Tantadel

abril 11, 2016

Los libros en mi vida (2/2)

Cuando comenzaron a salir mis libros, los libreros los pedían porque para muchos de ellos yo era un colega. Realmente aquella actitud me ayudó muchísimo, pues los vendedores suponían que estaban ante un nuevo Radiguet o un reciente Mailer o, para ser realista, otro José Agustín, cuyo lanzamiento fue fundamental para que los jóvenes tuviéramos éxito.

 Los momentos que me vinculan con los libros no se terminan con esta relación, más bien es el inicio. En 1967 obtuve mi primer empleo oficial: director de publicaciones del entonces Instituto Nacional de la Juventud Mexicana. Al frente de una modesta sección editorial publiqué muchos títulos y contribuí a conformar de este modo a una generación. Edité los libros de Juan Tovar, José Agustín, Vicente Leñero, más que nada otro maestro y guía de nuestra generación, de Alberto Dallal, que también ha sido editor de obras de pequeño tiraje, pero muy hermosas, en fin, una larga lista de nombres y títulos. Por obvias razones, cuando fui Director General de Difusión Cultural de la UNAM, al renglón que le di más énfasis, sin disminuir los demás, fue al de los libros, hice convenios editoriales y publiqué un gran número de obras, dejando firmados contratos para otras tantas. También cuando fui asesor de cultura del Departamento del Distrito Federal, aparte de la Orquesta Filarmónica y la de Cámara y de otras tareas, tuve Publicaciones. Ahora, en la UAM-X dentro de mis responsabilidades como coordinador de Extensión Universitaria tengo la de editar libros.

 Todo lo debo a los libros, bueno, y al periodismo. En este aspecto tengo que ser justo. Cito a Hipólito Escolar, director de la Biblioteca Nacional de Madrid, y gran amigo de los editores españoles: en algunos momentos las colaboraciones periodísticas dan más fama que los libros. Unamuno, el inmenso Unamuno, dice el mismo Escolar, dudaba en 1912 que el público que leía sus libros llegara a mil personas. “Los más sólo le conocían por los artículos o por las referencias periodísticas”. Y lo mismo le sucedió a Ortega y Gasset: sus primeros éxitos provienen del periodismo.

 Toda proporción guardada, algo semejante me ha ocurrido. Pese a mis diversos títulos, algunos de ellos masivos, como la edición que hiciera la SEP de dos de mis novelas cortas, Tantadel (que originalmente editó el Fondo de Cultura Económica) y La canción de Odette y a más de 50 mil ejemplares vendidos de El gran solitario de Palacio, mi precaria y reducida fama la debo a los diarios, esos monstruos que desorientan a la opinión pública. De cualquier manera, pienso con optimismo, que son mis libros los que a mí me interesan. Si son incapaces de darme fama, el problema no es de ellos sino de su autor.

 Yo no sólo compré mis libros viejos con Polo Duarte. También iba a La Lagunilla en busca de joyas bibliográficas. Pero ya no era fácil hallar algo que valiera la pena o si lo había, costaba una fortuna. Quiero contar en este punto un hecho que me sorprendió mucho. Cierta vez, en La Lagunilla, encontré la traducción que Baudelaire hizo de Poe. De inmediato la adquirí. En ese momento me encontré con el hombre más prodigioso —al menos para mí y tal vez para mis compañeros de letras— de mi tiempo, ese espléndido cuentista y maestro que fue Juan José Arreola. Lo saludé con muestras de afecto y me preguntó qué compraste, dime porque no traigo mis lentes. Iba a responderle cuando tocó el libro y de inmediato añadió: Ah, un libro de Nelson. En efecto, era una obra de aquella antigua editorial francesa. No obstante, confieso que también otros personajes me han sorprendido con su conocimiento bibliográfico: Jaime Torres Bodet, Rafael Solana, José Luis Martínez, Andrés Henestrosa, Rubén Bonifaz Nuño y Guillermo Roussett Banda, quien en París, entre otras cosas, me obsequió la primera edición de Histoires Naturelles de Jules Renard. Mi amor por los libros me condujo a crear El museo del escritor, único en el mundo, que estuvo 4 años en la delegación Miguel Hidalgo.

 No puedo dejar estas líneas sin hablar un poco de mis editores. No siempre han sido instituciones o empresas. Mi primer libro lo editó el Fondo de Cultura, merced a la intercesión de Arturo Azuela. El dictamen favorable lo dieron por separado dos hombres diametralmente opuestos: Francisco Monterde y Huberto Batis. Poco después trabé contacto con Joaquín Díez-Canedo, el gran impulsor de los jóvenes escritores mexicanos. Por razones generacionales, fui más amigo con su segundo en el barco, Bernardo Giner de los Ríos, quien cuidó dos de mis libros. Y lo hizo muy bien.

 Tiempo después, en 1973, regresé de estudiar en París y conocí a Manuel López Gallo, cuyas librerías han crecido. Tuvimos profunda amistad y editó también una obra mía. Y en la UNAM publiqué un libro gracias a la recomendación de Bonifaz Nuño. En fin.

 Al cumplir 50 años como escritor, diversas instituciones culturales y universidades públicas reconocieron de modo generoso mi trabajo. Recuerdo una frase mía de gratitud: No he escrito nada nuevo, todo lo encontré en multitud de libros leídos, una paráfrasis de Alfonso Reyes.

 Ignoro a ciencia cierta si el libro logrará sobrevivir a los avances de la ciencia. No sé si el de librero será alguna vez un oficio perdido, como el de alquimista o gladiador. Arreola y Robert Escarpit pensaban que finalmente cederá ante el mundo digital. Si llega ese momento, la humanidad habrá perdido esos misteriosos objetos que despertaron en nosotros pasiones, nos dieron terror, felicidad, nos conmovieron y finalmente desarrollaron como ninguna otra cosa a este planeta. El libro perseguido, acosado en las dictaduras y en periodos de retroceso, siempre sobreviviendo a la adversidad como en metáfora de Ray Bradbury, ha sido fundamental para el hombre. Aunque McLuhan señale que la actual generación pertenece a la era electrónica o John Debes diga que concretamente sea de la televisión, el libro seguirá siendo la pieza clave del desarrollo espiritual..




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