Tantadel

mayo 30, 2016

Las pantallas de la serpiente

“Nací en un mundo sin televisión, la casa estaba llena de libros y mis padres hablaban de literatura; ello desató mi imaginación.”
 René Avilés Fabila: Recordanzas

La vida es de claroscuros. Son las dos caras de la luna, la máscara que representa las artes escénicas: un rostro es dramático, el otro ríe. Porfirio Díaz fue héroe y dictador. Lo mismo ocurre con la televisión, con esos millones de pantallas que son mucho más que big brothers, castigan a sus adoradores con la estupidez y entretienen y enajenan a los ingenuos, que inalterablemente son mayoría.
Los distantes orígenes. La historia de la televisión es una suma de descubrimientos e inventos que arrancan en el 600 antes de nuestra era, cuando Tales de Mileto descubre la electroestática al frotar ámbar con piedra-imán. A partir de 1923 John Logie Baird y Charles F. Jenkins llevan a cabo las primeras transmisiones de televisión por alambre. Con esta acción inician los pasos firmes para llegar hasta donde hoy vivimos, en un mundo dominado por las pantallas. Una familia puede carecer de lavadora, pero jamás de televisión. Sólo en 2005, según datos del INEGI, el número de casas con aparatos televisivos llegaba al 91 por ciento. Es la clave para estar “informado” o para divertirse con dramones lamentables o con una inmensa cantidad de juegos deportivos de todos los puntos del orbe. Es posible que la Alemania de Adolf Hitler descubriera su poder de dominación al transmitir durante dos semanas a control remoto los Juegos Olímpicos de Berlín. La intención era asombrar al mundo con el poderío nazi y lo consiguió. Si uno lee los “Once Principios” de Goebbels notará la similitud o influencia que tienen con el ideario no escrito de Televisa.       
A México la televisión llega poco después. El ingeniero Guillermo González Camarena realiza las primeras transmisiones y supera lo hecho al inventar la televisión a color en 1939. En 1947 el gobierno mexicano busca cómo funcionan los medios televisivos en Estados Unidos y en Gran Bretaña para hallar un camino propio. Los europeos le daban importancia a los aspectos culturales y educativos, mientras los norteamericanos se inclinaban por los elementos más frívolos, espectáculos de entretenimiento y la patriótica necesidad de alimentar el American Way of Life. Nos quedamos en casa con el modelo norteamericano para no variar.               
El primer canal comercial entre nosotros es el 4 el que crecería y se convertiría en un poderoso monopolio, hasta que durante el gobierno populista de Luis Echeverría decide contrarrestarlo y crea los canales 13 y 7. Con Carlos Salinas el Estado acepta cambios radicales, se hace abiertamente neoliberal. Para adelgazarlo lo despoja de sus canales televisivos y en consecuencia aparece un segundo monopolio bajo idénticos principios y semejantes ideas políticas: TV Azteca. Los voceros estatales de cuando en cuando señalan, como advertencia, que la televisión es propiedad de la nación y está concesionada. Quedan en manos oficiales los canales 11, del IPN; el de la UNAM; el Mexiquense; el 22, bajo control hoy de la Secretaría de Cultura, y otros canales modestos. Estos últimos, junto a multitud de canales analógicos y digitales, pueblan la nación. Sin embargo, es el llamado “duopolio” el que combate entre sí en una guerra destinada a dos objetivos: enajenar a la nación y obtener pingües ingresos. En el fondo prevalece la idea de domeñar el poder del Estado y ejercer influencia decisiva en las acciones de gobierno.
Políticamente las opiniones nacionales se dividen en dos grandes bandos; mejor vistas, es uno muy amplio, el que busca escabullirse de la realidad y el que, más modesto, critica al duopolio de los males del país, de encubrir a ciertos personajes poderosos y desde luego defender al sistema que rige a México. Un altísimo porcentaje de la programación de los principales canales privados se dedica a importar materiales de EU. Los mayores éxitos nacionales son telenovelas, dramones del peor estilo, mal escritos y peor filmados. El arranque se dio en 1957 con Senda prohibida, donde destacaba el rostro eternamente compungido de Silvia Derbez. De entonces a la fecha, los hogares mexicanos se han educado con las estupideces televisivas. Aun ahora hay apodos y señalamientos, citas cuyo origen es remoto, de frases hechas y sobrenombres como Gutierritos para señalar a personas, oficinistas, desde luego, que no tienen carácter fuerte ni capacidad para enfrentar la adversidad. Pobres diablos, en dos palabras. El miserable lenguaje manejado en la televisión convencional, ha contribuido a que utilicemos no sólo un escaso vocabulario sino que hablemos con los matices que usa cada uno de los cómicos lamentables e informadores cínicos y poco cultos que padecemos.
 Una vez descubierto por la política mexicana el peso abrumador de la televisión comercial, especialmente el de Televisa, el entretenimiento tiene como basamento doblegar a la población, someterla. Darle nuevos y lamentables valores.

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