Tantadel

junio 27, 2016

Recuerdos de juventud (2/2)


Independientemente de los desencuentros, tengo que aceptar que Emmanuel Carballo fue un crítico literario de peso, o como ya he dicho, un entrevistador de talento. Sin sus trabajos no sería posible explicarse la literatura nacional. Sus interrogatorios son magistrales y de una enorme riqueza. Hace tiempo volví a leerlos y poco después me lo topé en una de las comidas de Sogem en la época de José María Fernández Unsaín: yo estaba bebiendo una copa con Francisco Prieto, tan lleno de talento y generosidad, y le dije a Emmanuel: En la entrevista que le hiciste a Salvador Novo están los mejores elementos para explicar el nuevo periodismo en México, mejor dicho, lo anticipa.
Emmanuel Carballo poseía un sentido de la ironía que mucho debemos agradecerle en este país solemne, poblado por gente seria. Era claridoso o al menos lo intentaba. Yo he escrito un montón de veces sobre la ausencia de crítica literaria en México y lo sigo sosteniendo, lo que no significa que no existan excelentes críticos literarios. Me refiero, pues, al grupo colegiado, egresado de las aulas universitarias, que analice sistemáticamente las obras aparecidas. Carballo siguió paso a paso a los mejores escritores mexicanos de su época, tenía una gran biblioteca y archivos, que no leía, sino estudiaba, analizaba los libros, sabía de sus conexiones con otros autores y navegaba en las aguas de los misterios y símbolos literarios de México. Tenía otra virtud más: los nuevos clásicos mexicanos no solían estar de acuerdo con él. Recuerdo que alguna vez declaró a Proceso que la mayoría de las actuales celebridades estaban infladas y dio datos y precisiones. Al día siguiente todos ellos intercambiaban telefonemas para mostrar su malestar y su ridícula indignación. Y algo semejante sucedió a la muerte de Juan Rulfo: estaba yo en la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM, luego de explicarle a Jorge Carpizo quién era ese autor magnífico, hicimos una gran mesa redonda para recordarlo y lamentar su muerte. Fue en el Palacio de Minería. Emmanuel aprovechó para expresar su malestar acerca del reinado de Paz (eran sus momentos de enorme fuerza y capacidad destructiva), de inmediato hubo una reacción, a la que Carballo no dio mayor importancia, se limitó a explicar sus juicios, no a cambiarlos.
Una de sus hazañas fue la recuperación del trabajo de Elena Garro. Con las dificultades propias del tema y del carácter cambiante de Elena, supo sortear las incomodidades para luego incluirla entre sus grandes narradores del siglo XX, el mayor trabajo jamás emprendido entre nosotros. No olvidaré la noche memorable en Monterrey cuando Carballo, Fernández Unsaín y yo hablamos a una multitud sobre la importancia del trabajo de Elena Garro, quien mostraba, como siempre, su rostro de mujer ingenua y sorprendida por las injusticias y el enorme peso del hombre que la desposara para ser muy infelices por el resto de sus vidas. Emmanuel explicó parte de su obra y le dijo a una Elena de nuevo en su patria: “He estado contigo en la guerra y en la paz”.
Solía hallar a Emmanuel sin proponérmelo. En realidad soy amigo de su última esposa, Beatriz Espejo, una cuentista ejemplar. Sin embargo me gustaban los encuentros con Carballo, eran gratos y las coincidencias asombrosas. Me gustaba, debo reconocerlo, su maligna ironía que por otra parte es natural, no pre elaborada, la hacía notar siempre.
La obra de Carballo es muy amplia y comprende también poesía, antologías y libros de memorias. Todo ello es de buen nivel y refleja la obra de un hombre que vivió eterna y pasionalmente enamorado de la literatura, que le dedicó su mayor esfuerzo y que al hacerlo nos ha mostrado la nueva grandeza literaria de México. Ello, por último, no significa que yo haya sido admirador de Emmanuel o un amigo cercano, simplemente compartimos momentos intensos de este México desconcertante y poco amistoso.
Una de las primeras reacciones al morir Parménides García Saldaña, fueron las de su propia generación, José Agustín y yo, entre muchos otros. Emanuel afirmó algo que me parece razonable: que Parménides era (si hemos de aceptar el terminajo) el más radical y sincero de toda la generación de La Onda. Así lo creo y por eso murió. No se entendía con la sociedad mexicana y su intolerancia tenía sentido. Era un opositor nato. Crítico impiadoso. Por ello mismo compañeros como Ignacio Solares no le tenían afecto. Sin embargo, Carballo que conocía bien a nuestra generación, y tuvo mucho contacto con nosotros, pudo escribir sobre ella y alejarnos de las pésimas ocurrencias de Margo Glantz. El solo recorrido por los nombres más significativos de un grupo (los nacidos alrededor de 1940) que tuvo todo tipo de estilos, temas y estructuras, precisa que ninguno era realmente un “Ondero”. Lo vimos como un movimiento social cercano, pero no nos situamos dentro. Si hemos de hablar del consumo de algunas drogas, quienes consumimos fuimos pocos. Y si leemos a Jorge Arturo Ojeda, Juan Tovar o a Roberto Páramo, las diferencias son abismales. Nada qué ver con la Onda. Pienso más bien en el ninguneo que a Emmanuel no le chocaba.
Si escribí dos o tres relatos donde aparecían el LSD, la mariguana y los fiestones desmadrosos, era ocasional. Lo mío siempre fueron los temas fantásticos y en especial los cuentos breves basados en temas bíblicos, en la mitología clásica y en autores del pasado remoto que me habían fascinado desde la niñez.

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