Tantadel

mayo 04, 2016

El dictador como tema literario

Si el dictador daña a las naciones que lo padecen, a la literatura la enriquece. De lo contrario, Shakespeare jamás hubiera escrito Julio César, trágico proyecto de perpetuación en el poder antes de caer acribillado a puñaladas. Asesinado, dice Bruto, no por quienes no lo amaban, sino por aquellos que amaban más la libertad de Roma.
América Latina es todo un caso. Algunos de sus más significativos narradores han recurrido al dictador para hacer obras de arte. El español Ramón del Valle-Inclán fue pionero en 1926 con Tirano Banderas. Otros partieron directamente de nuestro continente. Martín Luis Guzmán con la mejor novela mexicana del siglo XX, La sombra del caudillo. Rafael F. Muñoz con Santa Anna, el dictador resplandeciente (1938), inicia una saga de libros sobre el mayor villano que México ha padecido. Más adelante aparecerían El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, El recurso del método, de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos, Oficio de difuntos de Arturo Uslar Pietri y La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa. La lista no es exhaustiva. Cito las cumbres del tema. Habrá que precisar que el 68 es una tragedia que mueve más a periodistas que a literatos y algo más: Díaz Ordaz no era un dictador rotundo como lo fueron quienes inspiraron las obras citadas. La tiranía estaba en el sistema que, en mi novela El gran solitario de Palacio, 1970, es una suerte de personaje fantástico: cada seis años cambia de físico y personalidad, nombre y proyectos políticos. Es el despótico sistema político mexicano. Un gatopardismo perfecto: todo sufría una metamorfosis para quedar exactamente igual. Pero el sistema priista, que subsiste a pesar del pluripartidismo, sí es la dictadura perfecta y no la que vio Vargas Llosa.
Imposible comparar las novelas de dictadores entre sí, sólo las une el rechazo a la falta de democracia, la necesidad de libertad y la posibilidad de contribuir a la crítica del poder absoluto. En cuanto a la forma, son muy diferentes, cada uno de los narradores mencionados buscó su propia estructura y se dejaron llevar por el estilo adquirido. Esas novelas son de sobra conocidas o en su tiempo fueron muy leídas y comentadas. La de Carpentier es un monumento a las letras barrocas que tanto amó y una ironía a los dictadores latinoamericanos sumados. Y en la de Vargas Llosa, resalta el literato-periodista que investiga a fondo y escribe con cuidadosa perfección la autocracia de Rafael Leónidas Trujillo.
Dentro de dichas novelas, me gustaría ahora rescatar la del venezolano Arturo Uslar Pietri: Oficio de difuntos, Seix-Barral, 1977. Su obra está basada en la vida del general Juan Vicente Gómez, quien gobernó a Venezuela desde 1908 hasta 1935, año en que falleció rodeado de aduladores. Durante algunos periodos, no ocupó la presidencia (como en México Santa-Anna), pero ejerció el control completo del ejército, factor que garantizaba la subordinación del país. Narra la vida de Aparicio Peláez, un hombre que busca la primera magistratura. Obtenida, sólo se la arrebataría la muerte. La novela comienza por el final, con la muerte del general Peláez que ha gobernado por treinta años. Hay duelo colectivo. El país está incierto, como estuvo la Unión Soviética al morir Stalin. Ha comenzado la lucha por la sucesión. Los cambios se avecinan. “Los que habían tenido el poder se iban a convertir súbitamente en débiles y perseguidos, los ricos iban a huir a esconder su riqueza, las casas de los poderosos iban a quedar vacías y gentes inesperadas iban a surgir con duras caras de justicieros a cobrar, a reclamar, a vengarse de tantos años, de tantas esperanzas fallidas”.
El padre Solana, cura blasfemo, poeta afrancesado, conspirador y enamorado, lee a Bossuet buscando un golpe de inspiración para pronunciar la oración fúnebre en el entierro del opresor. En ese momento todo ha concluido, una etapa se ha cerrado, en medio del caos, comienza la historia de Peláez. Uslar Pietri arrancó a los 25 años de edad con una novela estupenda: Las lanzas coloradas. En México, el Fondo de Cultura Económica editó una colección de sus ensayos, En busca del nuevo mundo. Nació venezolano y llegó a ocupar altos cargos diplomáticos y políticos.
Nos enteramos de los complicados mecanismos que mueven al autócrata: apreciamos su ambición por el poder, su brillantez de estratega natural, la facilidad para conocer a sus semejantes, sus pasiones y manipular multitudes. Pero la misma Venezuela, que hoy vive con una apariencia democrática, comandados por un hombre timorato e incapaz, que habla con pajaritos, Nicolás Maduro, está sujeta a una opresión inventada por Hugo Chávez. Bajo el pomposo e inaudito título de “revolución bolivariana” llevó a su país a una dictadura peculiar. Ya surgirán los literatos que la usarán como penoso tema literario.
Los autócratas dañaron la salud de las sociedades. Pero no los desdeñemos, engrandecieron el arte.

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