Tantadel

mayo 18, 2016

¡Viva María Luisa La China Mendoza!

María Luisa La China Mendoza es un bello personaje hecho de puro amor, amor por el arte, por las cosas bonitas, por la literatura, por sus amigos, por el prójimo, por los animales, las flores y los árboles, por la vida. Mi amistad con ella es larga, no tanto como mi admiración hacia su persona y escritura. Comencé a leerla allá por 1960, antes de verla físicamente, de escuchar sus frases llenas de ingenio, en el arranque de lo que muchos llaman la década prodigiosa, época de cambios buenos y malos, de actitudes positivas y negativas, tiempos que auguraban un nuevo mundo y no la uniforme globalización basada en el modelo capitalista anglosajón, cuando María Luisa hacía periodismo y reinventaba el castellano y los personajes eran grandes de verdad porque los hacían a mano y no en serie como ahora. Su columna “La O por lo redondo”, publicada en El Día, periódico innovador fundado por Enrique Ramírez y Ramírez, era enriquecedora por sus conceptos, mucho más por su arriesgado manejo del idioma. Un periodismo literario, agudo, inteligente, lleno de color, donde el adjetivo cobraba un nuevo y mejor sentido y el sustantivo era brillante, bien escogido de entre una multitud de palabras. Si el término no existía, La China lo inventaba. Antes de que entre nosotros se manejara la idea de Nuevo Periodismo de Tom Wolfe, la sabia mezcla de diarismo y literatura, ella lo practicaba. La leía, la admiraba y la verdad es que me encantaba, pude haberme enamorado de ella, pero María Luisa Mendoza siempre estaba rodeada de un séquito de amigos y pretendientes y yo comenzaba en las letras y era tímido. Pero en ocasiones el tiempo es bueno y finalmente me hice primero su admirador y luego las cosas mejoraron, brillaron más y nos hicimos grandes pero muy grandes amigos.
María Luisa en el principio volcó su inventiva en diarios y revistas, su capacidad para contar de modo distinto las historias que en otras manos hubieran terminado siendo convencionales le dieron excelente reputación. Pronto el periodismo le quedaría chico, aunque jamás lo ha traicionado, y de ahí pasó al cuento y la novela: ¡estos eran y son sus campos de acción! En honor a la verdad, si en México hubiera crítica literaria y el afamado y cruel ninguneo no existiera, cada quien ocuparía el lugar que su talento le permite y María Luisa tendría que estar en uno de los más altos escaños de las letras nacionales. Existe una línea directa que nace en Sor Juana Inés de la Cruz y llega a Elena Garro, Rosario Castellanos y María Luisa Mendoza, principalmente. Su literatura es extraordinaria, nada común, resultado de multitud de lecturas y de una mirada aguda al mundo que la rodea.
María Luisa: tan distinta de todos los demás, siempre original. María Luisa —Borges lo escribió casi pensando en ella— nació escritora. Pero además nació generosa, buena y dulce. Nunca ha dejado de extender la mano a sus amigos y mucho me temo que tampoco a sus enemigos o rivales, que lo son por la envidia que produce su prosa que parece fácil y que en realidad es compleja, como le gustaba decir al español Azorín.
La China Mendoza es de nostalgias hermosas, ha sido muy selectiva y sus recuerdos, reales o inventados, nos permiten observar detenidamente un mundo deslumbrante, el suyo, el que describe con frases largas, enclíticos, esdrújulas y adjetivos muy sonoros, inventando palabras y diciendo las cosas en un estilo peculiar y distinto al de todos nosotros, los que no nos atrevemos por carecer de audacia. Sí, eso tiene La China, audacia, la tuvo siempre aunque ahora la esconda en casa, a donde a muy pocos recibe salvo que sean como ella y amen las cosas más deslumbrantes y que, para desgracia de todos, están en extinción.
Es una escritora que habla como escritora y escribe como escritora, lo es de pura cepa, porque ama las palabras y les da un cuidado y un sentido muy peculiares. La conozco, la observo con cuidado y me he dado cuenta que el eje de su trabajo es la belleza del amor, del varón, de los gatos y los perros que la rodean, de los libros de la buena prosa y grandes historias épicas, la de las muñecas antiguas; ama la rotunda eficacia del tequila y la charla con sus amigos. Nació también aristócrata de ideas y progresista por convicción, su nacionalismo es conmovedor, como lo era el del notable y admirado Gastón García Cantú, historiador fallecido hace algunos años, su amigo y su hermano mayor, y entonces le duelen las desgracias de Guanajuato y las de todo su México, las del planeta, que también es suyo.
He escrito varios trabajos sobre María Luisa Mendoza, por lo menos cuatro veces he participado en presentaciones de sus maravillosos libros, he estado en homenajes que diversas instituciones le han hecho y he prologado libros suyos. Todo ello me ha producido una grata impresión, más bien, me ha deslumbrado, como sus libros. Pienso sólo en Ojos de papel volando, que contiene relatos francamente perfectos, dignos de rigurosas antologías, de lo mejor que se ha escrito en México. No soy nuevo en el grato oficio de leerla y hasta corro el peligro de plagiar su estilo, el que por fortuna es inimitable, distinto, original, es únicamente de ella.
María Luisa Mendoza es una escritora cuyos libros deben ser de cabecera, leer y releerla porque es la prosa más original de nuestras letras.

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