que las frases, usadas con desparpajo y naturalidad, tuvieran diversas lecturas. Alguno de nosotros, retadoramente dijo: ¿Les parece un estilo fácil?, llévenlo a cabo.

El estilo, me dijo Fernando del Paso, en una entrevista lejana, se lleva en la sangre, no en la forma de arrastrar la pluma. Le dimos especial importancia a la manera de decir las cosas, así lo entendieron los jóvenes a quienes buscamos como lectores.

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