Tantadel

mayo 08, 2016

Literatura y revolución en Haroldo Conti

La correspondencia cesó. Por los diarios supe que había sido atrapado por los fascistas, que sus amigos lo buscaban.

Con frecuencia pienso en Haroldo Conti, ejemplo en las letras latinoamericanas de talento literario y devoción política. Lo conocí a través de Alrededor de la jaula, premio de novela de la Universidad Veracruzana, 1966. Adelante leí Sudeste, galardonado por la Compañía General Fabril Editora en Buenos Aires. En 1972, llegué por vez primera a la Argentina a presentar mi novela El gran solitario de Palacio, editada por la empresa porteña citada. Recuerdo perfectamente a Conti. Estuvimos en una cena que la Sociedad Argentina de Escritores nos daba a un grupo de extranjeros: Carlos DroguettClara SilvaAlberto Zum Felde y yo, entre otros. Haroldo vestía de negro y llamaba la atención su fortaleza física y sus ojos penetrantes. Conversamos largo rato; la empatía fue tal que al concluir la reunión ya éramos amigos sinceros. Al día siguiente pasó con Dora, su esposa, por mí al hotel. Había veda de carne en Buenos Aires y era imposible conseguir un churrasco. Salimos de la ciudad.
Conti me habló de su novela en ciernes: Mascaró, el cazador americano, con la que habría de ganar el Premio Casa de las Américas en 1975 y en general conversamos de política, de la Revolución Cubana, poderosa en ese momento. Al regreso —vaya tiempos— había una intentona de golpe de Estado. Eran los últimos días de Lanuse. A medio camino un tanque y un grupo de soldados nos detuvieron con violencia. Conti y su esposa se identificaron, yo había dejado mis papeles en el hotel. Cuando traté de explicar mi extranjería, un soldado burlón dijo, claro, es mexicano, habla como Cantinflas. Pasó el terror y nosotros cruzamos la barrera militar. Conti lo escribió así: “No olvidaré nunca aquella noche especial de oscuridades y cuartelazos”.
Nos reunimos varias veces más, una con Bernardo Verbitsky, a quien también recuerdo con cariño. Ya distantes, comenzaron las cartas entre Conti y Avilés Fabila. Las del primero reflejaban sus estados de ánimo, sus luchas políticas cada vez más comprometidas, sus audaces avances literarios y su visión de la situación latinoamericana. En una me explicaba (agosto, 1, 1974): “Antes debiera haberte dicho cómo me fue en Cuba. ¡Magnífico! Hasta tuvimos una charla con Fidel Castro de cuatro horas. Una experiencia única. Tal vez vuelva a la isla para este fin de año. Ahí conocí a un mexicano bastante macanudo, jurado de poesía, Juan Bañuelos. Quedamos muy amigos y le escribí dos cartas desde aquí…”.
En esos días se vinculó a otra mujer, Marta. Ambos luchaban contra la dictadura. “Aquí la situación es malísima —me escribió—. Aparte de la persecución política, el terror simplemente, estamos todos sin dinero, al borde de la miseria. Ya, hacia el fin de mes, no se tiene para comer. No sé qué será de nosotros de aquí a poco tiempo”. No era, pues, un aventurero romántico, sabía qué terrenos pisaba, era un revolucionario. Su siguiente carta era peor: “Hace tiempo que Marta y yo estamos juzgados. Y es verdad, corremos peligro cierto, encabezamos listas de candidatos al tiro, debimos mudarnos y ocultarnos. Es el precio. Pero nuestra fe crece día con día, como nuestra lucha”. Conti termina diciéndome: “Escríbeme pronto y ojalá puedas venir por aquí. Mi casa está a tu disposición, y mi pan y mi fusil”.
La correspondencia cesó. Por los diarios supe que Haroldo Conti había sido atrapado por los fascistas, que sus amigos lo buscaban. Recibí entonces una angustiosa misiva de Marta pidiendo auxilio y la ayuda de la solidaridad de artistas e intelectuales. ¿Qué hacer? Protestas a Videla, artículos en Excélsior y en el Diario de México. La rabia y la impotencia estaban unidas. Con la información de argentinos exiliados y documentos de organizaciones combatientes, me formé un cuadro y lo publiqué en enero de 1977: “Un mal día llegaron por él, lo golpearon, le vendaron los ojos, destruyeron sus libros y lo arrojaron a las sombras de una cárcel lúgubre y siniestra. Ahí lo torturaron sin tregua. Nadie supo más… Murió destrozado a golpes. Fue un ser especial y amoroso que por sus semejantes ofrendó su cuerpo e inteligencia. Nunca lo olvidaré”. Las copias de sus muchas cartas, años después, se las di a la doliente Marta, en México, en una reunión en el Museo del Chopo, incluida una dirigida al colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal, rechazando la participación en un congreso que Haroldoconsideraba al servicio de la derecha latinoamericana. Es un documento hermoso y sin duda allí están los argumentos de su conversión en intelectual armado. Su ideario revolucionario personal, en lenguaje llano y elegante. Tiene aires del optimismo que le conocí en nuestro primer encuentro. Esta epístola también la puse en manos del periodista Eduardo Deschamps, quien la publicó en Excélsior.
Haroldo Conti amó a la literatura tanto como para convertirse en un escritor notable, quiso y admiró a otros revolucionarios como Ernesto Guevara y así llegó al camino de las luchas sociales. Vio en la revolución armada la posibilidad para eliminar las dictaduras y transformar al continente. Para mí siempre será un intelectual sensible e intolerante con las injusticias sociales, políticas y económicas. No fue sólo un artista, fue asimismo un revolucionario valeroso y como tal murió, con dignidad plena de coraje. Sus obras literarias, debido a su grandeza, siguen circulando. No importa que la dictadura brutal de Videla lo haya asesinado físicamente.

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