Tantadel

abril 08, 2016

Los libros en mi vida 1/2

Nací en un mundo sin televisión y dentro de una familia que apreciaba los libros. Mi padre fue autor de novelas y obras pedagógicas, a su vez, su padre escribía curiosos volúmenes. Recuerdo dos trabajos de don Gildardo Avilés: Aritmética femenil, como si hubiera números para hombres y números para mujeres, editado en París, en 1908 y dedicado a doña Carmelita, la esposa de Porfirio Díaz, y un vigoroso y estéril ataque al artículo tercero constitucional: Cómo el Estado embrutece al niño, publicado en la época vasconcelista.
Mi madre era maestra y amaba los libros, de tal suerte que siempre había algo nuevo en casa, principalmente novelas y volúmenes de historia. Casi todos los libros eran argentinos. España recién salía de la Guerra Civil y México carecía en aquel entonces de una gran industria editorial. Mi familia recibía a muchos escritores. Todos hablaban de libros, de tal suerte que me era posible desde muy pronto tener algunas precisiones sobre ellos. Por ejemplo, mi primera edición del Quijote era de Jackson, ilustrada por Doré y con grabados de oro en la portada. También Las Fábulas, de La Fontaine, adquirida en la Lagunilla con ilustraciones también de Doré.
De niño los domingos iba a misa y esto me ponía cerca de la Biblia. Muchos años después, al escribir diversos cuentos de tema religioso, los dedicaría a mis abuelos maternos, con quienes viví prácticamente toda mi vida hasta los veinte años: ellos me enseñaron secretos de la Biblia católica en una enorme edición ilustrada autorizada por el obispo de México.
No puedo olvidar un hecho literario que me impresionó enormemente, y que tal vez marcó mi camino como escritor (aunque Jorge Luis Borges diga que sólo hay dos tipos de personas que están predestinadas: los reyes y los escritores): se trataba de una novela, edición de autor, bellamente trabajada por el impresor Alfredo Bosques: la historia de mi hermana mayor, Leonora, que murió a los doce años de edad y cuyo fallecimiento afectó muchísimo a mi padre. El libro aparecía ante mis ojos, puedo recordarlo, en las vitrinas de la librería que estaba a un costado de una Alameda muy hermosa, con escasas personas transitando por entre sus enormes árboles: La Pérgola.
Fui formando una biblioteca. Cuando me casé aporté a la relación una buena cantidad de cajas con libros. Ellos fueron la base de mi patrimonio, he atesorado libros como un avaro dinero, a ellos les debo mis modestísimos éxitos, ellos me han hecho, como los hijos a otros, cambiar de casa buscando más espacio. Cuando tuve los recursos suficientes hice una casa-biblioteca para que estuvieran cómodos y disfrutaran de cierto orden. Hoy, en tres pisos y una Fundación cultural, se acumulan libros. La inmensa mayoría no está maltratada. Algunos amigos se quejan de mi excesivo celo por cuidarlos, parecen nuevos. Y tengo otras manías, nadie los toca más que yo, jamás los presto, sólo ocasionalmente los marco o subrayo. También poseo multitud de libros firmados por sus autores: unos cuatro mil. Aunque en este sentido he llegado a extremos cayendo en una suerte de fetichismo: en una pared están docenas y docenas de fotografías de escritores. Aquí tengo cosas valiosas: por ejemplo, una poco conocida de Rulfo cálidamente dedicada al discípulo suyo que fui en 1964, en el Centro Mexicano de Escritores, en donde compartí maravillosos días con este inmenso autor, con Juan José Arreola y Francisco Monterde, mis únicos maestros formales de literatura, por más que Ricardo Garibay alguna vez me dijera: Para qué buscar maestros si cada libro es uno, y la cita era de Batalle.
Pero no sólo he leído libros, también los he escrito, llevo a la fecha más de treinta títulos. Y si las cuentas de los autores de una tesis universitaria no fallan, sólo de mi obra El gran solitario de Palacio he vendido mucho más de cincuenta mil ejemplares, lo que para Fuentes o para García Márquez es una ridiculez, para mí, es una hazaña. Mis libros han sido editados por el Fondo de Cultura Económica, Joaquín Mortiz, la Universidad Veracruzana, la UNAM, Ediciones de Cultura Popular, Premiá, la UAM, la UJAT, la BUAP, etcétera.
Debo consignar que también en una época fui, muy joven, vendedor de libros, hermosa mercancía. Fue alrededor de 1965, o antes, y lo fui trabajando para Rafael Giménez Siles, concretamente para EDIAPSA. Sus únicos vendedores éramos un espléndido republicano, como tantos otros, venido a México después de la Guerra Civil, Roberto Castrovido, quien además tenía una modesta librería, Góngora, en Orizaba, en la colonia Roma, y yo. Como no teníamos zonas fijas ni rutas especiales, la mayor parte de los días caminábamos juntos por aquel México aún no sobrepoblado, conversando de literatura, de la guerra española, en la que mi compañero había participado (era socialista), ofreciendo las novedades del mes.
Ser vendedor de libros fue una enorme fortuna para el escritor que por esos años comenzó a publicar. Los libreros de aquella época me conocían por mi padre o por mi empeño en venderles alguna obra, de tal manera que muchos de ellos sintieron verdadera simpatía por mí. Jamás olvidaré una tarde de diciembre, en la desaparecida Zaplana de San Juan de Letrán, su dueño me condujo a la mesa de novedades y me dijo que de regalo de Navidad tomara un libro. Escogí Años de perro, de Günter Grass, cuyo costo, lo sé porque jamás les borro el precio, era de sesenta pesos.

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