Tantadel

abril 06, 2016

Los bellos barrios en mis nostalgias

Fui un infatigable andarín del hoy llamado Centro Histórico. Estudié en la Secundaria 1, en Regina casi esquina con Pino Suárez, y el bachillerato lo hice en la Preparatoria 7, cuando se hallaba en Licenciado Verdad y Guatemala. Con padres maestros, permanecí muchas horas ante los prodigiosos murales de Rivera en la SEP. Fui una y otra vez por Madero, Motolinía, Uruguay, Moneda, Argentina... buscando hermosas fachadas e iglesias llenas de historia y de secretos. No soy un capitalino improvisado, lo soy de segunda generación y amo profundamente mi ciudad. Por eso me duelen su postración, sus ausencias, sus fracasos, sus millones de habitantes mal educados y destructivos. No tuve amigo o novia que no recorriera conmigo bares, restaurantes, cabaretuchos, salas cinematográficas, cafetines y callejuelas del centro. En sus hoteles de paso hice el amor y esperé, cuando estudiante preparatoriano, a empleadas de El Palacio de Hierro y de El Puerto de Liverpool en 20 de Noviembre. Llegado el momento, y por verdadero accidente, trabajé como funcionario cultural del DDF con oficinas en la hermosa casa de los condes de Heras y Soto, en Chile y Donceles, junto con Luis Ortiz Macedo y Ángeles González Gamio. Por más de cuatro años a diario llegué hasta el centro: ya era una tragedia mirarlo. No parece haber un plan de recuperación ante impresionantes hordas de vendedores ambulantes que mantienen una suciedad permanente y que destruyen un patrimonio considerado por la UNESCO como propiedad de la humanidad. Ciertamente no era lo mismo que hace treinta o cuarenta años, cuando para llegar a esos lugares mágicos, llenos de misterio y encanto, de leyendas que recrearon Luis González Obregón y Artemio de Valle Arizpe, que albergaron tertulias de notables escritores, pintores y músicos, era indispensable tomar un autobús de diez centavos o el tranvía que venía de Tlalpan o Xochimilco hasta el Zócalo, lugar destinado al culto cívico y religioso y que posee el más espléndido edifico americano: la Catedral. Caminando frente al Sagrario, rumbo a la terminal del tranvía Valle en la calle de Palma, le declaré mi amor a una casi niña en 1960, Rosario.

El Zócalo lo conocí con fuentes y palmeras, con vendedores de dulces en los portales, escasos automóviles y muy pocas personas transitando a su alrededor, y pude contemplar cómo las necesidades de un sistema político absurdo lo destruían y lo convertían en uno de los ejes donde miles de mexicanos buscan escabullirse de la pobreza mediante el comercio ambulante y la mendicidad, las manifestaciones y las protestas.

El despacho de mi padre, Palma 9, sirvió para que José Agustín y yo redactáramos algunos planes de actividades para la grilla estudiantil, asimismo para que sedujera a alguna amiga, total, mi padre no solía ir ciertos días y su secretaria, Lourdes, más bien iba por las tardes.

En efecto, eran otros tiempos y mejores. Llegué a acompañar a mi padre al café París, junto al bar La Ópera, enfrente de lo que ahora es el Club de Periodistas. Íbamos el tiempo suficiente para que saludara a sus amigos y bebiera un café exprés. Allí vi por vez primera en 1959 a Carlos Pellicer rodeado de amigos y admiradores. A un costado de la Alameda, todavía bien arbolada y sin vendedores ambulantes, estaba la librería del padre de Polo Duarte, Libros Escogidos, lugar que frecuenté entre 1964 y 1969. Los sábados, se hacía una formidable tertulia: Otaola, Francisco Pina, Otto Raúl González, Raúl Leyva, a veces Juan Rejano, Alfredo Cardona Peña y muchos más se apretaban en ese pequeño local de libros viejos y discutían, para asombro de los jóvenes que nos acercábamos, de la República española, de la Guerra civil, de la poesía de García Lorca, Miguel Hernández, Alberti. De esas reuniones solía salir con libros de Galdós y Azorín, Unamuno y Baroja. Asimismo presencié la visita ocasional de León Felipe, de Max Aub, Luis Buñuel, Antoniorrobles, Alejandro Finisterre…

Las cantinas de aquella época fueron verdaderas escuelas de la vida. Fedro Guillén decía en este sentido que eran universidades que nos permitían ser rectores. Se comentaban libros, temas políticos, se hablaba de la dirección musical de Carlos Chávez, de la aparición de nuevos artistas plásticos como José Luis Cuevas. Temas recurrentes eran las actividades literarias y políticas de José Revueltas, Juan de la Cabada, Ermilo Abreu Gómez, Efrén Hernández y otros escritores legendarios que estimularon el surgimiento de mi generación. Hace muchísimos ayeres las cantinas de Coyoacán servían para que bebieran narradores de talla como Tito Monterroso y Juan García Ponce. Hoy sólo la frecuentan escandalosos oficinistas, estudiantes de poca monta y una que otra ama de casa ávida de emociones fuertes, o, lo que es peor, matrimonios aburridos que hablan de futbol y de un nuevo modelo de automóvil o están absortos ante su celular.

Los paseos a lugares “distantes” eran Coyoacán, San Ángel o de plano íbamos hasta Xochimilco y Tlalpan en tranvía. Toda la ciudad capital poseía muchos barrios bellos. Hoy cuesta trabajo salir a la calle: inseguridad, ambulantes a granel, millones de automóviles irrespetuosos y contaminantes, basura en las calles. En efecto, los tiempos han cambiado, los políticos también, sólo la ciudadanía sigue padeciendo.

No hay comentarios.: