Tantadel

junio 26, 2016

Érase una vez y colorín colorado (1/2)

Actualmente el llamado cuento breve vive un éxito descomunal. En internet van y vienen, hay páginas y blogs dedicados a ellos.

El cuento muy corto, el que los españoles suelen llamar microrrelato y nosotros minificción, tal vez por el acelerado ritmo de la vida moderna y de la sobrepoblación literaria, tiene un éxito formidable. De la novela-río hemos pasado a un esmerado cultivo del texto breve que se admira en impresos y en internet. De muchas maneras podríamos decir que éste, en México, proviene principalmente de Julio Torri y Juan José Arreola. Pero tendríamos que meditar en otras fuentes para apreciar su grandeza, en las fábulas de EsopoSamaniego y Lafontaine, en Gracián (ponderaba lo sintético) o en presencias como PoeMaupassantVilliersSchwobKafkaQuiroga y Borges y en la importancia del haikú en manos de Tablada, 1871-1945: “Los gansos. Por nada los gansos/ Tocan alarma/ En sus trompetas de barro.”
Edmundo Valadés popularizó las brevedades y las hizo célebres a través de su revista El Cuento. No siempre eran pequeños relatos, sino frases memorables extraídas de una novela o un ensayo. Como BorgesValadés en México destacó ideas hermosas de autores afamados que muchos aceptamos como cuentos. Sin embargo, para la mayoría de quienes los leen y escriben, todo pareciera provenir de Monterroso. No sólo ello, han hecho de El dinosaurio una leyenda. Hasta politólogos, periodistas y académicos recurren a esta línea magistral y hacen toda clase de paráfrasis. Me atrevo a decir que Efraín Huerta fue quien dio principio a las tediosas variantes al escribir uno de sus poemínimos. “Cuando desperté, la putosauria todavía estaba allí.” Cuando aparecieron estos versos juguetones,Octavio Paz le advirtió a su compañero de generación: Parecen chistes. La reacción no deja de acercarnos a un hecho confuso: no saber precisar qué es un microrrelato o minificción. En alguna medida es terreno pantanoso, del que ni siquiera los especialistas nos han salvado. Cada autor de brevedades tiene su propia definición o su peculiar manera de redactarlas. Julio Torri y Juan José Arreola prepararon el sinuoso camino, donde prevalece lo fantástico.
En lo personal hago novelas extensas, como El reino vencidoEl gran solitario de Palacio o Réquiem por un suicida, pero me siento mejor navegando en las delicadas aguas del texto de extensiones comprimidas. A diferencia de RiveraSiqueiros y Orozco, prefiero los cuadros de caballete; sobre las inmensas obras de Wagner, con frecuencia opto por las piezas de Chopin o de Satie. Ante la novela-río me sumerjo en Borges. Me gustan las cajitas musicales o las miniaturas laqueadas chinas. Con cuentos cortos empecé mi carrera literaria en 1959.
Pero es evidente que son otros escritores, y muy anteriores, los que motivaron esa larga fila de autores que en nuestro continente se han inclinado por redactar textos brevísimos. La fábula o apólogo son influencias fundamentales, estén en verso o en prosa. Jamás he dejado de lado a Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), quien tuvo el acierto de inventar lo que conocemos como greguería, una frase aguda, breve, paradójica y metafórica. Una especie de aforismo resuelto con sentido del humor. Su hermano, Julio Gómez de la Serna, en un prólogo al respecto precisa: “Ramón es para mí, en sus greguerías, como un ilusionista que va extrayendo de su mágico sombrero de copa una serie de cosas heterogéneas: palomas, banderas, conejos, pañuelos”. Es cierto. Ramón escribió cientos de textos cortos que llamó greguerías y que tuvieron en el mundo una enorme influencia. No pasemos por alto frases, aforismos y epigramas eficaces de Jules RenardBernard ShawOscar Wilde y Alfonso Reyes, quienes las llevaron a la práctica en distintas variantes juguetonas.
En mis años de formación, en la librería de viejo de Polo Duarte, nos reuníamos un grupo de jóvenes a escuchar el ingenio del narrador hispano Otaola. A este hombre, de implacable sentido del humor, le escuché las primeras greguerías. Las decía de memoria, una tras otra; así me acerqué al mundo de Ramón Gómez de la Serna, quien, según sus propias palabras, las cosas eran tan simples como las fórmulas matemáticas. Decía que la greguería era “Humor + metáfora = greguería”. Cito cuatro: “Monólogo significa: el mono que habla”, “Los tornillos son clavos peinados de raya en medio”, “Soda: agua con hipo” y “La morcilla es un chorizo lúgubre”.
Hoy, el cuento breve vive un éxito descomunal. En internet van y vienen, hay páginas y blogs dedicados a ellos. La gente del mundo moderno no tiene efectivamente tanto tiempo para leer una novela-río. Prefiere lo que denominan minificciones, ficción mínima, microrrelatos, nanorrelatos o brevicuentos. Hace todavía unas cuatro décadas, no había un nombre específico para este tipo de textos literarios. Experto en relatos cortos, Lauro Zavala, recordó que me correspondió, en 1967, hacer una de las primeras antologías de minificciones nacionales, a la que titulé Antología del breve cuento mexicano. El criterio utilizado fue que ninguno excediera la página y media. Hoy lo medimos en caracteres y las precisiones sobre sus características siguen siendo discutidas.
Con desparpajo, no teorizo sobre su estructura, publico entre dos y tres minificciones semanales en Facebook. Analizarlos le corresponde a los especialistas.

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