Tantadel

abril 03, 2016

La bicefalia en Mesoamérica

Los fantasmales mayas que encontraron los conquistadores vivían en aldeas modestas, lejos del esplendor de sus templos y pirámides

Los animales con dos cabezas no solamente son anormalidades conservadas en museos de historia natural, ésas son visibles malformaciones, accidentes de la naturaleza. Cabras que nacieron con una cabeza de más, por citar casos que he podido ver hasta en circos. En realidad lo notable son las especies que tenían dos cabezas, una en el frente y otra en la parte trasera de la bestia formando razas peculiares. Hubo serpientes bicéfalas como la anfisbena en lo que ahora es Italia y las hubo aztecas. También existió una variedad hermosa y feroz de jaguares con dos cabezas en el trópico húmedo donde vivieron los mayas y crearon una de las más deslumbrantes civilizaciones, que inició bajo influencias teotihuacana, olmeca y tolteca. Un pueblo que cautiva la atención universal. Cuando los españoles llegaron a lo que ahora llamamos México y América Central, el imperio maya era dueño de palacios y templos de soberbia y fina arquitectura y tesoros de inaudita belleza, en más de 400 mil kilómetros cuadrados donde erigieron una cultura de altivo refinamiento. Su derrumbe, calculado en el siglo XV, se debió a conflictos bélicos, calamidades naturales y una población excesiva que agotaba los recursos naturales y fatigaban la tierra y la caza. Los fantasmales mayas que encontraron los conquistadores vivían en aldeas modestas, lejos del esplendor de sus templos y pirámides, juegos de pelota, casas señoriales, residencias de nobles ornamentadas con murales y desconcertantes tallas en piedra. Dieron, no obstante, un valeroso combate antes de perder su libertad en 1697.  
Una breve legión de antropólogos conducida por John Lloyd Stephens yFrederick Catherwood, en 1840, exploró por vez primera las ruinas mayas. Uno de esos investigadores, Henry Carroll, puso más atención en los que probablemente fueron los últimos jaguares bicéfalos que restaban de esa muy extraña especie felina. Pude consultar sus papeles en los archivos del Palacio Cantón, casona de la época porfirista convertida en museo. A diferencia de sus maestros, Carroll analizó en detalle las esculturas de jaguares bicéfalos. Sus notas, inacabadas, desordenadas, con páginas extraviadas, indican primero asombro, reverencia, suponía que la fauna era parte de la fantasía estética de los constructores de aquellas pasmosas edificaciones, pero en la medida en que uno avanza la lectura, la admiración se torna en miedo. Varios de los exploradores iniciales desaparecieron misteriosamente. En algunos casos, Carroll pudo hallar restos de seres humanos destrozados con rabia; un acompañante maya le dijo con naturalidad: “Desdichado, se encontró con el jaguar de dos cabezas”. En otros halló grandes trozos de piel de serpiente junto a cuerpos triturados.
Si las serpientes de muchos metros de largo son una realidad que aún podemos encontrar en las selvas sudamericanas más densas, el jaguar bicéfalo no era fantasía maya, tampoco alegoría que pudiera representar dos fuerzas opuestas dentro de un mismo cuerpo. Era simplemente una rareza a quien la evolución de las especies llevó a desarrollar dos cabezas para mejor defenderse de sus enemigos. El problema es que la naturaleza jamás reflexionó en las funciones del organismo y los jaguares bicéfalos no vivían largo tiempo; su breve existencia con frecuencia no les alcanzaba para aparearse, lo que una cabeza deseaba, la otra podía no quererlo. Cuando los mayas declinaron, esa bestia poco frecuente, estaba por extinguirse como temible presagio del desmoronamiento total del grandioso imperio.
La búsqueda de Carroll lo llevó a encontrar códices mayas que narran el intento de los aztecas por intercambiar su serpiente bicéfala por un jaguar de idéntica condición. Fracasaron porque los aztecas no supieron cuidarlo durante el largo trayecto para llevar a la bestia enjaulada hacia el afamado zoológico del emperador Moctezuma. De modo inverso, la serpiente mexica solía morir del largo viaje, tolerando tratos inadecuados y padeciendo las transformaciones climáticas entre ambos imperios.
Por ventura, las artes plásticas del pueblo maya fueron capaces de dejar constancia del breve paso por la tierra de sus desconcertantes especies. El trono en forma de jaguar bicéfalo colocado por nuevas manos en la entrada de Uxmal logra perturbar a los turistas, pero ninguno consigue imaginar cómo fue en vida, cómo caminaba, veía con cuatro ojos, escuchaba con dos pares de orejas o comía por dos fauces. Su piel era hermosa y codiciada como la del jaguar común, quien ha logrado sobrevivir, destruyendo una frase común: dos cabezas piensan más que una.
La verdadera causa de su extinción fue, según las anotaciones de Henry Carroll, un hecho incontrovertible, según los cánones del sentido común: los que vivían en libertad buscaban humanos para alimentarse y solían ser cazados. En cautividad, cuando los mayas se atrevían a acariciar una de las cabezas del jaguar bicéfalo, la otra, celosa, se enfurecía y atacaba mortalmente a quien la tocó. Los guerreros se veían obligados a matarlo, pues era ya imposible tranquilizar a la parte agresora.
Lamentablemente, ahora sólo piedras y murales dan una vaga idea de aquellas extrañas bestias que evolucionaron bajo reglas distintas. Sin embargo, en la selva profunda, un viejo guía mestizo me dijo en voz baja: “Tenga cuidado, jefe, todavía hay feroces jaguares bicéfalos”.

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