Tantadel

marzo 20, 2016

Literatura urbana en México (II)

Son justamente los problemas que concede la gran ciudad los que atraen la atención del escritor. Pero hay más: la riqueza idiomática.

Las ciudades no son recientes. Sólo la Biblia destaca dos antiquísimas: Sodoma y Gomorra, a donde los campesinos de los alrededores y los nómadas llegaban a adquirir productos más elaborados y, sobre todo, a pecar. Dios descargó su ira sobre ambas. Al nacer las ciudades, la Arcadia pasa a segundo plano. El Edén quedó en calidad de utópico y selecto club de tres si incluimos a la serpiente. Gradualmente las urbes se multiplican, se convierten en referentes, se adueñan de la historia y la literatura.
En el México actual el eje de las letras urbanas es básicamente su capital. Con un inaudito tamaño, diez millones de habitantes y  más de 3.5 millones de vehículos automotores, altamente contaminada, dueña de una severa concentración cultural y política, pletórica de contradicciones sociales, residencia de los Poderes, escenario de bestiales represiones, punto clave de la demagogia oficial y lugar capaz de inquietudes, ternuras, odios y amores, la Ciudad de México, atrae como pocas la atención de los escritores cualquiera que sea su origen.
Después de los sesenta, autores como Gustavo SainzJosé Agustín y Parménides García Saldaña descubren el mundo de la adolescencia capitalina y le dan a la ciudad un vigor inusitado. Con otros, la urbe era un personaje un tanto inerte, se movía en cámara lenta, parecía simple testigo, un escenario pasivo, mientras que con la llamada Onda la ciudad se mueve vertiginosamente acompañando el ritmo de las andanzas de los habitantes más inquietos por ahora, los jóvenes. El lenguaje citadino coloquial está en ellos con toda su riqueza. Su influencia es considerable.
Son justamente los problemas que concede la gran ciudad (en buena medida sicológicos) los que atraen la atención del escritor. Pero hay más. La riqueza idiomática de una metrópoli es superior a la que proviene del campo, donde por regla general la acción transcurre con monotonía y los choques culturales y conflictos sociales tienen ya pocos efectos estéticos. Solamente en la Ciudad de México podemos encontrar dos, tres o cuatro idiomas: el castellano de los sectores medios juveniles, el habla de los marginados, todavía con ecos rurales, el de los adultos burgueses y pretenciosos, con aires pomposos y errores de construcción, el que circula en internet con frases penosas y telegráficas, y así por el estilo. Bastaría leer una novela sobre Tepito y otra que ocurra en el sur de la capital para percatarnos de la aseveración. Lo mismo es válido para el conflicto: los grandes movimientos sociales, de obreros y estudiantes, por ejemplo, ahora se dan en las ciudades. En ellas sus habitantes están más informados de lo que sucede en el mundo, pues habitan dentro de puntos que suman muchísimos medios de información, universidades, librerías, cines, teatros, etcétera. Por ello la literatura no volverá a ser rural, no en los términos que conocemos.
Nuestro campo sigue con problemas gravísimos, ocurren despojos y asesinatos bestiales como el de Ayotzinapa, pero éstos al parecer han dejado de interesarle a la literatura para entrar de lleno, con más escándalo que talento, en el periodismo. Son las urbes irrespirables y difíciles de transitar, siempre mal gobernadas, y lo que dentro de ellas sucede, lo que motiva su trabajo. Sin embargo, no es causa de lamento, el arte, como todo, está en perpetuo movimiento. Las ciudades de las naciones capitalistas (no hay de otras) tienen tal cantidad de contradicciones que es natural que sean materia prima para el novelista. Las metrópolis se han convertido en los puntos neurálgicos de las sociedades civiles, son los instrumentos que detectan con sensibilidad el hastío o el grado de bienestar que se posee. Los gobiernos trabajan para ellas: en el medio rural puede faltar energía eléctrica o agua, muy poco en las ciudades. El centro de nuestro interés es, sin sentimentalismos, la gran urbe y no la pequeña comunidad pastoral. Es normal, entonces, que el artista hoy en día, con frecuencia nacido en la ciudad o modelado espiritualmente por ella, educado dentro de un estrato social no agrario, trabaje en la creación de novelas y cuentos cuyas anécdotas e historias transcurren en medio de la violencia y la problemática que emana de la urbe.
Fue un puñado de novelistas que rompió con el pasado rural, pero son las generaciones siguientes las que consolidan el nuevo fenómeno: en particular, perdón por el gesto arrogante, la mía, la que sin imaginación fue denominada la “Onda”. Provocamos alocadas carreras de jóvenes citadinos. Sepultamos sin duda el mundo rural tradicional. Si algo posterior toca el campo es porque allí hay luchas sociales intensas, la guerrilla, por ejemplo.
Si observamos los géneros literarios que han aparecido en los últimos 100 años y cuya importancia ha sido definitiva para el arte, podremos percatarnos que todos de una u otra manera pertenecen a la ciudad: desde el género policiaco, hasta la ciencia-ficción (colocada en la urbe futura o en las de otros sistemas planetarios), pasando por la novela de conflictos sicológicos, intimista e incluso el nouveau roman. De allí que esas angustiosas aglomeraciones sean vetas artísticas que facilitan el trabajo de los narradores. La literatura es conflicto y éste lo hallamos a granel en las metrópolis, nutriendo novelas y cuentos, permitiendo que aparezcan poemas y obras de teatro. El arte ha roto para siempre con lo bucólico. Las ciudades descienden en línea directa de aquéllas que provocaron la rabia de Dios. Son prostitutas, en consecuencia llaman poderosamente la atención de la literatura.

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