Tantadel

mayo 22, 2016

En busca de los orígenes del ninguneo nacional

No es para nada extraño, tal práctica es una industria vergonzosa y común. Vayamos a un ejemplo mayor: Rubén Bonifaz Nuño.

El ninguneo no es exclusivamente mexicano, es un fenómeno universal. En este diario, María Luisa Mendoza lo ha criticado. Cuando obtuve el Premio Colima en 1997, los periódicos apenas hicieron alguna mención y no aparecieron más que las notas de mis compañeros de El Búho. La televisión cultural fue todavía más mezquina conmigo. Pero no es extraño, tal práctica es una industria vergonzosa y común. Vayamos a un ejemplo mayor: Rubén Bonifaz Nuño. Luego de un homenaje nacional, organizado por Daniel Leyva en tanto director de Literatura del INBA, Rubén recibió tres o cuatro comentarios. El colmo: La Jornada no sacó una sola línea al respecto. En cambio, cuando se trata de celebridades cercanas al poder o de alguno de sus súbditos, las cosas cambian y páginas enteras les son destinadas. Una vez en manos de los medios, caen en las de políticos, quienes por obvias razones electorales están a la moda sin haber pasado por los clásicos. Los reconocimientos oficiales aparecen.
En México el ninguneo ha cobrado más fuerza con el apoyo de las grandes empresas editoriales, el Fondo de Cultura Económica incluido. Su práctica es intensa y aparece en los sitios más recónditos de la cultura nacional. Por ello es importante rastrear sus orígenes. Leyendo las obras completas de Héctor Pérez Martínez, un escritor que supo sacudir mi juventud con dos libros formidables:Juárez, el impasible y Cuauhtémoc, vida y muerte de una cultura, ambas aparecidas en Austral, encontré la historia de una caballerosa polémica entre este autor yAlfonso Reyes sobre el nacionalismo imperante. Pérez Martínez escribió en su columna de El NacionalEscaparate, algunos conceptos sobre el supuesto alejamiento de intelectuales mexicanos, entre ellos los Contemporáneos y Reyes, de la cultura nacional. El comentario irritó a Xavier Villaurrutia y de inmediato le escribió a don Alfonso a la embajada de México en Brasil a su cargo. Villaurrutiadecía hecho un energúmeno: “... se habla de que nuestras obras nada valen por descastadas, por herméticas, por inhumanas. Y que nuestra generación es un fracaso (...) A usted mismo se le ha mezclado en esto por un tal Pérez Martínez oPérez o Martínez en este asunto de descastamiento, hablando de su Monterrey que se atreve a dedicar a Valéry las páginas que ellos quisieran dedicara usted aPlaza o a Peza”.
Curiosamente, y si hemos de considerar la biografía que de él hace Octavio Paz,Villaurrutia era un profundo antihispanista. Ignoro qué tanto por razones de educación nacionalista o por su enemistad con los refugiados españoles que llegaron a México luego de la caída de la República. Lo cierto es que la acusación de vivir ajenos a la realidad nacional era en aquella época frecuente, todavía alcancé a vivirla cuando nos entregábamos a la ociosa polémica de ver quién era más mexicano: Reyes, de obra dedicada a Europa, o Martín Luis Guzmán, de obra dedicada a la Revolución. Silvia Molina cita en un trabajo sobre su padre (Héctor Pérez Martínez) a varios de los que participaron en la discusión entre una concepción del arte nacionalista y una más universal: José GorostizaSamuel RamosErmilo Abreu Gómez y el propio VillaurrutiaDiego Rivera fue más lejos en tal pugna: en los frescos de la Secretaría de Educación Pública aparecen los Contemporáneos como basura y un poderoso obrero los barre junto con las ediciones de Joyce y Proust.
Sin embargo, lo que me llama la atención es la actitud de Villaurrutia ante las páginas de Pérez Martínez. Su desdén es completo y lo prueba haciendo ironía de sus apellidos o indicando que son olvidables. Es 1932, Pérez Martínez, aunque no había escrito lo esencial de su obra, era ya un escritor reconocido y un periodista de prestigio. Por fortuna, la conducta de Reyes fue distinta y al defender sus puntos de vista y su concepción de mexicanidad no fue al ataque ni al ninguneo. El resultado fue una amistad cariñosa entre ambos personajes, que concluyó con la muerte de Pérez Martínez en 1948, cuando era secretario de Gobernación.
Contemporáneos fue la generación que emprendió la mayor aventura intelectual del país. En una época en que el nacionalismo se había hecho feroz, estos escritores se deshicieron de las conductas provincianas para darnos una cultura universal. Es probable que, a causa de los ataques sin fundamento que recibieron, hayan contestado con pedantería y sin elegancia. Me parece encontrar una línea directa entre VillaurrutiaFernando BenítezFuentes y el más aventajado de los discípulos del ninguneo, Carlos Monsiváis, quien una vez, en Nueva York (donde estábamos José Agustín, él y yo) nos dijo que lamentaba no “haberle dado el golpe” a nuestra generación. Se refería a sus desdeñosas palabras que señalaban que habíamos “plebeyizado a la literatura”. La reacción de José Agustín fue severa, yo me limité a pedirle que lo escribiera. No lo hizo. Según leo en el blog de la escritora Eve Gil, ella es víctima del campeón del ninguneo: Christopher Domínguez. Las manifestaciones del desdén gratuito son cotidianas. Curiosamente, Paz exteriorizaba su desprecio polemizando. Recuerdo su artículo respondiendo a mis críticas, finalizaba con ironía: “Avilés quiso ser Hábil es y sólo consiguió ser Ah, vil es”. Repuse: “Eso lo escribió José Agustín y lo leyó como humorístico regalo en la fiesta de mis 20 años, hace tres décadas”. Al premio Nobel le faltó agudeza o mi amigo se anticipó.

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