Tantadel

julio 27, 2016

¿Dónde quedó el subcomandante Marcos?

Hace algún tiempo, de la revista Siempre! me telefonearon para hacerme dos preguntas acerca del subcomandante Marcos. La primera era mi opinión sobre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Respondí que ya había escrito cuatro o cinco, tal vez más, artículos sobre el tema, pero bien podría resumirlos en unas pocas línea: gracias a ese grupo guerrillero, México despertó de un largo, pesado, letargo. Ahora sabemos más de esa fábrica de miseria (y de un puñado de supermillonarios) que fue el neoliberalismo salinista. El presidencialismo recibió una terrible abolladura. Como los anteriores sexenios y los siguientes, terminó en medio de una clara situación de ruina moral.
La segunda se refería a la famosa e “ingeniosa” declaración de Carlos Fuentes, ésa que dijo que el subcomandante Marcos había leído más atentamente a Carlos Monsiváis que a Carlos Marx. Fuentes trató de hacer una frase ingeniosa y frívola. Pero el asunto es grave porque el subcomandante Marcos, que tantas simpatías conquistó, fue adorado por intelectuales afamados como Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, seguido por estudiantes, finalmente estuvo adorado, merced a sus aduladores intelectuales, al mundo de la farándula y la frivolidad. Poco antes algún reportero idiota señalaba que era obvio que el guerrillero había leído exhaustivamente a Krauze, Aguilar Camín y a Monsiváis. Y esto le daba una frescura maravillosa, como la que caracterizó, según la crítica reconocida, a la generación de la onda. Flaco favor le hicieron los medios de comunicación y los intelectuales al subcomandante Marcos al ponerlo tan mal acompañado. Yo lo imaginaba leyendo a José Revueltas, a Ricardo Pozas, a Juan Rulfo, a Martín Luis Guzmán, a Juan José Arreola, a Elena Garro o a Jorge Luis Borges (el único latinoamericano que ha llevado a cabo una revolución, en este caso literaria) y ahora resulta que no, que nomás lee a los cuates que ahora le endilgan las peores críticas a su causa o al total silencio. Recordé que Ernesto Guevara, al morir, llevaba con su magro equipo militar, un libro del enorme poeta León Felipe. Cómo han cambiado las cosas. Según cierta prensa, el subcomandante aprovechaba a sus mejores voceros para mandar recados y cartas a intelectuales del peor estilo oportunista, que lo mismo reciben becas de la burocracia cultural que pasan el tiempo en festejos y reconocimientos oficiales, como han sido los casos del hace poco fallecido Monsiváis, Poniatowska, Del Paso o Pitol. Recibieron todo de manos del estado, hasta cargos oficiales, varios de ellos fueron embajadores del sistema que luego dijeron aborrecer.
Es decir, en lugar de utilizar su poder, para convencer a una sociedad poco politizada, atrasada, que requiere el apoyo de personas audaces, valientes y de postura ideológica correcta, buscó soporte en la farándula intelectual. Yo en vano he tratado de entender a Carlos Monsiváis. Su lenguaje críptico, sus bromas tomadas de Groucho Marx y Woody Allen, sus frases retóricas y siempre rebuscadas, me logran desconcertar. Tuvo becas y premios de creador emérito o algo así, y jamás escribió una novela, un cuento o un poema. Entiendo, claro está, que los creadores ?aquí vale la redundancia? crean, no hacen periodismo aunque sea del denominado nuevo. Comparar a Capote o a Wolfe con Monsiváis no es una gran grosería, es una falta de respeto al arte y a la inteligencia, aunque sería un logro para el nacionalismo. Finalmente, recuerdo que alguna vez Monsiváis y yo estuvimos en un pequeño encuentro sobre literatura mexicana en San Antonio Texas. De esas sesiones apareció un libro con las ponencias de todos los que participamos traducidas al inglés, la de Carlos se quedó en español. Pregunté la razón y me dijeron, que no hubo traductor en ese lugar que entendiera qué quiso decir. Si el subcomandante logró descifrarlo, perfecto. Que reciba una beca del Fonca.
De todos modos, es indignante que una figura trágica y valerosa como la del subcomandante Marcos, haya sido manejada por intelectuales orgánicos. Por mi parte, yo hubiera preferido que leyera manuales guerrilleros, los de Guevara, Mao, Giap, Taber... Le hubieran sido mucho más útiles para vencer al Ejército Mexicano; o al menos defenderse con fortuna, que saber qué opina la desconcertante Elenita, quien ahora dejó a Marcos para apoyar eternamente a López Obrador.
Ya nada sabemos de Marcos, lo imagino silencioso y reflexivo en la selva que fue un cuartel revolucionario. Su paso por la política nacional fue respetable y en mucho ayudó a cambiar la situación del país en una época en que el presidencialismo no era tan apacible y tolerante como el actual. Arriesgó la vida y recorrió en medio de ovaciones las calles de la extraña Ciudad de México, hoy disputada por el PRD y Morena, ambas fuerzas ajenas a la respetabilidad política.
Nos ocupa hoy la enfermiza conducta de la CNTE y sus diarias acciones vandálicas que muchos suponen el inicio de una guerrilla urbana. Los medios no hablan de Marcos. Predomina la conjetura de que vive en Europa. La política mexicana es muy triste.

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