Tantadel

abril 24, 2016

De la onda gruesa a la respetabilidad (II)

Si la antología Literatura joven de México fue un éxito total, la siguiente, Onda y escritura: jóvenes de 20 a 33 años, con celebridades a cuestas, fracasó. El editor (Arnaldo Orfila) decidió considerar las protestas de los escritores también jóvenes que no fueron incluidos en la primera, y le pidió a Margo Glantz, quien en ese momento había metido a Sor Juana en el clóset, llevara a cabo una nueva versión, otra vez con prólogo suyo. En ese libro, que nunca se agotó, estábamos 28 narradores. Junto a nosotros aparecían los más talentosos como José Emilio Pacheco. No hubo protestas, al contrario, sólo felicidad; José Joaquín Blanco, por ejemplo, me escribió a París: “Volviendo a la antología, te digo que esta inclusión apresurada, que me llenó de locura y entusiasmo, me hace sentir como un convidado a una recepción de etiqueta que olvidó ponerse calcetines, o que llega con uno de un color y otro de otro o, en fin, que comienza desenvolviéndose bien y que termina regando la champaña o el tepache en el momento más crítico”. (Nov. 26, 1971.)
Margo afinó sus posiciones críticas y optó por ir más lejos dividiendo a los antologados, con terrible maldad literaria, en dos grandes grupos: los de la Onda, donde estábamos los que, además de poseer las características mencionadas en el artículo anterior y sin méritos estéticos, escribíamos, digámoslo claramente, mal, y aquellos que como Pacheco y Elizondo eran dueños de las puras excelencias literarias. Estos quedan dentro de la escritura, según Glantz.
Sin embargo, mujer lista, tira la piedra y esconde la mano, como dice una expresión popular, y complica más las cosas creando un tercer espacio entre onda y escritura: el de quienes participan de ambas como Sainz en Obsesivos días circulares. De cualquier manera, y en esencia muy apretada, Onda era postulada como “crítica social” y escritura como “creación verbal”. Qué tal.
Luego cada uno de los “onderos” caminó por su lado. Resulta ocioso hablar hoy de las aportaciones que hicimos a la literatura urbana. Por mi parte, retomé la fantasía que había sido mi punto de arranque y además me metí de lleno al tema político con la novela El gran solitario de Palacio, sobre los hechos que presencié en Tlatelolco.
Los caminos de la “Onda” se han diversificado o enriquecido, si se prefiere. Pero me pregunto, ¿qué hubiera pasado si Margo Glantz no lee mi novela Los juegos (a la que además siempre que citaba le omitía el artículo) ni La lluvia no mata a las flores y lee los cuentos fantásticos que me permitieron obtener la beca del Centro Mexicano de Escritores en 1964 y publicara el Fondo de Cultura Económica, muchísimo antes de que a alguien se le ocurriera decir “qué buena onda, manís” o “qué ondón te traes”, y metiera una línea de Rolling Stones como epígrafe de un cuento? Lo ignoro. La historia está escrita. Las conjeturas sobran. Cuando hay que dar una conferencia sobre la generación suelo ser invitado y entonces debo comenzar desde el principio, explicar que no aceptamos el término ni nada que nos simplifique de esa manera. Vaya pérdida de tiempo, ahora en aras de una generación inexistente que apenas intercambia saludos entre sí.
¿No estamos muy viejos para ser miembros de la onda gruesa? Creo que sí, hasta respetables somos, José Agustín, yo y otros recibimos la valiosa Medalla de Oro de Bellas Artes por 50 años de letras. Emmanuel Carballo tuvo razón al precisar queParménides García Saldaña era el único rebelde: “Hoy José AgustínTovar y René son respetables”. ¿Habremos llegado al fin del viaje que se inició en la “onda gruesa de hace medio siglo”? Pero si hemos dejado de ser “onderos”, ¿qué somos? ¿No más rebeldía, no más antisolemnidad, no más desmadres? Han muertoHendrix, la Joplin y Lennon. ¿Acaso nos queda el suicidio o la incorporación a una Secretaría de Estado con Peña Nieto?
El último intento serio por redefinir a mi generación fue años ha, en un encuentro de Latin American Studies Association en el Palacio de Minería. Participamos en un panel llamado La onda veinte años despuésMartha PaleyMempo Giardinelli,José AgustínAdriana Méndez RodenasRose Minc y yo. Agustín y yo negamos la existencia de la Onda. Mempo habló del post boom y señaló que novelas comoCiudades desiertas y La canción de Odette no encajaban en la definición de Margo. Fue, eso creí, la tumba de tal clasificación. En San Antonio, Texas, la autora de nuestros desvelos y pesadillas me dijo airada: “No más por piedad, la Onda no existe”. Lo repitió tres años después en Alemania. Nada pudimos cambiar a falta de un término adecuado aceptado por todos. Ahora, con la mitad de los camaradas generacionales muertos y la otra en silla de ruedas, rodeados de nietos, cuando salimos a la calle, de pronto alguien logra identificarnos bajo las arrugas y grita entusiasmado: ¡Ah, los de la Onda! Y nos piden mariguana (medicamento, según terminología políticamente correcta) y tratamos de dar unos pasos de rock de los que todavía consigue Mick Jagger. Algunos aplauden y hasta monedas nos dan. Margo es rica y multipremiada. La vida es injusta, hasta hoy, no he visto un libro o un ensayo que hable de nosotros con inteligencia.
En la pasada Feria del Libro de Monterrey participé en una mesa sobre las generaciones literarias recientes: la Onda, los Infrarrealistas y el Crack. Mis colegas se arrepentían de sus “errores”, mostraban que escribían elegantemente y con respeto a los santones de las letras nacionales. Yo, en cambio, fui un pinche ondero grueso, con palabrotas y burlas al sistema político y a las glorias intelectuales. Al final, me emborraché en un antro como cuando era joven e insulté al Bronco por hablador y decir que es “independiente”.

No hay comentarios.: