Tantadel

julio 18, 2016

Los libros de las universidades públicas

Hace unos días, en mi programa radiofónico de UAM-Radio, Culturalmente incorrectos, entrevisté a David Gutiérrez Fuentes, jefe de Publicaciones de la UAM-X. Hablamos de las dificultades no para hacer libros, sino para distribuirlos, de las ventajas y desventajas del libro digital frente al impreso. Recordé que nosotros, en Xochimilco, hemos tenido muy hermosos libros (recuerdo uno de aforismos del director de orquesta Luis Herrera de la Fuente) que han sido modestos best-sellers. Más recientemente editamos un libro interesante: Basta: cien mujeres contra la violencia de género, testimonios, producto de un convenio con feministas chilenas y argentinas. Esta obra la presentó la rectora Patricia Alfaro Moctezuma, en menos de un año se agotó y acabamos de editar la segunda edición. Algo semejante ocurrió con un extraordinario libro de Rubén Bonifaz Nuño: Antología personal. Tuvimos tres ediciones. Es decir, el libro universitario de calidad tiene éxito. Citado, la plática se dirigió a Bonifaz Nuño.
Recordé palabras mías cuando esa obra soberbia, los gustos personales del inmenso poeta, estuvo lista, escribí algo que deseo recordar. Ezra Pound gustaba de contar una breve historia, una metáfora de la capacidad de la poesía: “¿Qué estás dibujando, Juanito? A Dios. Pero nadie sabe cómo es Él. ¡Lo sabrán cuando yo termine el dibujo!”. Es posible que el cuentecillo también encierre otra enseñanza: el poeta es un señalado de Dios. O si se prefiere podemos decirlo con palabras de Chesterton: “El poeta sólo pide introducir su cabeza en los cielos...”. Significa ello que el poeta posee la capacidad o el don divino de transmitir el conocimiento y, asimismo, las grandes zonas inexploradas de la actividad humana. Rubén Bonifaz Nuño es uno de los señalados por Dios para ejercer la más alta tarea: la poesía.
Poeta por vocación, enamorado con fiereza de la literatura, Rubén no tiene parangón en nuestras letras latinoamericanas: es el luminoso autor de Los demonios y los días, As de oros y Fuego de pobres, el inmenso traductor de Homero, el brillante ensayista de Los reinos de Cintia y el hombre que descubre secretos prehispánicos con Imagen de Tlaloc. Una obra inaudita, ambiciosa y de gran densidad que culmina con la enseñanza, la vida académica a la que tantos años de esfuerzos le dedicara.
Formado en el rigor de los clásicos griegos y latinos, Bonifaz Nuño nos entregó una obra notable que pone a Homero, Propercio, Catulo, Afrodita, Elena, Aquiles, Hera y Atenea entre nosotros y en insuperables versiones. Insatisfecho con las traducciones al castellano existentes fue más lejos y él mismo se hizo cargo de ponerlas en un español perfecto, con la ventaja de que se trata de un poeta traduciendo a otros poetas y entonces queda intacta la musicalidad y el ritmo de los textos originales, la carga poética.
Rubén Bonifaz Nuño llevaba en su interior una luminosidad deslumbrante, que ciega, nada había dentro de él que le restara grandeza, que lo minimizara. Ajeno a grupos y a sectas, no conoció otra religión que el arte y la literatura. Su objetivo en la vida fue (y está plenamente cumplido) la más elevada literatura. Al contrario de lo dicho en uno de sus poemas (“Adiós, adiós, mis compañeros;/ me presento, por si no lo saben: estoy de más en esta vida.”), Bonifaz Nuño es indispensable, esencial. Baste decir que ni sus traducciones portentosas ni su poesía de mágica sinceridad están de más, son parte fundamental de nuestra cultura, sin su tarea hoy seríamos menos, muchos menos, en el reino de la creación y en el campo de la cultura universal. En ocasiones, las más de las veces, hombre indefenso, encontró su salvación en la literatura y quizá también en un sentido del humor que lo evadía, aunque fuera momentáneamente, de las penas que se incrustan en el cuerpo y hieren de modo indeleble el alma.
La poesía de Rubén es, a mi juicio, la más acabada, la mejor decantada, que en conjunto podemos hallar en el país. A veces hermética, exige del lector su mejor esfuerzo, un esfuerzo que le permita comprender no sólo su dolor y sus sufrimientos, la terrible y gradual pérdida de la vista y las mujeres que transitan sensuales o enigmáticas dentro de sus versos. Sacerdote y pecador de una religión única, la que fue construyendo en completa soledad y a veces en otra soledad aún más dolorosa, la del desamor, es un poeta de alcances inimaginables, de una belleza y una perfección asombrosas. Sus poemas posiblemente no sean para memorizar, como los de Bécquer, Neruda o Sabines, son para leerlos lentamente, con sed, con hambre de sentimientos y pasiones, e ir descubriendo un mundo complejo, adolorido, donde las mujeres se alejan y el poeta victorioso pasa a ser un guerrero sombrío: “Y he cambiado. Sordo, encanecido,/ una oficina soy, un sueldo;/ veinte mil pesos en escombros/ y un volkswagen, y la nostalgia/ de lo que no tuve, y el insomnio,/ y cáscaras de años devaluados”.
El programa concluyó, pues, con la presencia espiritual del poeta, ensayista y traductor de los clásicos grecolatinos en la UAM-X, de la que recibió un cálido homenaje hace algunos años.
No cabe duda: si las universidades públicas se esmeran por hacer libros bellos, valiosos y promoverlos dentro de nuestras posibilidades, tendrán él éxito que obtienen las ediciones de las empresas privadas.





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