Tantadel

marzo 18, 2016

Ricardo Cartas: la literatura contestataria juvenil

Hace unos meses escribí una breve minificción: “La metamorfosis de Kafka y el Estado”. Decía lo siguiente: “Kafka parecía distante del zoon politikón. Bien leída, su asombrosa literatura revela multitud de metáforas y parábolas políticas y sociales. Al concluir la lectura política de su célebre relato La metamorfosis, podemos extraer una moraleja: Una de las más eficaces máquinas destructivas del espíritu se llama trabajo de oficina, mientras que no existe peor autoritarismo que el de la familia, pequeño Leviatán que se transforma en un monstruo opresor: el Estado”.

Y hace algunos años, luego de leer El animal moribundo, de Philip Roth, sugiere que el matrimonio es una cárcel de alta seguridad. El colmo es que la idea viene de más lejos. Para el revolucionario francés Jules Vallés, en una obra memorable,El niño, escrita antes de la Comuna de París, son las escuelas los claustros que estremecen las almas de los pequeños y de los jóvenes. Esto es, no acabamos de avanzar en las concepciones que tenemos acerca de las más cercanas instituciones que tenemos los seres humanos para avanzar.

Ahora Ricardo Cartas, un notable narrador poblano, de muchas maneras conectado con la generación a la que pertenezco, la de José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña, a la que Margo Glantz, a falta de algo más penetrante, calificó como de “La Onda”, acaba de publicar en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, una novela fascinante y divertida, amena: Bilopayoo Funk. En ella sus personajes se mueven justo por las estrechas dimensiones, cerradas culturalmente, de una aldea y la trastocan. Son personajes irreverentes, que detestan palabras como prohibir, buenos herederos de las corrientes libertarias y en verdad democráticas y autogestionarias del 68, nacido en París y que velozmente recorrió el mundo.

Hoy, para colmo, las utopías se esfumaron, nos agobia el neoliberalismo y la frivolidad y la estupidez se han globalizado. Los sueños se esfumaron o se refugiaron en el imaginario literario y musical grueso. Algún personaje de la farándula con sentido del humor dijo hace poco que cómo iba a ser la Ciudad de México una capital de izquierda, como insisten sus autoridades desde hace años, donde todo está privatizado.

Si yo quería ver lo que al principio señalé, lo hallo en la novela de Cartas. Es algo que bien podríamos llamarle como el célebre filme: Atrapados sin salida. Jóvenes acosados y hasta detestados por brujas y seres fantasmales que viven en el Medievo. Pero si temáticamente me seduce, lo que más me llama la atención es su cuidada prosa, la estructura de la novela. Cuando la obra fue presentada en la Feria de Minería en la Ciudad de México, los comentaristas llegamos a la conclusión de que la gran aportación es la forma en que Cartas narra sus historias. La velocidad literaria y las descripciones irónicas, siempre salpicadas de buen humor, nos llevan por laberintos que producen risa o ganas de llorar ante tanta idiotez.

Los muchachos que Ricardo Cartas nos presenta son audaces, pero el peso de la sociedad los abruma. La lucha que dan es ancestral. Nunca hemos pasado de una generación a otra sin romper valores, paradigmas y reglas. Desde que conozco a Cartas lo he visto como un escritor que, con elegancia y una sonrisa siempre, destruye rejas y se salta barreras. A pesar de las diferencias de edad, nos entendemos porque ambos hemos perseguido lo mismo: la libertad, yo fracasé, me falta ser un “burócrata decente”, dudo que él llegue a serlo. En sus letras iniciales está la semilla de una gran rebeldía que no tiene fin. Hace las cosas a su muy especial manera, pero pisotea valores y lo peor es que nadie se da cuenta a pesar de que lean sus libros o escuchen sus amenos programas radiofónicos.

Finalmente, la demagogia de los llamados “izquierdistas”, Mancera entre ellos, dicen que la Ciudad de México es de izquierda, en consecuencia es la vanguardia del mundo, puesto que Cuba regresa a sus épocas prerrevolucionarias, Lula y Dilma se tambalean por sus actos de corrupción y demagogia, Evo Morales ha resultado un fraude y para qué hablar de Venezuela, a donde fusionaron a Bolívar con un marxismo leninismo de palmeras y harto sol. ¿Qué les queda a los jóvenes mexicanos? No mucho. El libro de Ricardo Cartas, en tal sentido, y con negro humor, lo muestra. ¿De izquierda la flamante Ciudad de México? Pero si no existen ni las vueltas a la izquierda y algo peor, tampoco a la derecha. Nos queda la recta, lo más cercano entre dos puntos. El centro, decía Norberto Bobbio, es la negación de la política. Los cero grados y en ese Limbo nos tiene el sistema político mexicano. Pero el tránsito es tan intenso, tan de país capitalista subdesarrollado, que lo avanzado es afirmar que México es un país de futuro incierto y eso lo refleja el desánimo y la cruda ironía de la buena literatura juvenil.

Le mando hasta su natal Puebla a Ricardo Cartas un saludo afectuoso, mi admiración por sus libros y su tenaz y burlona conducta rebelde, contestataria.

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