Tantadel

abril 22, 2016

Cine y literatura

Desde su nacimiento, el cinematógrafo ha echado mano de la literatura. Novelas, obras de teatro y cuentos han sido utilizados para confeccionar películas. A su vez, la literatura, especialmente la novela y el cuento, es decir, la prosa narrativa, tomó del cine muchos de sus recursos para modernizarse radicalmente. La novela del siglo XX está en deuda con la cinematografía y a la inversa.
A pesar de ser lenguajes distintos (el cine son imágenes y movimiento, la literatura son palabras), ambas estéticas insisten en utilizarse. De esta manera, digamos, la cinematografía no deja libro exitoso sin convertirlo en guión y enseguida lo filma, dejando con frecuencia poco de la obra literaria. Raras veces la película basada en una novela o cuento consigue superarlos. Balzac, Verne, Jean Austen, Dumas, Dostoievski, Víctor Hugo, Dickens, Hemingway, Fitzgerald, por citar a unos cuantos de los autores más adaptados, en la pantalla han perdido buena parte de sus altísimos méritos, si acaso supervive el argumento. Al llevar La guerra y la paz de Tolstoi al cine, por más correcta y respetuosa que sea la adaptación, no queda mucho de lo que su autor pretendió decir. Para no perder detalle de la novela, habría que filmar muchas horas y ningún espectador resistiría una rigurosa presentación cinematográfica de esa obra. Por ello, quizá, se presten más a la cinematografía las novelas cortas. Pienso en El viejo y el mar de Hemingway o en El curioso caso de Benjamin Button de Fitzgerald.
De todas maneras, y aunque el novelista narre fascinantes aventuras no es fácil gozar el texto literario y luego quedar satisfecho con el filme. Cada vez que voy al cine a ver una novela convertida en película, regreso con la sensación de fracaso. No obstante, me emocioné con Muerte en Venecia de Visconti, por la belleza plástica y el enorme apoyo de la música de Mahler y me gustó mucho Tom Jones, aunque no sobrevivió gran cosa de la novela de Henry Fielding. Algo semejante podría decir de la autobiografía del inquieto y talentoso Thomas Edward Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría, llevada al cine por David Lean. Libro y filme son notables.
Pero hay autores que jamás podrían ir exitosamente al cine, Kafka es uno de ellos. Tampoco Joyce y Proust, ni el Breton de Nadja. Se perdería la hermosura de sus textos literarios y sus personajes, nada ganarían con el movimiento. Tengo la impresión de que Kafka jamás ha sido captado por un cineasta, ni siquiera por Orson Wells.
Asimismo, tenemos escritores que han sido francamente vejados por el cine: entre ellos están Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft. Siendo generosos se podrían salvar Los crímenes de la rue Morgue y La caída de la casa Usher de Poe y nada de Lovecraft: aún en tiempos de alta tecnología y magníficos trucos, sus atroces invenciones y el terror que inspiran sus relatos no han logrado pasar exitosamente a la pantalla.
Algunos especialistas afirman que la novela es el género más afín al cine “por su amplitud de acción, pero sobre todo por su capacidad de manejar libremente el tiempo”. Tal vez. Sólo que por más afinidades que haya, si no existe un excelente guionista, la adaptación terminará en un inmenso fracaso, como la mayoría de las novelas y cuentos llevados al cine.
Imposible negar que de pronto han aparecido buenos filmes como A sangre fría, homónima de la novela de Truman Capote. Pero aquí estamos ante un autor que había recibido previamente influencia cinematográfica y que por lo tanto podía construir sus novelas pensando en términos de cine. Y que, como en otros libros norteamericanos, están elementos periodísticos que han enriquecido al cine y a la literatura.
El cine es un invento maravilloso, un arte acorde a nuestros tiempos. Nos produce un disfrute magnífico. Pero con frecuencia en el camino ha quedado destrozado un magnífico novelista. Ignoro qué tanto Raymond Radiguet, de haber vivido largamente, estaría satisfecho con los resultados de Claude Autant Lara al llevar a la pantalla El diablo en el cuerpo, una de las grandes novelas del siglo XX escrita por un joven de menos de veinte años, por cierto amigo íntimo de Jean Cocteau. De lo que sí estoy seguro es que el genio de Alfred Hitchcock logró superar el relato “Los pájaros” de Daphne du Maurier y que a cambio la cinta Naranja mecánica provocó malestar en Anthony Burgess.
Pasternak, en esta misma línea, debe su fama al premio Nobel que tuvo que rechazar y a la deplorable versión de su novela Doctor Zhivago, antes que a sus poemas y traducciones o versiones de clásicos al ruso. Y alguien que superó la reputación de sus novelas al llegar al cine fue Vicente Blasco Ibáñez, un literato francamente menor que ha corrido con tanta fortuna cinematográfica como Dickens, Balzac, Verne, Tolstoi, Dostoievski, Shakespeare, Víctor Hugo, Wilde, Eugene O’Neill, Faulkner y Hemingway. No he tenido la ociosidad de contar cuántas películas de estos últimos se han confeccionado con sus obras, pero deben ser docenas.

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