Tantadel

junio 05, 2016

Elvis Presley y la voz del amo (2/2)

Mi generación no fue indiferente: José Agustín lo conocía a la perfección y Parménides le puso a uno de sus libros, El rey criollo.

Para mí Elvis fue excepcional, desde el principio compré todos sus discos, los tuve en 78 revoluciones, en extended play, en long play, en cassette, los tengo ahora en compactos. En Nueva York encontré Elvis in Nashville, álbum que selecciona lo mejor de las 250 grabaciones que el Rey hizo en ese pueblo entre 1956 y 1971, en 26 sesiones, y que permiten oír un claro rhythm and blues y algo de country; adquirí, pues, hasta su famoso elepé Elvis Christmas Album que, a pesar de su infinita cursilería, lograba darle a los villancicos y canciones navideñas algún giro novedoso. En París, en 1970, viviendo los restos de la década prodigiosa, aferrado a Beatles, Rolling Stones, Procol Harum, Bob DylanSantanaJanis Joplin,Jimmy Hendrix y otros más, vi, casi simultáneamente Woodstock, la película que marcaba el regreso de Elvis bajo el arrogante título de Elvis Thats The Way It Is, y todavía logró conmoverme, especialmente por las nostalgias y recuerdos de novias que prometían (ignoro qué), de materias reprobadas, de billares, madrizas y una desesperada búsqueda de cosas y nuevas etapas. La música de Elvis me marcó profundamente, tanto como a una pobretona lo hacía Pedro Infante o a un macho mexicano de hoy las canciones de Juan Gabriel, cosas que jamás me han interesado. Tampoco mi generación fue indiferente: José Agustín lo conocía a la perfección y Parménides García Saldaña le puso a uno de sus libros El rey criollo.
En ese momento, Elvis era en la música popular lo que Marlon Brando y James Dean en la cinematografía y William S. BurrougsCorsoFerlinghetti y Kerouac, es decir, la generación Beat, en la literatura: grandes rebeldes, ángeles arrogantes, demonios aguerridos. Influyó en mis mejores años. Cuando sentí, alrededor del bachillerato, avances (Dylan, los Yarbirds o los Rolling Stones, con un Che Guevaraque iba a morir en defensa de la ortodoxia revolucionaria, con la agrupación Black Panther y el Black Power, con los vietnamitas guiados por Ho Chi Minh y el generalGiap dando una espléndida lección de dignidad y coraje), ya mi viejo ídolo no era más que una ruina al que observaba con pena ajena. Nunca pude comprender su inútil vida amorosa ni sus torpezas políticas. En lo primero resultó realmente asexuado, puedo imaginarlo no haciendo el amor con Anne Margret, sino en un diálogo bobalicón y frívolo o bromeando de modo patético con su esposa en una casa tan fea como las de nuestros nuevos ricos. En lo político condenó a los antibelicistas, cooperó con el FBI e hizo campañas reaccionarias a petición del gobierno. Era entonces como su rival momentáneo Pat Boone, el muchacho de las camisas rosas, el de Love Letters in the Sand, el modelo de una sociedad mediocre, que retrocedía y perdía lo ganado gracias a la agresividad de sus primeros años. Elvis no bebía ni fumaba, sólo se casó una vez, con Priscila Presley, la que fue su novia desde antes que la atractiva mujer cumpliera quince años, y se dedicó al karate (el que por cierto incorporó en sus presentaciones y sustituyó sus sexuales movimientos de pelvis), mientras ella se aburría y lo cornamentaba como Dios manda. El Rey era ya convencional, decente, reñido con sus inicios, con un aterrador complejo de Edipo y por completo conservador, rodeado de guardaespaldas, siempre bajo la siniestra guía espiritual del coronel Tom Parker, su mánager, perdiendo los atractivos que tanto contribuyeron a su prodigiosa fama y que en una época provocaban los primeros orgasmos de las teenagers. Con el abuso de pastillas y medicamentos engordó y sudaba copiosamente en cada recital, a veces olvidaba canciones tan pegajosas como Love Me Tender y ya no era posible ni siquiera disfrutar con sus imitadores, con sus fieles fanáticos: todos eran parodias de parodias.
De todas maneras, cuando Elvis murió me impresionó y dolió. Otro tipo de música más avanzada había ocupado su lugar. Con su desaparición, mi adolescencia quedaba prácticamente olvidada, no podía explicarla sin su música. Sus hazañas disqueras fueron increíbles: nadie ha conseguido meter tantos hits al Billboard: digamos, en 1956 tuvo Don’t Be Cruel y Hound Dog en primero y segundo lugares respectivamente y al año siguiente All Shook Up y Jailhouse Rock hicieron lo mismo. Difícilmente alguien obtuvo tantos discos de oro como Elvis, más de cien, como lo prueban los elepés que los agruparon: Elvis Golden Records. Ahora poco lo escucho, me lo recuerdan los medios de comunicación en cada aniversario de su muerte: el Rey sigue dando dinero, hay toda una industria que cultiva con esmero ya no su recuerdo sino su muerte, su entierro en Graceland y las peores baladas que cantó, y a las que pudo darles algún efecto diferente.
Prefiero, desde luego, My Way con Frank Sinatra, pero Presley le daba una fuerza que dejaba a Sinatra como un cantante poco emotivo. Exactamente lo mismo pasaba con Can’t Help Falling in Love, con la que solía cerrar sus conciertos, piezas que resultaron ser sus epitafios. Y en Blue Moon, una de las canciones más grabadas en el mundo, el Rey encontró una interpretación excelente, distinta de las otras. De cualquier manera, el buen rock tiene deudas impagables con ElvisPresley. Más todavía, sin su presencia es probable que jamás hubiera existido tal como ahora lo conocemos.
Murió a los 44 años. Alguien dijo: “Demasiado joven para morir y demasiado viejo para seguir haciendo rock and roll”.

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