Tantadel

junio 15, 2016

Satanás superstar

Daniel Defoe (1660-1731) es uno de los más grandes escritores y, junto con Swift, pilar de la cultura universal. Su obra más conocida es, sin duda, Robinson Crusoe, pero por allí anda una hermosísima novela erótica suya, Moll Flanders, que en el cine protagonizó la bella Kim Novack. Defoe tiene además dos libros inquietantes: Historia de la peste en Londres e Historia del diablo. El Robinson Crusoe ha sido uno de mis libros favoritos y la señora Flanders me causó no pocas inquietudes juveniles. Ella, imposible no decirlo, y Fanny Hill, fueron leídas una y otra vez. Cuando escribí mis primeros cuentos amorosos, La lluvia no mata a las flores, de nueva cuenta acudí a esos libros y tal vez a Candy. Si mal no recuerdo, así se lo hice saber a Jesús Luis Benítez en una entrevista aparecida en el suplemento cultural de El Nacional, recién publicado mi volumen de cuentos en la editorial Joaquín Mortiz, alrededor de 1970. Como se observa, mi admiración por Defoe es antigua.
Daniel Defoe escribió novelas y también ensayos, y en todos los casos siempre encontramos un tufillo político y, obviamente, religioso. Su prosa satírica, sin llegar a los endiablados extremos de Swift, desconcierta, en especial si tomamos en cuenta la época en que escribió. En Literatura inglesa, Entwistle y Gillett especifican al respecto: “Las obras de Defoe y Swift son pasos importantes hacia las grandes realizaciones del siglo XVIII: la creación de la novela y el ensayo”. En honor a la verdad, habrá que añadir que el primero se adelanta a lo que después llamaremos literatura erótica y en la cual los ingleses dan magníficos ejemplos y escenas más logradas que las que podemos hallar en la picaresca española y en la novela pastoril. Ambas manifestaciones un tanto ingenuas o quizá poco audaces. El amante de lady Chatterley es uno de los más hermosos y no menos escandalosos ejemplos de ello. Hasta nuestros días recordamos la rencorosa censura victoriana repudiando a esta delicada obra de D. H. Lawrence.
Historia del diablo (1726) es para mi gusto la mejor obra de la demonología universal. La más completa acerca de ese ser misterioso y, para la mayoría, odioso y temido. El subtítulo mismo es significativo: “Desde su expulsión del Cielo hasta la venida del Mesías, con interesantes datos acerca de su origen y de los hechos que ha realizado y algunas consideraciones sobre los errores de ciertos autores respecto a las causas de su caída”. Bien visto, el libro es una reivindicación del arrogante ex ángel Luzbel que tiene, como su contraparte, Dios, poderes semejantes: es inmortal y posee el don de la ubicuidad. Por último, aquél jamás tendría sentido sin éste.
Sin pretender analizar la obra (la tarea sería vasta y compleja), hay algunas ideas que me surgieron con la lectura de la Historia del diablo de Daniel Defoe. No es, repito, una crítica sino más bien un par de comentarios que aparecieron mientras la leía, algo así como tentaciones diabólicas: no cabe duda de que el gran personaje literario, y tal vez histórico, no es Dios, lo es su tremenda antítesis, Satanás, el ser más libre de la creación, el que está aquí y allá tentando, proponiéndole al ser humano magníficos crímenes y violaciones a los Mandamientos, el que está junto a nosotros en cada instante de la vida, el que pone al alcance de la mano divertidos pecados y fantásticos vicios. En suma, el que ha hecho de este mundo algo risueño y alegre, el que ha abogado por el adulterio y el sexo fuera de lo común, no importa que su amistad sea condenatoria.
Dentro del cristianismo es posible pagar nuestros pecados veniales con el Purgatorio y aun los mortales con el Infierno si la vida fue buena, si valió la pena vivirla.
Tal vez la legítima lectura de la Historia del diablo sea crítica y adversa al Gran Rebelde; sin embargo, para mí ha sido una inmensa revelación y algo definitivamente reivindicativo. Ya no es posible tenerle miedo, peores han sido algunos individuos o algunas naciones, dice el propio Defoe. Más crímenes se han cometido en el nombre de Dios (pensemos en las Cruzadas o en la Santa Inquisición) que en el del diablo. Supongo que lo correcto es pensar como Goethe y aguardar un posible encuentro con el demonio: ¡hay tantas cosas que escucharle y tantas ofertas maravillosas que aguardarle! Todo consiste en saber burlarlo o aceptarlo, si es que deseamos que este valle de lágrimas se convierta en terreno fértil para la felicidad, la abundancia y el reconocimiento sin importar las amenazas de un castigo celestial.
Apostillas: Marx fue severo no con el cristianismo sino con todas las religiones al señalarlas como el opio del pueblo. Dios no reaccionó ante la aseveración del filósofo, acaso porque ambos han visto cómo la humanidad se divide en dos amplios grupos: los malvados y los bondadosos. De diversas maneras ambos ven a un inmenso conglomerado que lucha entre sí. El problema es que bien vistos los seres humanos son muy semejantes y tanto pobres como ricos, lo que Marx llamó la contradicción principal, tienen grandes facultades para pervertirse completamente.
Dicho sea en otros términos, ambos tienen afinidades: Dios, hizo una humanidad imperfecta. Marx cree que sólo por la fuerza puede ser generosa y digna.

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