Tantadel

mayo 11, 2016

El poder, una incurable patología

La vocación del estadista, del político de altura, es la búsqueda del poder porque es la vía para que una nación avance. La lista de ellos no es larga. Algunos como Enrique IV, Maquiavelo, Jean Bodin, Richelieu, Locke, Montesquieu, Hobbes, Marx y Engels teorizaron. Otros como Lenin, Trotsky y Fidel Castro estuvieron al borde de obtener una utopía y crear un mundo nuevo. Fallaron. En la lista de grandes políticos podemos ver a Tomás Moro, Lincoln, Roosevelt, Churchill, De Gaulle, Mao Tse-tung, Ho Chi-min, Kennedy. Cada uno fiel a su época y tratando inalterablemente de pasar a otra más avanzada. No son muchos los que dentro de historias convulsas jugaron un papel transformador, como aquellos audaces que obtuvieron que Francia dejara la monarquía absoluta para transitar a mejores formas de gobierno. En México, tenemos políticos liberales y masones, Benito Juárez a la cabeza, o más adelante compatriotas que arriesgaron sus vidas en la Revolución de 1910 a 1917, como figuras señeras. En estos casos, el héroe, según lo veía Carlyle, aprovecha las circunstancias que le daban las condiciones sociales, económicas y culturales que brinda la historia según Marx.
 Sin embargo, no parece haber más estadistas sino analfabetos funcionales que buscan dosis de poder que les permita enriquecerse. No hay otro objetivo. En ello dejan la vida y algo peor, el prestigio. Son, eso sí, tenaces. Carecen de escrúpulos. Lo que no encuentran en un partido, lo hallan en otro, no importa si de la derecha pasan a la izquierda o buscan oportunidades en el centro. Van y vienen en desesperada búsqueda. Algunos como Manuel Camacho y su infaltable Marcelo Ebrard tenían un amplio guardarropa que les permitía ponerse el ropaje adecuado a sus ambiciones de esa semana. Si antes la regla de oro para ser gobernador o senador, digamos, era la discreción y la fidelidad perruna, ahora todos están desatados y saltan de un partido a otro. Y cuando muchos de ellos han visto que la sociedad mira con desprecio a los partidos, inventan maneras burdas o resucitan viejas costumbres como la manía de calificarse a sí mismos como independientes.
 Pero no es suficiente carecer de ideología o de principios partidistas, se requiere de otro elemento conocido como tenacidad o terquedad. Cuauhtémoc Cárdenas, una vez que dejó el PRI fue candidato presidencial tres veces. Le sigue otro ex priista, Andrés Manuel López Obrador, quien tuvo que formar su propio partido para hacer su voluntad cínicamente y recurrir a un dicho lamentable: “La tercera es la vencida”.
 Algunos saltimbanquis de menor tamaño como Miguel Ángel Yunes y Javier Corral son necios. Puedo entender a Javier Corral, pero Miguel Ángel Yunes quien se ha hinchado de dinero, ¿cuál es el objeto de ser gobernador? ¿Para salvar a su estado derrotando a su primo y sacando al PRI o para hacer más negocios? Este último ha llegado al colmo del cinismo al ser acusado por la inefable maestra Elba Esther Gordillo como ladrón. En estos meses hemos sabido por diversos medios de comunicación de sus escandalosos negocios turbios. Ahora va en coalición PAN-PRD, bajo la tutela de otro renegado, Agustín Basave.
 El perverso magnate norteamericano Donald Trump es un modelo de bajeza e indignidad, pero tiene ideas y propósitos turbios para darle a EU, según sus propias palabras, nueva grandeza, que recupere el poder número uno del orbe, algo que no le han quitado ni la antigua Unión Soviética ni la pujante China de hoy. Es cínico, auténtico y audaz, populista de derecha, hace falsas promesas con facilidad, pero tiene una ventaja: no fue priista, como todos los políticos mexicanos.
 Es posible que en Veracruz gane Miguel Ángel Yunes, ¿y? ¿Limpiará al pobre estado? No. Tendrá un pillo peor que Duarte, lo que no es poca cosa. Un hombre que, como todos, busca el poder para hacer dinero.
 La nueva plaga llamada “Los independientes” acumula en sus filas a muchísimos ex priistas, pero también los hay entre aquellos que de pronto deciden mejorar sus patrimonios familiares y para todos la política en México es sinónimo de corrupción, de dinero fácil, de autoritarismo y nepotismo.
 Hace muchos años visité Moscú, ya poco quedaba del sueño de los revolucionarios rusos. Fui a la casa donde vivió Lenin sus últimos días. La vajilla estaba compuesta por piezas maltratadas de diverso origen, carecía de automóvil y solía trabajar intensamente para lograr lo imposible: darle vida a una utopía, la de Marx y Engels, a la que le hizo los ajustes que su genio creyó necesarios. Falleció lamentablemente cuando el país estaba en plena convulsión. La lucha por el poder quedó entre Trotsky y Stalin. Los resultados bien los conocemos.
 Por desgracia, en México las luchas no son ideológicas, son por el poder. Porfirio Díaz no derribó a Lerdo de Tejada para imponer un modelo inteligente y democrático, sin corrupción, lo hizo para sentarse, autoritario y despótico, tres décadas en la silla presidencial. El resto lo conocemos, acaso salvo Lázaro Cárdenas, Ruiz Cortines y López Mateos, no peleaban por reunir propiedades y abultadas cifras de pesos, pero los demás participan activamente no por la gastada y estúpida frase de satisfacer su “vocación de servicio”, la que no tienen, sino para asegurarles a sus descendientes memorables herencias.



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