Tantadel

mayo 13, 2016

Los prólogos, ¿son necesarios?

Siempre he considerado prescindibles a los prólogos, sobre todo en literatura. Son innecesarios o una torpe manera de advertirnos quién es el asesino o una simplista forma de meternos simpatía y respeto por el autor. Las grandes figuras no requieren de ellos, basta con algunas generalidades en la solapa o en la cuarta de forros. Sin embargo, cuando el tiraje es masivo, inalterablemente la editorial le pide a una gloria menor que escriba una sesuda introducción. Entonces perdemos en cultura e imaginación: la gloria menor nos da digeridos, y con frecuencia en muy personales interpretaciones, los valores y méritos de la gloria mayor. Nos queda aceptarlos resignadamente o, peor aún, discrepar de dos glorias reunidas en un solo volumen.
Jorge Luis Borges, no obstante, amaba los prólogos, en tanto que Jorge Semprún los detestaba, aunque igualmente los escribía. Pablo Neruda, pese a su vanidad o tal vez por ella, no resistía ponerle unas líneas preliminares a cuanto escritor se las pedía. Dentro de las ciencias y sobre todo dentro de las ciencias sociales (que de ciencia tienen poco), los prólogos son una sana costumbre: suelen explicar lo que el autor de la obra fue incapaz de hacer. A veces, incluso, de explicarle qué cosas quiso decir él mismo. Pero la literatura no debe contener prólogos ni epílogos. ¿Para qué diablos los necesitamos si tenemos la novela, el cuento o el poema? Ellos se explican por sí mismos.
En fin, sean prólogos, proemios, introducciones, palabras preliminares, prefacios, exordios, advertencias o entradas, para nada sirven a no ser para estropear la lectura de la obra que anticipan.
Todo esto es para hablar de Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez. Es un libro, como todos los de este autor, fascinante, que me dejó tres sensaciones: 1, su gran obra sigue siendo Cien años de soledad; 2, el autor es más novelista que cuentista, y 3, únicamente con su dinero es posible ir de nueva cuenta a los lugares remotos en los que descubrió los temas en fechas también lejanas. En el prólogo, García Márquez narra con detalle, con su magnífico estilo claro, sencillo y brillante, cómo y por qué escribió cada cuento. De tal modo sabemos que uno era originalmente guión cinematográfico y luego fue artículo; otro más era un artículo y por último quedó en cuento y aquél era cuento y de pronto se hizo película pasando por la forma de artículo. Parece un juego laberíntico para confundir al lector o decirle cuántas posibilidades tiene un texto, sobre todo si es suyo, exitosamente suyo. Algo envidiable.
El libro de García Márquez, Doce cuentos peregrinos, es, decía, un gran libro. Lo leí de corrido en un vuelo de más de cuatro horas. Me dejó una grata impresión, como ocurre con todas sus obras, aunque no acaben de convencerme estéticamente como me sucedió con El general en su laberinto. Tengo la idea de que los lectores de Gabriel García Márquez nunca acabaremos de maravillarnos con Cien años de soledad, tal vez uno de los libros más hermosos del castellano de todos los tiempos, no en vano los mismísimos españoles lo han comparado con Don Quijote de la Mancha. Y si García Márquez no se arredró ante el éxito enorme de esta novela suya, como le ocurrió a Rulfo con Pedro Páramo, y siguió escribiendo, es posible entonces darse a la tarea de hacer comparaciones por odiosas que resulten. A mí me fascinó la lectura de esa obra publicada hace más de un cuarto de siglo, quizá por el mundo exótico y alucinante, exótico aún para un colombiano, una novela repleta de prodigios y fantasía tropical, de tal manera que al cerrar la docena de relatos, fui a la comparación. No me dejó muy feliz el volumen de relatos. Si algunos cuentos como “Buen viaje, señor presidente”, “La santa” y “El rastro de tu sangre en la nieve” me impresionaron, los demás me parecieron incompletos o fastidiosos y uno de ellos, el que narra la historia de una torpe que se queda atrapada sin salida en un manicomio, me la he topado en docenas de filmes de misterio y en diversas antologías de relatos de suspenso. Pensaba sobre todo en las fechas distantes de sus confecciones, años como 1976 o 1978. Mucho tiempo para escribirlos, pensé. Collingwood, ese sorprendente pensador inglés que ya poco leemos, señalaba que la obra de arte es con frecuencia el producto de largos años de trabajo. Si no llega, el tiempo resulta culpable, porque hay que entregar apresurada y anticipadamente la novela al editor o porque la galería exige las telas. Si en efecto la obra de arte es resultado de los años, del cuidado y la paciencia, del corregir una y otra vez, bueno, pues García Márquez lo tuvo y dejó escapar la oportunidad de escribir un libro de narraciones perfectas. Lo más logrado del volumen citado es justamente el prólogo llamado “Porqué doce, porqué cuentos y porqué peregrinos”. Es, aparte de una aguda explicación del quehacer literario, una puntual entrega de la historia de cómo se lleva a cabo la creación, muy superior a cualquiera de los cuentos peregrinos que tanto tiempo le ocuparon a García Márquez. Un prólogo que de seguro escribió de un tirón en una tarde lluviosa y hasta un tanto aburrida.

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