Tantadel

marzo 16, 2016

El sistema político mexicano, de mal en peor

A mi querido amigo Joaquín López Dóriga,
su lucha tuvo éxito


La agresión a periodistas importantes como Joaquín López Dóriga, Javier Alatorre, Jorge Alfonso Zarza Pineda y Carolina Rocha Menocal, de parte del Instituto Nacional Electoral, es la mejor prueba de la total incapacidad del sistema político nacional. ¿Cómo es posible que una institución tan costosa, donde participan todos los partidos registrados, que supone un esfuerzo notable de una sociedad ávida de principios democráticos, de pronto diga que comentarios diversos, realmente inocuos, agreden a la libertad de expresión, cuando es el INE quien violenta la frágil democracia que hemos conseguido? Por fortuna, el TEPJF, en un acto ocioso pero necesario, exonera a los periodistas señalados, quienes tuvieron que recurrir a sus propias armas para defenderse de la flagrante agresión.

Los comunicadores estuvieron en lo suyo, realizaron puntualmente su trabajo y en algunos casos fue admirable. Cualquier estudiante de Comunicación sabe que los comentarios jamás son inocentes, siempre atrás de ellos está la formación ideológica, cultural, criterio o juicio, del periodista. Así que las opiniones dentro de sus crónicas son personales y suelen diferir de los boletines oficiales. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos tuvo que intervenir, así como miles o millones de personas cuyas opiniones se dejaron sentir en la vida nacional durante y luego de la visita del Papa. ¿Castigar a periodistas por criticar comentarios sobre la rapiña de los partidos en el santo botín no suena a estupidez del INE?

Mal parados quedaron tales funcionarios que cobran de forma espléndida a cargo de nuestros impuestos. Fueron el hazmerreír de un país cada vez más desencantado de la política. De hoy en adelante, espero, tendrán que ser más cautelosos y probar que trabajan para la sociedad y no para el gobierno y los partidos. Al parecer, no todo está perdido, tres consejeros del INE no avalaron la censura. A unos habría que despedirlos (desconozco cómo opera ese elefante blanco) y a otros premiarlos cuando menos con un aplauso. Fueron ajenos a la imbecilidad que prevalece en la política nacional. Por lo pronto, es de temer que una institución de la magnitud del INE tenga posibilidades de ser un gran inquisidor. Que haya sido frenado, es un buen indicador: los tiempos están sufriendo algunas modificaciones positivas.

Cambiando abruptamente de tema, durante la Feria Universitaria del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, fui invitado a dos eventos: a hablar de los géneros testimoniales y sus vínculos con los de ficción; y a participar en una mesa redonda sobre las más recientes generaciones literarias de México: la llamada Onda, los Infrarrealistas y el Crack. Los participantes fuimos Rubén Medina por el segundo, Ricardo Chávez por el tercero y yo por el primero. El público literalmente abarrotó el sitio y hasta hubo escritores, tan poco afectos a escuchar a sus colegas, por ejemplo, allí estaba Marco Tulio Aguilera Garramuño. Moderó muy bien José Luis Solís. Tres generaciones distintas, tres propósitos diferentes, tres concepciones de la sociedad y del arte poco comunes. Nunca me he divertido tanto. Fue notable y todos, al concluir la mesa, lamentamos el poco tiempo que nos dieron.

Fuimos severos con nuestras propias generaciones pero lo hicimos con sentido del humor, algo que se nos dio más fácilmente a los onderos y a los infrarrealistas. En el caso del Crack, su “representante”, Ricardo Chávez, lo tiene en notables dosis. Habría que hacer un libro serio sobre el tema, pero conservando el tono lúdico que allí mostramos. Cada quien expuso los propósitos que nos movieron a conformar los grupos a los cuales pertenecimos y a señalar qué tanta importancia artística tuvieron en las letras nacionales.

Para mí sólo queda el recuerdo de 1960, año en que comenzamos a conformar el grupo que Margo Glantz mal calificaría como “La Onda”. Éramos muchos y muy inquietos, no hicimos un manifiesto a la nación (como algunos grupos que nos sucedieron) y sobre todo éramos, a pesar de la amistad, distintos entre sí. Ahora lo somos más y poco nos vemos, sólo accidentalmente. Si quisimos cambiar al mundo, fue una pretensión curiosa que manifestamos en largas sesiones etílicas con ron barato. Cada uno de nosotros escribió lo que pudo o quiso y luego nos separamos. Me parece que el Crack y el Infrarrealismo estuvieron más articulados. Los “onderos” tuvimos maestros y ejemplos, oh sorpresa, fuimos discípulos de Juan José Arreola, el autor de más fina y elegante prosa en México, y en lo político estuvimos vinculados a José Revueltas. Nos tocó la época de la Revolución Cubana, del gran Rock, de presencias literarias norteamericanas, de las drogas y el alcohol. Al Crack lo siguió el éxito de manera impresionante y los infrarrealistas han conseguido superar sus diferencias con la intelectualidad oficial. Nosotros, los de la “Onda”, pienso, ya envejecidos, somos una parodia de nosotros mismos. Tronamos contra los valores y ahora estamos dentro de ellos. Una vez más la sociedad y sus convencionalismos ganaron. Pero juntos y jóvenes, la pasamos muy bien. Yo no he cambiado, soy como fui en la juventud, sólo que con canas, arrugas y sin hijos.

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