Tantadel

mayo 25, 2016

Influencia norteamericana en la reciente novela mexicana 1/2

Estados Unidos posee de un lado una espléndida alta cultura, del otro, una llamativa y fácilmente vendible cultura popular que desde el principio ha tenido una respuesta internacional favorable. Durante un congreso de literatura latinoamericana en Santiago de Chile, me llamó la atención que hubiera en tal sentido un lenguaje común aún entre antiguos militantes de izquierda: el de la música popular anglosajona. Los nombres de Elvis Presley, Bob Dylan, Tracy Chapman, Beatles, Rolling Stones e intérpretes de jazz eran, digamos, una cita frecuente y casi propia, ya lejos de músicas y temas tradicionalmente latinoamericanos.
Hace más de diez años, en San Antonio, Texas, instituciones de educación y cultura convocaron a un puñado de escritores a una serie de discusiones sobre las relaciones México-Estados Unidos en materia literaria; entre los ponentes estábamos Margo Glantz, John Brushwood, Juan Bruce Novoa, Luis Leal, Carlos Monsiváis y yo. Hubo coincidencia en un punto: hoy la literatura mexicana tiene una clara influencia de escritores norteamericanos, como en el pasado la tuvieron narradores y poetas de Francia, Inglaterra, Italia o España. De Poe a Truman Capote, de Whitman a Miller; pasando por Faulkner, Hemingway, Pound Bourrogs, Kerouac, Bukowski y Mailer. Para precisar más la idea, presenté la ponencia la “Influencia norteamericana en la reciente novela mexicana”. En este texto probé largamente, apoyándome en entrevistas y artículos, la estrecha relación entre los escritores mexicanos más jóvenes y los grandes novelistas estadunidenses. Pero hay algo más, asimismo aparece una amplia relación entre la literatura mexicana y la cultura popular norteamericana. No se trataba, expliqué, de un caso de colonialismo cultural. Es algo más complejo que significa un rechazo al asfixiante nacionalismo que predominaba en la década de los cincuenta. Resultaba menos agobiante leer a Kerouac, Ginsberg o Ferlinghetti, del mismo modo en que nos resultaba más enriquecedora la música primero de las grandes bandas como las de Glenn Miller y Benny Goodman o Artie Shaw y casi enseguida la de Elvis Presley, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis o Budy Holly. Por último, filmes de la talla de Rebelde sin causa y El salvaje impresionaron más profundamente que las películas del Indio Fernández. Significa también que el intelectual mexicano tiene capacidad para abrevar en otras latitudes sin que por ello se someta o pierda su identidad. Tampoco su capacidad crítica se dispersa. Los escritores aceptan la importancia de una larga lista de artistas norteamericanos, pero ello no les impide estar en contra del boicot y el bloqueo que Estados Unidos le ha impuesto a Cuba y que Obama no acaba de eliminar, del mismo modo que aquí nadie aplaudió la intervención en Vietnam.
Pero la influencia de la literatura norteamericana es persistente merced a su altísima calidad y sus capacidades innovadoras. Autores como Ricardo Garibay y Vicente Leñero, antes de llegar a sesenta años, escribieron libros memorables gracias a la influencia del llamado Nuevo Periodismo (un fenómeno profundamente norteamericano: cuyas raíces están en John Reed y Ernest Hemingway) de Tom Wolfe, Norman Mailer, Rex Reed y Terry Southern y la literatura Non fiction de Truman Capote. Entre otros podrían ser citados Los periodistas del segundo y Las glorias del gran Púas del primero.
Esto no es bueno ni malo, es un hecho, una realidad fácilmente comprobable. El escritor, el artista, suele apropiarse de todos aquellos elementos que le sean útiles. En arte, no hay mucho nuevo, la propiedad privada es discutible, existe un eterno reciclaje y un fructífero intercambio que de pronto produce innovaciones que una generación aprovecha por su aceptación en el gusto estético de una época. Pero hay algo importante: el éxito de la cultura estadunidense, explicable por sus altos valores, pesa aún en Europa, mientras que estos países tradicionalmente productores de soberbia cultura han ido olvidando sus relaciones con la América Latina. A tiempo la presencia del IFAL y de la Librería Francesa eran fundamentales en nuestra identidad y formación, hoy apenas concurren unas cuantas personas; peor están Alemania e Italia. Vargas Llosa es el narrador “español” más frecuentado. Sus embajadas funcionan tal vez para acercamientos diplomáticos, económicos y políticos, casi nunca para aproximar una cultura a la otra. Desde hace años, todos mis alumnos (universitarios que redactan su tesis en la UAM-X) sin excepción procuran hablar inglés, ninguno pretende adentrarse en el francés o en el italiano.
En esta vinculación también tendríamos que mencionar los medios de comunicación electrónicos, inalterablemente ligados a los de EU y por lo tanto ajenos a los europeos. El modo de vida de un joven mexicano es similar al norteamericano, sus valores inclusive llegan a coincidir merced a la televisión y a la cinematografía. En los años en que mi generación se formaba, algunas salas, muy pocas, exhibían filmes franceses, italianos e inglesas. Hoy esta posibilidad se antoja más remota. Me encantaría conocer un solo adolescente preocupado por ver una película francesa, italiana o rusa; lo común es verlos abarrotar los cines para ver un filme del tedioso Sylvester Stallone, una aventura más de Clint Eastwood, un western, mientras que el público más intelectualizado aguarda algo de Woody Allen.

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