Tantadel

julio 03, 2016

Érase una vez y colorín colorado (2/2)

Desde que comencé a escribir, sin duda bajo la influencia de los fantásticos mitos religioso-culturales como La Iliada y La Odisea, insuperables obras de Homero, y las historias bíblicas, he sido un obstinado narrador de brevedades. Como señalé antes, tuve asimismo la presencia de los fabulistas clásicos. La inmensa mayoría de mis relatos son de muy reducidas proporciones. Si he de llamarlos de alguna forma, me atrae minificciones, que en rigor no siempre lo son. A veces son reflexiones muy ceñidas o aforismos o frases que me gustaron. Los he escrito con pasión y entusiasmo. Ignoro cuántas lleve publicadas, pero son cientos. Pocas veces rebaso las 20 líneas y procuro que tengan un sólido arranque, un desarrollo y un final sorpresivo. Menciono uno: Los fantasmas y yo, publicado en 1973 en La desaparición de Hollywood, obra que obtuvo uno de los premios de la antes festejada Casa de las Américas en Cuba: “Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes”. Unos muchachos lo adaptaron a minivideo de diez segundos.
Fernando Valls, especialista de altos vuelos en este tema, precisa en el ensayo El microrrelato como género literario: “Hasta no hace muchos años buena parte de los estudiosos del microrrelato ha venido considerando que se trataba de un género distinto del cuento, cuyas características (narratividad, concisión, intensidad y brevedad) no diferían en esencia de las del relato…” Concluye señalando que se trata de un género independiente, con características propias y distintas al relato que conocemos desde que Poe escribe sobre el tema y produce algunos de los más valiosos textos breves. El microrrelato o minificción no es, pues, el hermano menor del cuento habitual, es algo más y con virtudes peculiares.
Lo que no deja de asombrarme es la lentitud del avance del cuento. Siglos después de Las mil y una noches, el relato adquiere las características que hoy le conocemos y obtiene su independencia principalmente con Poe y una lista de asombrosos narradores europeos tales como MeriméVilliersMaupassantSchwob,ApollinaireWildeRenard… En el siglo XX, Kafka es el nombre clave seguido por el de Borges, quien lleva a cabo una inmensa revolución literaria que no acabamos de descifrar. El chileno Volodia Teitelbom se acerca en su libro Los dos Borges. De diferente manera, y con mayor celeridad, ahora el cuento breve se desarrolla y goza de un enorme prestigio en España, Argentina y México, por citar sólo tres países. Sólo guiado por la idea de sugerir más que de darle al lector textos largos, mis cuentos breves comenzaron a aparecer alrededor de mis 20 años de edad y fueron incluidos en multitud de antologías y revistas especializadas. Las primeras fueron dos del argentino Rodolfo AlonsoEl humor más negro que hay y Primera antología de la Ciencia-Ficción Latinoamericana, cuyo subtítulo es La narrativa más joven de todo un continente. Allí estaba yo en 1970 y 1974, respectivamente, con historias mínimas. La lista de otras antologías de cuentos breves donde me incluyen es amplia y hoy la descubro en internet.
Leo los brillantes textos que teorizan sobre el asunto y con todos tengo afinidades. Pero me correspondió escribir relatos pensando sólo en hacer literatura de la literatura, en ordenar a mi gusto el universo y hacer posible lo imposible. ¿Por qué no dejarles a los críticos literarios la difícil tarea de averiguar qué son? Los teóricos (de Dolores Koch a Fernando VallsLauro ZavalaAna Calvo RevillaRosa Fernández UrtasunClara Obligado…) distinguen no sólo por el número de palabras, sino por la forma en que están escritas las minificciones o microrrelatos. Hay quienes escriben frases ingeniosas, una broma, alguna gracejada, aforismos y listo. Pero en tal sentido, los cuentos brevísimos deben tener una historia y personajes, una trama. No es fácil, pero hay que intentarlo para que no sean solamente el resultado de una expresión eficaz. Añado que el periodismo en mi vida y su transición hacia valores modernos, reducidos por excelencia, me hizo, de manera natural, sumar literatura y diarismo. Lo que los estadunidenses, luego del éxito de Tom Wolfe y su obra Nuevo periodismo, han sabido mezclar exitosamente creando una nueva estética comunicacional, gobernada por la capacidad de síntesis y la buena prosa, si ingeniosa y aguda, mucho mejor. Ahora no sólo vemos al periodismo como ética, también como estética y, si cambio de escenario y me instalo en la academia, los textos de ciencias sociales ya saben que su perdurabilidad aumenta cuando la prosa es literaria y sobre todo precisa, justa, rotunda. Al menos es mi caso, cuando paso de un campo a otro siempre quedo atrapado en el relato ficcional o proveniente de la realidad, preciso, casi ausente de imágenes, porque el texto es la misma metáfora.
No importa cuántas novelas haya escrito, son los libros de microrrelatos los que me indican el camino. Los pienso ante una escultura, oyendo a Tchaikovski, leyendo a Swift y los escribo para un destino azaroso. Son libros anticipados en la mente, no una suma de anécdotas escritas en ratos de distracción o de ocio.
Veo en los buenos autores de minificciones a personas inteligentes y sensibles, que hacen del lector otro creador.

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