Tantadel

junio 24, 2016

Recuerdos de juventud 1/2

Mi primer encuentro con Emmanuel Carballo se dio una tarde de 1963 en su casa. Me había invitado el historiador Ernesto de la Torre Villar. Emmanuel me recibió sonriente y cordial, a un costado de Ciudad Universitaria. El sitio era acogedor: chimenea, libros por todas partes y excelentes botellas de ron y whisky. Platicamos de muchas cosas, especialmente de literatura y política. A la semana siguiente, Emmanuel publicaba en Excélsior su “Diario Público”, columna que anticipaba en mucho el uso de la primera persona del singular en el periodismo, una breve nota de su encuentro conmigo y me describía como una persona joven y nerviosa. ¿Cómo no estar inquieto y agitado? Era la primera vez que me encontraba platicando con un escritor de peso. Por algún tiempo, no sé cuánto, visité a Carballo. Salía de la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales y conversaba con él, más exactamente lo escuchaba. Le hacía compañía. Emmanuel me publicó algunos de mis primeros comentarios periodísticos en un suplemento cultural inserto en Ovaciones. En uno de ellos, en un exceso de radicalismo, critiqué al guatemalteco Miguel Ángel Asturias por aceptar un cargo diplomático, embajador, de su gobierno, un gobierno no muy popular que digamos. Por lo menos, aquello fue un buen inicio, no era fácil que un escritor como Emmanuel aceptara en su casa la visita de un joven sin ninguna obra, sólo con la promesa de que tarde o temprano publicaría algún libro.
Sin embargo, no ocurrió así. La historia la he contado varias veces en detalle y ahora la resumo. De pronto Carballo y Rafael Giménez Siles, un poderoso editor y dueño de librerías, en 1966, decidieron crear una nueva colección literaria. Desde luego, fui invitado junto con otros escritores de mi generación, recuerdo a Parménides García Saldaña y a Margarita Dalton. Yo era cuentista y me vi forzado a transformarme en novelista, así eran las ganas de ser conocido. Redacté las primeras cincuenta páginas de una novela que se llamaría Los juegos y las leí en su casa, ante la mirada atenta de Giménez Siles y Emmanuel. Ambos me elogiaron y estimularon a seguir pese a que era una violenta crítica a intelectuales y políticos. Cuando la concluí, don Rafael fue contundente: “No pienso ir a la cárcel por culpa de tu novela. Hablas mal del presidente, mira que decirle a Díaz Ordaz la gran verga…”. Carballo no hizo mayores comentarios, ¿para qué?, seguramente ya estaban de acuerdo en rechazar mi novela. Mal comencé pese a que Emmanuel me contó historias de afamados intelectuales para que las pusiera en mi libro, cosa que no llevé a cabo. Finalmente me empeciné y la publiqué en edición de autor. Allí comenzaron mis dificultades que no concluyen y que Dionicio Morales precisó en un texto publicado en un libro de homenaje que me hizo la UAM: Once miradas sobre René Avilés Fabila, justo una obra resultado de la conmemoración de los cuarenta años de edición de tal novela. (Por cierto, Los juegos, el año próximo cumple 50 años de edad y la editorial Lectorum hará una edición conmemorativa de un libro realmente contracultural.)
Al aparecer, el primero en darme una bofetada fue Emmanuel Carballo, en el suplemento que dirigía Fernando Benítez y que ya se había mudado de casa y aparecía en Siempre! Decía petulante el crítico que era una obra macartista y en general la ironizaba. Por supuesto, contesté de manera acre y aquello provocó una ruidosa polémica que recuerdan fragmentariamente Jorge Volpi en su libro La imaginación y el poder y José Agustín en el tomo inicial de Tragicomedia mexicana.
Jamás olvidaré cuando entré en la oficina de José Pagés Llergo, estaba solo y sin preámbulos me preguntó qué demonios quería: “Señor, Emmanuel Carballo ha publicado una nota adversa e injusta a mi primera novela y tengo la respuesta. ¿Podría publicarla en la sección de correspondencia?”. Déjela, me dijo imperioso y volvió a su lectura. El siguiente jueves, estaba mi nota. No recuerdo de dónde vino la respuesta, a menos que siga a Volpi, quien dice que fue del propio Emmanuel. De nuevo volví a la redacción de Siempre!, Pagés me sonrió y me dijo algo así como: “Imagino que trae usted otra pinche protesta”. “Sí, pero, quiero pedirle un favor, don José, que en lugar de ilustrarla con una fotografía de Fuentes o Carballo, ponga usted la mía”, y acto seguido le extendí mi foto. Pagés se sonrió como diciendo vaya con la insolencia y vanidad de los nuevos intelectuales (imagino que añadiría el cabrones) y de nuevo se sumergió en sus papeles. La polémica se extendió por varios números y así conocí personalmente a Pagés Llergo, periodista respetado por propios y extraños, hombre legendario.
En realidad no puedo decir que Emmanuel y yo fuimos amigos. Tuvimos montones de encuentros y estuvimos juntos en multitud de actos públicos sobre Arreola y Rulfo, por ejemplo. Con Rafael Giménez Siles terminé absolutamente distanciado. A cambio, la relación con Emmanuel sobrevivió. Como cosa curiosa, nos encontramos en la tarde fatal del 2 de octubre en Tlatelolco. Yo iba con Rosario y él con Neus Espressate. Platicamos sobre la imbecilidad del presidente Díaz Ordaz y sobre el magnífico movimiento estudiantil antes de perdernos entre los innumerables jóvenes que ocupaban la plaza. Es evidente que los cuatro salvamos la vida. Luego, alguna vez, Emmanuel me diría con molestia: “qué barbaridad, ahora todos los escritores y los intelectuales estuvieron en Tlatelolco, cuando ni tú ni yo los vimos. No estaban. Ni Poni ni Monsi”.

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