Tantadel

mayo 27, 2016

Influencia norteamericana en la más reciente novela mexicana 2/2

El alejamiento de América Latina de Europa, que comprobamos con sólo recorrer las calles de las principales ciudades de nuestro continente, tendría que encontrar culpables en ambos sitios. Recuerdo esto como una preocupación mía en los años en que estudié en París. He creído firmemente en la universalidad de la cultura y, por lo tanto, supongo que un mexicano educado debe saber tanto de Francia o de Austria como de Estados Unidos. Hay que marchar hacia una sólida cultura internacional, que no es sinónimo de lo que hoy conocemos como globalización, concepto muy distinto y complejo que no desatiende a las culturas nacionales, simplemente las enriquece y acrecienta. Hace años, en Segovia, había un entusiasmo desbordado entre algunos compañeros de la Sociedad Europea de Cultura (SEC) por imaginar que la digámosle globalización cultural ya se consolidaba en Europa, pero nadie pareció notar que un eurodiputado, en su intervención, solicitaba que no se hablara de una cultura europea, sino de culturas europeas. Tenía razón, sobrevivirán por largo tiempo las identidades nacionales, los valores propios, las marcas religiosas e idiomáticas, en suma, las culturas nacionales.
Aun así, el esfuerzo por hacer que toda la literatura y todas las artes en general sean propiedad de la humanidad no debe cejar. Insistiría en algo que no pareció encontrar mucho eco en una conferencia en España en el marco de la Sociedad Europea de Cultura: ya hay avances: para un argentino y para un mexicano Mozart y Wagner son suyos, Sócrates, Homero, Cervantes y Shakespeare también les pertenecen a los latinoamericanos. Y por otro lado, un europeo está en posibilidades de apropiarse del arte de Rivera, Siqueiros, Orozco, Tamayo y Anguiano, de la prosa formidable de Martín Luis Guzmán, Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Julio Cortázar y desde luego de Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges, de los poemas luminosos de Pablo Neruda y Octavio Paz. Sin embargo, lo esencial de mi trabajo es insistir de nueva cuenta, y sin demérito de nuestra importante relación con Estados Unidos, en que es esencial retomar los elementos que han hecho grande, muy grande, a Europa. Es, pues, indispensable revitalizar las relaciones culturales con esos países y ésta, considero, deberá ser una tarea de la SEC. Nosotros, los latinoamericanos, por nuestra parte, debemos volver a la ruta de Rubén Darío, pensar en la idea de latinidad que han tenido muchos de los pensadores de nuestra América, o en la admiración que Vasconcelos y Reyes mantuvieron por los países europeos. Ello significa construir una nueva cultura, más intensa, y ligarla a la que hoy Estados Unidos posee, finalmente también tiene raíces europeas. Y Europa tiene por más de una razón que recuperar su antiguo prestigio ante América Latina. No hay otra salida para la salud cultural, y en consecuencia política, del mundo. Hoy en día Europa vive preocupada por su integración, México por sus relaciones tan cercanas y terribles con Estados Unidos. Todos debemos hacer un esfuerzo para recuperar partes fundamentales de nuestra pasada amistad y recíproca admiración por el viejo continente, pues no debemos olvidar que grandes artistas y científicos europeos se fascinaron con México: Humboldt, la marquesa Calderón de la Barca, Einsestein, Malcom Lowry, Max Frisch, André Breton, D. H. Lawrence, León Felipe, B. Traven, Luis Buñuel y Graham Green. Es aún buen tiempo para rehacer los lazos que a todos nos enriquecerán. La ruta de Rubén Darío, ciudadano del mundo: Nicaragua, Chile, Argentina, Francia, España, Colombia, Estados Unidos, abre un gran espacio para las letras castellanas en el mundo. Para hacer una revolución literaria toma —como precisa J. Sapiña en el célebre diccionario de escritores de Bompiani— el sprit, la gracia francesa para enfrentar “el sentido materialista y dominador del mundo anglosajón y, especialmente, norteamericano”. La segunda mitad del siglo XX comenzó a mirar con gran interés hacia las letras norteamericanas y en general hacia el rock y sus derivados. Cómo no leer a Faulkner, Nabokov, Hemingway, Mailer, John Dos Passos, Capote… Autores notables que enriquecían a la literatura universal.
Lo que no vale la pena es fijarnos en los best-seller, autores frívolos y efímeros. Hay que seleccionar cuidadosamente. Lo mismo autores extranjeros que mexicanos. Vargas Llosa nos ha advertido de los peligros de la frivolización de la cultura y por ello recomienda la lectura de los clásicos.
Es posible que el rock and roll haya causado mayor entusiasmo en mi generación, pero estoy seguro que esta influencia en las letras, la alta cultura y la cultura popular, juntas, produzcan resultados interesantes.
 Si queremos una cultura más intensa, variada y rica, que marche hacia una plena universalización, América Latina deberá mirar hacia Europa con los ojos agudos de Rubén Darío; y Europa, para revitalizarse, estrechar sus lazos con Latinoamérica. Todo ello, a la manera del genial poeta nicaragüense, manteniendo intacta la admiración por Edgar Allan Poe y Walt Whitman y al mismo tiempo una actitud crítica hacia políticas hegemónicas y tendencias neocolonialistas. Es mucho lo que todos obtendremos.

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