Tantadel

julio 17, 2016

Los magníficos hombres blancos

“El hombre blanco es poseedor de una cualidad que lo ha hecho hacer camino: el irrespeto. El irrespeto tiene las manos libres y puede fabricar, inventar, progresar”: Henri Michaux: Un bárbaro en India.

En Los primeros hombres en la luna, de H. G. Wells, el doctor Cavor descubre una nueva y valiosa sustancia; entonces interviene el narrador: primero desea que tenga fines bélicos, luego piensa en los negocios: “Vi ya creada una compañía principal y compañías secundarias, patentes a la derecha, patentes a la izquierda, sindicatos, privilegios y concesiones que brotaban y se esparcían hasta que una vasta y magnífica compañía de cavorita manejaba y gobernaba al mundo”. Y más adelante: “le aseguré que podríamos adquirir suficientes riquezas para poner en práctica cualquier clase de revolución social, que podríamos ser poderosos y dar órdenes al mundo entero”. Elocuentes palabras en tal obra son riqueza, negocios, monopolio, millonarios, “¡nos haga ricos hasta sobrepasar todos los sueños de la avaricia!”.
Estas cuestiones forman parte de la mentalidad de escritores conformada dentro de los valores burgueses, Wells, el hombre que mostró sorpresa cuando Lenin le explicó que los soviéticos electrificarían la totalidad de su inmenso territorio, tenía concepciones muy definidas sobre las clases sociales. Al menos, como socialista fabiano, no comprendía la lucha de clases. El doctor Cavor dice, después de una violenta explosión en su laboratorio: “mis tres ayudantes (obreros que trabajaban con él) pueden o no haber perecido. De suyo, no tiene importancia. Si han muerto, la pérdida no es muy grande, pues eran más trabajadores que inteligentes...”.
Lo anterior conduce a otro tema no menos fascinante: el del hombre blanco en la literatura. Lucha de colores que disfraza o encumbra la de clases y protege manifestaciones colonialistas y racistas. Los primeros hombres en la luna fueron caucásicos, tanto en la literatura como en los hechos de la vida real. James Bond, creatura de Ian Fleming, es el personaje más varonil, audaz y seductor de los hombres, tiene licencia para matar y solito ha acabado con comunistas, chinos, mafias rusas, orientales, árabes y demás razas deficientes.
El hombre blanco ha ido desde el fondo de la historia hasta nuestros días cometiendo hazañas impresionantes. Mientras que las otras razas o las mezclas surgidas posteriormente apenas hoy comienzan a hacerse notar, porque existen profundos problemas económicos, sociales, geográficos, políticos, no fáciles de analizar en unos cuantos párrafos. El caso es que las artes —principalmente la literatura— han recogido, reinventado, mitificado, glorificado, las gestas del blanco. Un negro jamás habría podido lograr proezas magistrales en África; se necesitaba que llegara Tarzán y con gritos y puñaladas pusiera un orden en la convulsionada selva. No olvidemos que aparte de blanco era noble, lord Greystoke. Seguramente un obrero inglés no hubiera sido amamantado por una gorila y menos logrado subsistir en la fiera jungla.
La literatura del héroe ha sido escrita por blancos. Es normal pues, que Flash Gordon, James Bond, Robinson Crusoe o los personajes de Verne vayan por el mundo o por otras galaxias resolviendo gravísimos problemas que seres “inferiores” no comprenden. ¿Alguien imaginaría a Sherlock Holmes de color, oriental o paquistaní? Por supuesto que no, pese a ciertos investigadores de origen chino que surgieron a raíz del éxito del personaje de Conan Doyle. El blanco ha impuesto su forma de vida, la típicamente occidental.
Tomemos un representativo relato de aventuras: Leiningen contra las hormigas, del británico Carl Stephenson. La trama es sencilla: un europeo posee una inmensa plantación en la selva brasileña. Para él trabajan cuatrocientos nativos que lo han deificado. Leiningen representa la sabiduría, el valor, la inteligencia y la audacia. En cine el papel estuvo a cargo de Charlton HestonMarabunta. De pronto le notifican que un mar de hormigas se dirige hacia sus tierras, que huya. Treinta y cinco kilómetros cuadrados de feroces hormigas avanzan destruyendo todo. Los aborígenes tiemblan, quieren escapar del mortal peligro. El hacendado permanece impasible. Exige valentía, que combatan por las pródigas tierras de un blanco. Y así lo hacen.
Las hormigas inician el combate. Las escenas están descritas, con talento
(Stephenson es racista, no tonto). Aquí entran los conceptos del autor acerca de los nativos brasileños. Leiningen les comunica la mala nueva y los arenga: será difícil ganarle la guerra a la plaga “bíblica”, no obstante se hará hasta lo imposible. Entonces “...la confianza de los indios en Leiningen era tan grande que recibieron la noticia del peligro y las órdenes para prepararse a la lucha con la misma tranquilidad con que él las daba”.

El blanco se dirige a un indio: “¡A la gasolina, idiota!” Comienzan las duras frases de desprecio a los subdesarrollados: “una cascada irresistible de hormigas cayó sobre el cauce medio vacío. Cruzaron el foso antes que la tarda inteligencia del indio reaccionase...”
Casi derrotados por las hormigas, los hombres oyen a su patrón: “¡Escuchad, muchachos, me tenéis más miedo a mí, y yo estoy orgulloso de vosotros!”. Leiningen logra contener el avance temible del ejército. Los sobrevivientes no olvidarán el valor de su amo y lo pondrán en un altar, como hemos puesto a tantos otros héroes blancos.

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