Tantadel

abril 10, 2016

Oscar Wilde por Oscar Wilde

Hemingway, en un libro de entrevistas ejemplares, El oficio de escritor, rechazó con energía preguntas que le parecieron naderías.

Dentro de los tradicionales géneros periodísticos, Ignacio Trejo Fuentes e Ixchel Cordero Chavarría señalan la existencia de uno más: la autoentrevista, en el prólogo de su libro (“primero en su especie de que se tiene noticia”) Autoentrevistas de escritores mexicanos (Educal), donde un puñado de literatos mexicanos, algunos de mucho talento, nos autoentrevistamos. En brillante explicación sobre su sentido, cualidades y desafíos, precisan que el autoentrevistado se pregunta aquello que considera importante, en lugar de las torpes interrogantes usuales del mal reportero: Hábleme de usted. ¿Cuál es su mejor obra? ¿Qué piensa de la literatura actual? De los trabajos, ninguno me convenció. El mío es desafortunado. No es fácil ser un reportero inteligente y culto que conoce a profundidad al autor y su obra, pero más complejo resulta preguntarse y responder uno mismo sin caer en la pedantería o en la soberbia; no importa la profesión artística, nadie está exento de vanidad.
Las entrevistas a profundidad que pueden dejar satisfecho al autor son aquellas que realizan los periodistas o críticos o ambas cosas con conocimiento y cultura. Prohibido entrar en el campo de las generalidades, deben meditar sus preguntas. Evidenciar que leyeron con cuidado el trabajo del entrevistado. Si llevamos a cabo lo primero, entonces conoceremos más a fondo al escritor admirable o al genio de las artes plásticas. Como autor, uno espera las interrogantes sobre un personaje o una escena compleja, no aquellas que ofenden por su frivolidad.
Hemingway, en un libro de entrevistas ejemplares, El oficio de escritor, donde especialistas en cada gran autor trabajaron, rechazó con energía preguntas que le parecieron naderías. El problema es que pocos son capaces de exigirlas inteligentes y eruditas. Les basta responder cuestiones elementales con tal de extender su fama.
Las entrevistas que han quedado en la historia tienen dos méritos: el valor literario y el gran personaje que respondió. El diálogo penetrante es trabajo de dos personas poderosas intelectualmente. Vicente Leñero se refería a ellas como duelo de inteligencias, donde ambos deben esmerarse para informar de una tarea significativa. El que pregunta y quien responde deben ser, en consecuencia, personas sensibles y cultas. El buen periodismo, pienso, es el resultado de una tabla axiológica severa, dominada por la ética y la estética.
Oscar Wilde, sin duda, para precisar más sus puntos de vista sobre su vida y trabajo artístico, optó por hacerse una. El título es Mr. Oscar Wilde on Mr. Oscar Wilde: An Interview y apareció en St. James’s Gazatte, en 1895. Finalmente la hace célebre su secretario Robert Ross y es considerada como una de las primeras autoentrevistas de la historia, “un subgénero que, ocasionalmente, ha tentado a los escritores predispuestos al ingenio y al giro epigramático cuya imagen pública es compleja. Las autoentrevista de Truman CapoteGore Vidal y Norman Mailerconstituyen los ejemplos modernos más famosos,” explica el editor del libro Las grandes entrevistas de la historia, 1859-1992, El País/Aguilar.
Para el momento de la autoentrevista, Wilde acelera el rompimiento con la sociedad victoriana y muestra su desdén inclinándose por la crítica literaria y el público francés, porque desaparecen las estruendosas ovaciones y la estima del público aristocrático para el que escribió. Oscar decide enfrentarse a un poderoso enemigo, el marqués de Queensberry, padre de su destructivo amante, lord Alfred Douglas. La aventura terminó siendo un desastre para el prodigioso literato irlandés, pero simultáneamente le permitió escribir sus más dramáticas y dolidas páginas (La balada de la cárcel de Reading y De profundis), lejos del brillo espectacular de La importancia de llamarse Ernesto y de El abanico de lady Windermere, distantes de la genial novela llena de símbolos oscuros El retrato de Dorian Gray y de sus luminosos cuentos y conferencias llenas de ingenio.
En la autoentrevista, Wilde se enfoca en el teatro, los actores y el público. Para ese momento está decepcionado de Gran Bretaña y se refugia en la Francia de la Belle Époque, tan llena de figuras luminosas. Podría decirse que anticipa su muerte y entierro en París, que bien lo acoge sin que la acusación de “sodomita” lo inquiete. Una pregunta a sí mismo es clave: “¿He oído decir que todos los personajes de sus obras hablan como usted?”
   “Sí —reacciona Wilde ante su propia interrogante—, de cuando en cuando han llegado hasta mí rumores en ese sentido y me atrevería a decir que sin duda debe de habérseme formulado esa crítica. La realidad es que sólo en los últimos años ha tenido el crítico dramático oportunidad de presenciar obras escritas por autores dotados de maestría estilística. En el caso del dramaturgo que es además un artista es imposible no sentir que la obra de arte, para ser una obra de arte, debe estar dominada por el artista. Todas las obras de Shakespeare están dominadas por ShakespeareIbsen y Dumas dominan en sus obras. Mis obras están dominadas por mí mismo”.
Es evidente que una pregunta de tal índole, necesaria para acallar enemigos, sólo podía formularla el propio Oscar. La autoentrevista, por cierto, adolece del brillo de sus momentos sublimes y victoriosos.

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