Tantadel

marzo 21, 2016

Los riesgos de la buena literatura

La literatura tiene sentido del humor negro y una de sus mejores bromas es la de permitir que el personaje de una obra literaria supere al autor, se haga más famoso. Salta a la vista, Don Quijote quien ha superado con creces a Cervantes. En el mejor de los casos, los artistas plásticos que han ilustrado la celebérrima novela, al delgado y demencial caballero le ponen el rostro de quien lo inventó. Para la mayoría, le es igual ver a Cervantes o al Quijote: hallan siempre al personaje. Jorge Luis Borges señaló que Quevedo tenía más genio que Cervantes, pero que lo esparció a lo largo de muchas obras. Cervantes lo concentró fundamentalmente en Don Quijote. Podríamos decir algo semejante de García Márquez, su magia narrativa estalló en Cien años de soledad; en cambio Hemingway, muy representativo de Estados Unidos, la puso en cada uno de sus libros, es, pues, la suma de muchas obras e infinidad de personajes.

Esto es algo frecuente, que la creación supere en fama al inventor. En donde viviera Charles Dickens, en Londres, no lejos del Museo Británico, es posible ver entre sus pertenencias literarias un libro que sólo tiene en sus pastas: Moby Dick, sin el nombre del autor, al verlo, todos piensan en el escritor: Herman Melville. La temible ballena blanca es mucho más famosa que el hombre que le dio vida y creó un mito marino fabuloso.

La lista puede ser casi infinita. Todo el mundo conoce a Drácula, le temen incluso, pero no son muchos los que saben del autor: Bram Stoker, quien dicho sea de paso, no produce ningún temor, a diferencia del mucho que causa su vampiro, ni de la larga secuela que hemos tenido que soportar.

Entre los afectos a las letras, nadie ignora quién fue Gulliver, cómo viajó, naufragó y le ocurrieron fantásticas aventuras con diminutos seres en Liliput, en Houyhnhnms, un reino de elegantes y puntillosos caballos cuyas leyes eran superiores a las de Gran Bretaña, pasando por Brobdingnag, país de gigantes. Y sobre Swift, ¿qué tanto sabemos? Mucho menos, en ocasiones nada, pese a que su espíritu satírico y políticamente muy avanzado, tendríamos que ponerlo junto a los grandes utópicos de los clásicos griegos a los renacentistas.

Gracias a la cinematografía norteamericana, Peter Pan es un huérfano tan afamado como los Reyes Magos; sin embargo, tiene padre inglés: el escritor J. M. Barrie, mientras que Harry Potter no parece ser criatura de la señora Rowling, ella apenas es conocida a pesar de que su vida ha pasado a las pantallas cinematográficas y de desempleada, merced a su talento, se ha hecho multimillonaria.

La apostura, la fidelidad a una mujer bella, tonta y frívola y su enigmática fortuna, han hecho de Gatsby un personaje relevante que ha superado en fama a Scott Fitzgerald.

Quizás el caso más grave sea el de Madame Bovary, quien ha opacado por completo a su creador, al hombre que como pocos utilizó la “palabra justa” en cada página. Se llegó al extremo de que Flaubert declaró, ante la insistencia de sus millones de lectores y admiradores, que él era Emma Bovary. De aceptarlo, Flaubert no existió. Un caso semejante podría ser el de León Tolstoi al ser menos afortunado que Ana Karenina, una amorosa y dramática suicida.

Shakespeare por momentos es un nombre menos conocido que Hamlet y Otelo. Éstos simbolizan enormes tragedias, el de William no tanto, es un poeta y dramaturgo que se ha empeñado en sobrevivir y lleva más de quinientos años en la tarea. Junto a Cervantes, ocupa la cumbre del arte literario. Es casi imposible pensar que alguna vez habrá otro para conformar una triada universal. ¿Dante, Milton, Poe, Kafka, Joyce, Proust?

Werther borró a Goethe. En el siglo XIX el nombre del personaje sirvió para denominar al suicidio y hasta hoy entre el primero y el segundo, me parece que resulta más identificable el suicida. Durante décadas, a la muerte voluntaria se le denominaba “Mal de Werther”. Cuestión de gustos, sin duda. Rubén Bonifaz Nuño adoraba a Dumas.

Los niños del mundo aman a El Principito, pocos reconocen el nombre del osado aviador Antoine de Saint-Exupery. Pero hay algo peor, quizás extremo. Ningún detective como Sherlock Holmes ha sido tan célebre. Cuando su autor decidió, con dosis de envidia, matarlo, la reacción de millones de admiradores del investigador privado fue ruidosa y su creador lo devolvió a la vida. Hoy los ingleses y aquellos que visitan Londres no dejan de buscar Baker Street y todo indica que Sherlock vive. Los turistas preguntan por sus movimientos y tareas. Nadie interroga sobre su creador, quien hizo otros personajes célebres que tuvieron aventuras increíbles, como el profesor Challenger.

En México Pedro Páramo ha superado el prestigio de su creador: Juan Rulfo, pese a que es uno de los mayores narradores del castellano.

 Existen otro tipo de situaciones dentro de la literatura. En fin, la lista es excesivamente larga. Queden por ahora estos ejemplos.


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