Tantadel

abril 18, 2016

El intelectual como funcionario

Jaime Torres Bodet se suicidó en 1974 a causa de una penosa enfermedad. Mi padre fue quien me hizo admirarlo. Lo conoció en París, durante la gestión del primero en la UNESCO. En sus pláticas insistía: Por don Jaime, brilla el presidente López Mateos. Cuando un extranjero observa al gabinete, por regla general gris y triste, como todos los gabinetes, sólo ve luz en el nombre del autor de Tres inventores de realidad.

Sí, don Jaime era tema frecuente en mi padre. Finalmente pude conocerlo en El Colegio Nacional, yo tendría unos dieciocho años y Torres Bodet leía su notable trabajo Maestros venecianos. Al concluir, en medio de los infaltables aduladores, mi padre me presentó. Don Jaime, por decir algo, me preguntó qué estudiaría. Le repuse que Diplomacia, y él, como si le importara, con sutileza estuvo de acuerdo, es un acierto. Nunca volví a verlo y jamás trabajé en Relaciones Exteriores.

De hecho, de todos los contemporáneos, sólo traté un poco a Carlos Pellicer (de quien conservo una fotografía firmada), platiqué varias veces con Elías Nandino y una vez con Salvador Novo. Me queda el recuerdo indeleble de Jaime Torres Bodet, quien con su talento y creatividad intelectual, con su inteligencia pasmosa, su frialdad aparente lograba conmover.

Otro que solía citarlo era Arturo Arnáiz y Freg. En sus clases de la Facultad de Ciencias Políticas nos decía: Secretario particular de José Vasconcelos, dos veces secretario de Educación, titular de Relaciones Exteriores, director general de la UNESCO, pocas veces el gobierno mexicano ha contado con alguien de tan elevado rango. En efecto, Jaime Torres Bodet fue funcionario y artista y amó ambas tareas, del mismo modo que José Revueltas amó su posición de inquebrantable opositor al sistema. Como el caso de don Jaime conozco otro, el de Agustín Yáñez.

En el México provocado por la Revolución, los intelectuales encontraron durante los primeros años, el apoyo del Estado. Sin él Rivera, Siqueiros y Orozco jamás hubieran sido muralistas espectaculares. Sin embargo, los tiempos cambian. Hoy día habrá que pensar dos veces antes de sumar ambas tareas: la de intelectual y la de funcionario. Y utilizo este término para no darle en México el calificativo de políticos a dóciles burócratas, sujetos a una pesada cadena de rituales abyectos. Entiendo por político al gran conductor de masas y países que, como Bismarck, consigue la unidad nacional o, como Lenin, modifica la historia de la humanidad.

Esta reflexión proviene de una conversación con un funcionario menor que sostiene que en México el intelectual se corrompe con facilidad o que acude con demasiada solicitud al llamado del gobierno. Ciertamente, en abono de su posición, hay docenas de lamentables casos de sumisión al sistema. El papel correcto del intelectual es ser crítico, conciencia de la sociedad, pero en ocasiones olvida su altísima misión para ir a un viaje a Argentina acompañando al presidente de la República o a una comida para después afirmar que si no apoyamos al gobierno vendrá el fascismo. Pero por fortuna los hay decentes.

Pese a todo, el intelectual, tarde o temprano ocupa el lugar que le corresponde frente al Estado. En 1968 —para sólo citar un gastado ejemplo— artistas e intelectuales desaprobaron la represión y se sumaron a los estudiantes que luchaban por democratizar al país. Incluso el rector de la UNAM supo escoger el lado correcto. Es entonces cuando el desprecio que el funcionario siente por el intelectual no encuentra justificación. Este último es más sensible a los grandes problemas nacionales aunque no dé soluciones a ellos.

No es su papel resolverlos, simplemente señalarlos, indicar por qué razones existen. Una larga y fatigosa discusión. Hoy recordamos, para retomar el tema central de esta nota, mucho más cómodamente al autor de Fervor y de Balzac que al promotor del famoso Plan de Once Años que no tuvo los resultados esperados. Significa que algún día, mientras que nadie se acuerde de los nombres de los más altos funcionarios del presente, seguirán siendo citados los de Rulfo, Arreola, Siqueiros, Azuela, Martín Luis Guzmán, Reyes, Rivera, Bonifaz Nuño, Fuentes... cumplieron satisfactoriamente su papel como artistas e intelectuales.

El caso de Torres Bodet es otro, formado en tiempos de luchas violentas, entendió que debía combinar su quehacer literario (poeta delicado, ensayista brillante, novelista de talento) con tareas de alto rango en la administración pública. En todos los niveles había euforia creativa y preocupaciones sociales. México todavía tendría la Guerra Cristera y una agitada vida política hasta llegar el gobierno del general Lázaro Cárdenas quien con habilidades de estadista, pone orden, consolida instituciones y deja atrás, no sin grandes esfuerzos, a los caudillos revolucionarios y sus luchas violentas por el poder.

En este contexto comienza el esplendor de Jaime Torres Bodet, a quien su compañero de generación Salvador Novo, incapaz de guardarse sus dardos afilados, decía que tenía currículum, no biografía. A su paso don Jaime dejó huellas imborrables en sus dos campos: las artes y la educación.





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