Tantadel

marzo 13, 2016

Literatura urbana en México (I)

La literatura urbana, un fenómeno complejo y, desde luego, reciente, responde al surgimiento de las ciudades modernas. Tal arte no es simplemente temático, también es formal y proporciona a la novela estructuras más elaboradas, producto de los nuevos adelantos de la ciencia y la técnica, de los avances culturales del ser humano. Sus características son rupturas temporales, juegos tipográficos, las historias van y vienen con impetuosidad, permite la intromisión de elementos ajenos al discurso literario, tiene una marcada influencia cinematográfica y, por lo tanto, dejó de ser lineal para entrar en el mundo de los planos diversos. Con ello, la literatura urbana ha creado nuevos personajes mucho más complicados que los sencillos que uno podía hallar en la rural, con mayores problemas síquicos e ideológicos, que transitan por escenarios laberínticos y a menudo deshumanizados. Esta riqueza ha sido cabalmente aceptada y digerida. Aun cuando en el siglo XIX ya había literatura urbana (e iniciado el derrumbe de una literatura rural o semirural), es hasta el XX y XXI que surge con fortaleza la novela de la metrópoli, el núcleo de la sociedad industrial. Sin duda, el mayor ejemplo de este nuevo arte es Manhattan Transfer de John Dos Passos, en donde la descomunal y rutilante Nueva York es el personaje principal. Y lo es a tal grado que Sinclair Lewis escribe entusiasmado las palabras que han de definir en lo sucesivo a esta obra de Dos Passos: “Una novela de primerísima importancia... el panorama del oído, el olor, el ruido y el alma de Nueva York... las bases de toda una nueva escuela literaria no sólo para Estados Unidos, sino para todo el mundo”. Los comentarios encuentran eco en Max Dickmann, en Sartre, en críticos y artistas, en el público que desea hallar materiales en los que aparezca una ciudad como la que habita y así tenemos el primer gran clásico de la literatura urbana. A partir de esta obra, como resultado de su éxito y por lo extraño del disímil escenario de rascacielos, automóviles, marcadas contradicciones y de la variedad de sus habitantes (seres reales, irreales o intangibles), comienzan a surgir novelas y cuentos en donde los personajes urbanos tienen un papel novedoso en el arte literario. Es natural que en esta corriente las primeras metrópolis en aparecer sean norteamericanas y europeas debido al desarrollo (y explotación de otras zonas) que tuvieron y tienen.
En México tal literatura es aún más reciente. Llegó con atraso a causa de las peculiaridades políticas y económicas que nos han rodeado. Sin embargo, pronto se hizo adulta. Para el momento en que aparece Manhattan Transfer (1925), la literatura nacional está localizada en el campo, en los puntos de mayor efecto de la gesta revolucionaria campesina. Gracias a este movimiento los artistas redescubren al país, su nacionalidad, los elementos que configuran al mexicano y éste se concentra en el campo, empeñado en realizar una profunda reforma agraria y rescatar del atraso a indígenas y campesinos.
De cualquier manera el país ya contaba con algunos ejemplos de novela urbana. Un caso destacado es Santa de Federico Gamboa, cuya acción transcurre en la Ciudad de México y sus alrededores, pueblos aledaños como San Ángel que la capital ha engullido para transformarlos en barrios interiores, en uno de los más desaforados crecimientos que la historia universal registra y que a nadie debe enorgullecer. Habrá que advertir que el naturalismo de Gamboa descendía directamente del de Zolá; por lo tanto, y al igual que éste consideraba a las metrópolis una especie de mal, el lugar en el que se citaban los problemas sociales y repercutían sobre el ser humano en buena medida víctima de la ciudad.
Sin duda, la Revolución Mexicana abrió una nueva etapa literaria. Los escritores se sumergen en las dificultades de una nación básicamente rural, de escasa industrialización, de ciudades modestas, con sabor provinciano y sin las complicaciones y contradicciones de la gran urbe. Sucesivamente nos topamos con el regionalismo, la literatura de la Revolución Mexicana (de innegables méritos y personalidad conferida por autores como Mariano AzuelaMartín Luis Guzmán,Rafael F. Muñoz, José Vasconcelos, estupendamente analizada por Antonio Castro Leal), con el indigenismo y otras corrientes igualmente enmarcadas por el campo, con una fuerte protesta social que recogía los aires políticos que el país brindaba. No obstante, y aún dentro de este panorama rural, hubo escritores que mostraron sus preferencias por los productos literarios no agrarios. Entre otros destacan Los Contemporáneos que mostraron las excelencias de novelas modernas escritas por ProustJoyce y otros distinguidos autores. Como fuera, el camino para la literatura urbana no fue sencillo, lo campesino resaltaba dondequiera y sus temas iban directamente a los muros de edificios públicos, a las salas de concierto y a las páginas de los libros.
grosso modoAgustín Yáñez y Juan Rulfo coronan (y cierran) la literatura campesina. Al mismo tiempo ponen las bases formales de la novela moderna mexicana cuya temática será de modo fundamental, urbana. Hasta la aparición deLa región más transparente (1958) de Carlos Fuentes las novelas mexicanas fueron predominantemente rurales. No obstante que José Revueltas había incursionado por la ciudad. Casi simultáneamente a la novela inicial de Fuentes, aparecen otras dos obras: Casi el paraíso de Luis Spota y El sol de octubre deRafael Solana. Con ellas tres —independientemente de gustos personales— surge la pasión del lector por la literatura citadina. A partir de ese momento y coincidiendo con la consolidación de otras metrópolis, con el hecho significativo de que nuestro país comienza a industrializarse, a dejar atrás (sin resolver, desde luego) los problemas rurales, con una creciente disminución de la población del campo que busca en las ciudades el sustento, surge el boom de la literatura urbana nacional.

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