Tantadel

mayo 29, 2016

Elvis Presley y la voz del amo (I)

Lo consideraban inmoral a causa de lo erótico de sus movimientos y, pese a su gran éxito con las mujeres, él apenas las buscaba.

Hace casi 40 años murió Elvis Presley, apenas a tiempo. Si hubiera vivido más, él mismo habría terminado con su extraordinario mito, con su fantástica leyenda. Fue un revolucionario y terminó sus días siendo un modelo de fidelidad a lo establecido. Pero vayamos por partes. Cuando yo tenía 12 o 13 años comenzaron a llegar a México sus primeros discos: That’s All RightBlue Suede ShoesTutti Frutti,King CreoleJailhouse RockI Want YouI Need YouI Love YouLove Me Tender,Hound DogI Got a WomanHeartbreak HotelGood Rockin TonightBaby Let’s Play House, casi junto con un ejemplar de la revista Life, donde, asombrados, pudimos ver a un cantante de notable voz, que se contorsionaba haciéndole el amor a una guitarra, con un pequeño grupo atrás de él: The Jordanaires. Un modesto, realmente sencillo, muchacho de Memphis, se había adueñado bruscamente del mundo y lo transformaba, compraba Cadillacs, escandalizaba, lo consideraban inmoral a causa de lo erótico de sus movimientos y, pese a su éxito con las mujeres, apenas las buscaba, a lo sumo se dejaba besuquear, firmaba senos o muslos femeninos para fines publicitarios. Fue una auténtica revuelta generacional, lo que esperábamos para romper con sociedades anquilosadas, cerradas o que marchaban con pasmosa tranquilidad. Las cosas cambiaron y, mientras las personas religiosas, convencionales, mediocres padres de familia, puritanos, cretinos, la policía y el mismo FBI perseguían a Presley para probar lo evidente: que su música era subversiva, los jóvenes vivíamos en espera de sus nuevas grabaciones y noticias suyas. Atrás de él surgieron nuevas y brillantes figuras, destacaré un puñado: Jerry Lee LewisRoy OrbisonLittle RichardBill Haley & His CometsChuck BerryPaul AnkaThe Everly Brothers y Buddy Holly. En efecto, Elvis representaba una de las más notables revoluciones juveniles de todos los tiempos. De modesto conductor de camiones pasó a celebridad internacional, a magnífico mal ejemplo. Fui testigo de su capacidad demoledora cuando presentaron en el cine América su primer filme, Love Me Tender. Fue un verdadero desmadre. Las butacas fueron arrancadas de sus sitios, pelea campal, las muchachas que se atrevieron a asistir fueron acosadas, botellazos, gritos, y yo, entre todos aquellos vándalos, feliz, gozoso, disfrutaba cómo era destruida una sala de cine mientras que en la pantalla Elvis cantaba y la porra universitaria lo coreaba, con el líder Palillo.
Los primeros años de Elvis fueron sorprendentes, soberbios. Dejamos engavetados discos de 78 revoluciones con canciones de Perry ComoNat King ColeBing CrosbyEddie Fisher y hasta de Frank Sinatra, cuyo talento y buena voz le permitió una extraordinaria longevidad artística repleta de triunfos. Todo fue sepultado en honor del Rey, quien comenzaba su leyenda dentro de los más rigurosos cánones del american dream, conquistando sorpresivamente extensos públicos y toneladas de dinero, pasando de la pobreza a la riqueza, del anonimato a la fama universal. No estoy muy seguro, pero creo que fue Nicolás Guillén quien me contó en La Habana algo que me impresionó: “Dice Lezama Lima que no se puede ser revolucionario 24 horas al día”. Yo hubiera añadido, siguiendo a Juan de la Cabada, que tampoco toda la vida. Ser revolucionario parece conducta juvenil, una especie de pecado venial que se produce en la adolescencia y concluye cuando la sociedad obliga a eso que las mamás llaman “sentar cabeza” y que no es otra cosa que idiotizarse para siempre, sepultar la fantasía y la imaginación, venderse al Estado y a la sociedad y aceptar dócilmente reglas y normas de precario mérito. El caso es que la sociedad estadunidense fue capaz de doblegar a Elvis y con él a millones de seguidores. Los valores establecidos terminaron por imponerse y el Rey fue a parar a una división acorazada en Alemania; allí, calladito, puso ejemplo de obediencia y decencia. No cantó en público, peló papas en la cocina, hizo cansados e innecesarios entrenamientos, se dejó fotografiar mientras le quitaban la melena y “ganó el respeto” de sus superiores y compañeros del servicio militar. Estuvo en Europa casi tres años y el tipo fue una sola vez a París; cuando llegaba la hora de comer lo hacía en los cuarteles o en la casa que alquilara cerca de la base militar para no echar de menos a su familia, como un palurdo mexicano que añora los tacos y los guisos de mamá. Cuando salió del ejército,Elvis era otro Elvis; de Alemania voló a filmar docenas de películas estúpidas, las que él mismo, en un raro gesto autocrítico, calificaría mucho después de malas: “Mientras yo hacía películas tontas —explicó en una entrevista—, los Beatles se adueñaban del mundo”. Pero era tarde. Estaba cooptado. Se percató, tal vez, de su decadencia, y lo único que pudo hacer fue utilizar su prodigiosa voz (lo único que jamás lo abandonó) para cantar baladas, algunos de sus viejos éxitos de rock, y efectuar una larga y fatigante cadena de conciertos, tipo Las Vegas, en los que usaba la ropa estrafalaria que su peor enemigo diseñó; regresó a la melena y las patillas para mantener viva la admiración del público que desde un principio tuvo, aquellos que envejecieron con él: mujeres que se hicieron amas de casa y hombres que dejaron cualquier intentona de cambio para emplearse en un banco, casa de seguros o empresa de cosméticos.

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