Tantadel

mayo 15, 2016

La de Ambrose Bierce, muerte a la carta

Nada hay que hacer en un mundo ajeno y aborrecible. Es momento de suicidarse. Tiene más de setenta años.

El genial escritor Ambrose Bierce, elogiado por Lovecraft, convirtió el humor negro en depurado arte, más agudo e incisivo que el de Mark Twain, tan cruel como el de Jonathan Swift o Sade, tan actual como el de Lautréamont o Jarry. Nació en 1842, en una modesta granja en Horse Cave Creek, Ohio. Desde su infancia pudo observar, con nueve hermanos y padres mediocres, torpezas, errores y escasos aciertos. Allí comenzó su carrera de misántropo, en la que obtuvo las más altas calificaciones. Usó la literatura para ironizar la estupidez humana. La Guerra de Secesión lo confirma en su creencia sobre la poca valía del ser humano. “Bierce —señala James Rest— era un notable escritor que exhibía extraordinaria destreza y notable dominio formal. Tenía una acendrada conciencia del estilo y una desbordante imaginación”. Viaja a Londres y se establece con su esposa y dos hijos. Regresa a su patria. A causa de los celos y los fantasmas que lo acompañan desde la infancia atormentándolo, es abandonado por su mujer. Asmático y fatigado, observa cómo uno de sus hijos muere en una riña callejera, el otro fallece a causa del alcohol. Nada hay que hacer en un mundo ajeno y aborrecible. Es momento de suicidarse. Tiene más de setenta años. Desecha el revólver y el veneno y selecciona para su muerte el violento escenario mexicano de la Revolución, donde se libran batallas épicas, de salvaje esplendor y se funde con un millón de muertos y desaparecidos. Es el México que poco después visitaría John Reed.
No abundan los datos acerca del nacimiento y vida del notable escritor. Sobre su final, sólo conjeturas. Sus biógrafos y prologuistas advierten de su misteriosa desaparición. James Rest afirma: “…desilusionado de la cultura de Estados Unidos, pasó a México, en pleno fragor de la Guerra Civil. Allí se pierde su rastro. La última noticia fidedigna de su vida es una carta que despachó en
Chihuahua el 26 de diciembre, a la edad de 71 años, en 1913”. Otro historiador deBierce, Horacio Achaval, comenta la carta o, más correctamente, alguna idea expresada en ella: “¡Ah! Desaparecer en una guerra civil. ¡Qué envidiable eutanasia!” El crítico añade: “Su sueño postrero se cumplió como quiso. Unido a las tropas de Pancho Villa se esfuma, nadie sabe cuándo ni cómo, envuelto por un misterio que le cuadra tan bien como a cualquiera de los personajes de sus relatos sobrenaturales”.

Esta última misiva, al parecer, tiene varias versiones. D. Wayne Gunn, en el estupendo libro Escritores norteamericanos y británicos en México, la cita de otro modo: “Adiós, si oyes que me pusieron contra un muro de piedra mexicano y me despedazaron a tiros, piensa que creo que es una buena manera de dejar la vida. Evita la ancianidad, las enfermedades o el riesgo de rodar las escaleras de la bodega. Ser gringo en México. ¡Eso sí que es eutanasia!”. A mi juicio, como admirador de su obra, la de Gunn es la versión acorde con su personalidad.
Es probable que Bierce haya disfrutado la crueldad y el sadismo de muchos revolucionarios. Quizás haya conocido a Villa o a Fierro o en algún combate, mezclado con la masa campesina que luchaba con ferocidad por recuperar la dignidad, pudo observar que cuando la violencia desata fuerzas primitivas, sale a flote el rencor acumulado por lustros de injusticias. Excesos de fantasía aterradora. De ser así, debió haber gozado sus últimos momentos mirando las hazañas de los jinetes villistas, brutales y afamados. Violaciones, parricidios, ejecuciones con cualquier pretexto, frases chispeantes de hombres ignorantes, golpes de audacia, fuego de cañones y balas, extrañas lecciones de moral que un pueblo vejado puede brindar en los momentos de grandeza que produce un cambio social de envergadura. Tales elementos seguramente le hicieron recordar algunas de sus memorables páginas. Sólo era cuestión de cambiar el tiempo, el lugar y el lenguaje. El resto, lo fundamental, era lo mismo. Sí, qué envidiable eutanasia. Un suicidio perfecto, una obra maestra y un final adecuado. Ahora esos abyectos hombres que Bierce despreció y satirizó en sus libros no pueden rendirle homenaje a sus restos ni ponerle monumentos en el sitio donde falleció. Tienen que conformarse con aceptar sus perennes críticas. Ojalá que un nuevo Biercepudiera escribir los últimos días del viejo literato. Sería fascinante saber cómo ocurrieron. No importa que sean producto de la imaginación. Carlos Fuentes lo hizo en Gringo viejo, a pocos pudo convencer.
Quienes somos sus lectores y devotos de la fantasía sabemos que, para el viejo autor de El monje y la hija del verdugoDiccionario del diabloEl club de los parricidas…,  su fallecimiento fue natural y novedoso: debió disfrutarlo. Su personalidad y arte literario estuvieron entre Edgar Allan Poe y Mark Twain. Llevó a cuestas la maldición de ser un escritor de negro humorismo.
Entre sus grandes admiradores, Bierce tuvo a Jean Cocteau. Me parece que al castellano llega merced al argentino Rodolfo Walsh. Dudo que tenga tantos lectores como amerita, su fina ironía no siempre es comprensible al grueso público. No es grave, él se divirtió escribiendo bromas macabras y supo seleccionar su desaparición física y se asignó grandeza épica.

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