Tantadel

junio 12, 2016

Dicen que Sinatra ha muerto (1/2)

iempre me gustó su voz y, ya para mi adolescencia, era uno de mis ídolos. Fue, ciertamente, una voz extraordinaria.

Cuando hace años supe de la muerte de Frank Sinatra no me sorprendió tanto, pues de sobra se esperaba el final de su larga vida (nació en 1915, un año después que Octavio Paz y uno antes que mi mamá); pero el hecho es que desapareció otra figura de ésas que me han acompañado todo el tiempo. Siempre me gustó su voz y, ya para mi adolescencia, era uno de mis ídolos. Fue, ciertamente, una voz extraordinaria, un actor más que aceptable y, si hacemos un esfuerzo de memoria, como bailarín de tap no desmereció: recuerdo que bailó ni más ni menos que conGene Kelly. Como actor ganó fama y un Oscar con De aquí a la eternidad, donde brillaron Burt Lancaster, Deborah Kerr y Montgomery Clift. Me conmovió mucho más la actuación en El hombre del brazo de oro. Su papel como baterista drogadicto era convincente. Sin embargo, en ese filme, toda mi atención la acaparó la belleza notable de Kim Novak, la mujer que más he amado y deseado, la mejor de mis fantasías eróticas.
Cuando andaba yo escapándome de la adolescencia (1957), vi una película llamada en español La máscara del dolor (en inglés creo que era The Joker is Wild).Frank Sinatra hace el doloroso papel de una promesa musical que pierde la voz a causa de los navajazos en la garganta que le acometen unos pandilleros. Tal crimen lo reduce al papel de cómico alcohólico que se ve obligado a abandonar a la mujer que ama. La canción que él solía cantarle a ella era ni más ni menos queAll the Way, cuya letra sé de memoria y la he citado en por lo menos dos cuentos míos. Mi admiración por Sinatra llegó a tal extremo que fui a ver una película donde aparecía Clifton Webb, por quien poco o ningún afecto sentí, Tres monedas en la fuente, nada más por escuchar el tema que Frank Sinatra canta al principio.
No exagero, por último, si confieso que tengo muchos de sus filmes y prácticamente todos sus discos: desde aquellos lejanísimos tiempos en que cantaba con Harry James Tommy Dorsey, dos bandas formidables de dos grandes músicos, el primero, trompetista, el segundo, trombonista. A sus predecesores, Rudy Vallee y el antipático Bing Crosby, jamás los toleré, a lo sumo acepté Temptation, versión que con este último se hizo famosa, aunque no tanto como Blanca Navidad, que ha vendido más de 20 millones de copias. Con Bing, siempre ramplón, Sinatra hizo un musical memorable, High Society. Los acompañaban la que pronto sería princesa de Mónaco, Grace Kelly, y el genial y simpático jazzista Louis Armstrong. Allí ambos hicieron un buen dueto, aunque poca gracia me hizo que Grace Kelly se quedara en los brazos del asexuado golfista Bing Crosby, mientras cantaba True Love en un pequeño barco de vela.
Creo, pues, haber visto casi todos los filmes de Sinatra; llevé, incluso, mi admiración al grado de repetir a ciertas amigas algunas de sus frases. Por ejemplo, cuando alguna me invitaba una taza de té, yo le decía “Prefiero algo más fuerte, al fin y al cabo el té no es más que agua caliente”. Me llamaba la atención saber que las mujeres se desmayaban por él y que de muchas maneras fue el precursor de la histeria femenina ante las grandes figuras de la farándula.
Con el tiempo, nuevas estrellas del espectáculo capturaron mi atención: Marlon Brando y James Dean en la actuación, Elvis Presley y Roy Orbison en la música popular. Sinatra fue quedándose atrás. Pero de pronto resurgía con alguna canción notable. En plena época de The Beatles y The Rolling Stones, The Supremes y Procol Harum, Sinatra volvió a meter un éxito en el primer sitio del Hit Parade: Strangers in the Night. Esto ya fue una hazaña, pues se trataba de un hombre de alrededor de 50 años que triunfaba en un mundo de jóvenes, una regla de hecho no rota. Finalmente, ya dedicado a su último matrimonio, al trago y a sus negocios, de vez en cuando usaba su inmenso prestigio para no ser olvidado y seguir vendiendo discos: es el caso de los famosos duetos que grabó con cantantes como Bono y el pesado de Luis Miguel, que lo devolvieron a los buenos lugares de notoriedad.
Fue, en efecto, una leyenda; en alguna biografía no autorizada de Nancy Reagan, dice la autora que Sinatra se acostaba con ella en la mismísima Casa Blanca, mientras el idiota de su marido arruinaba el mundo junto con la canalla deMargaret Thatcher. Otras historias lo vinculan a la mafia y le atribuyen su regreso triunfal a los peores gánsteres de Estados Unidos y asimismo existen las que ponen en la lista de sus amores a mujeres de la talla de Marilyn Monroe y Lauren Bacall.
Contrajo nupcias con una mujer de excepcional belleza: Ava Gardner, cuyo gran error fue casarse con Mickey Rooney, un enano deplorable que bailó y cantó incansable alrededor de la jovencita Judy Garland y que siempre hizo papeles de buenazo. Otra de sus esposas, Mia Farrow, famosa a raíz de El bebé de Rose Mary, lo padeció antes de los 20 años. Cuando se divorciaron, dijo a los medios queSinatra dedicaba mucho tiempo a sus amigos y al whisky. Algunos años después, corrió a los brazos del talentoso y muy enfermo Woody Allen, para convertirse en una cornuda de marca y en madre de montones de hijos adoptivos, algunos perversos. Mia precisa en su autobiografía (Hojas vivas) que conservó una estrecha y afectuosa relación con Sinatra, en quien inalterablemente encontró apoyo.

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