Tantadel

junio 22, 2016

Los sueños cinematográficos

El teatro, es obvio, está más cerca de la cinematografía que la novela. Por ello Shakespeare o Tennessee Williams han sido mejor captados que Cervantes y William Faulkner. Pero dentro de la literatura hay un género, el policiaco, que cuenta con un público fiel y esta pasmosa fidelidad ha pasado a las salas cinematográficas. Desde Dashiell Hammett y su célebre El halcón maltés, asombrosamente interpretado por Humphrey Bogart, y aún antes con las películas basadas en las novelas de Arthur Conan Doyle, el espectador-lector y el lector-espectador (de los dos tenemos) han sufrido con sus héroes y odiado a los villanos, pese a que los primeros se han ido haciendo cada vez más rudos y brutales. Recordemos que ya Mike Hammer de Spillane era un ser violento y que James Bond de Ian Fleming lo es en demasía. El cine y la televisión los lanzaron a la fama. Sus fórmulas eran sencillas: imposible darle armas convencionales a los héroes policiacos ni tampoco tramas fáciles de perseguir, a cambio, sexo y rudeza. Sólo Agatha Christie desoyó la nueva manera de conseguir el éxito y siguió escribiendo novelas en las que los héroes son prácticamente incapaces de tomar un arma. Como Sherlock Holmes, preferían la inteligencia y la lógica deductiva. Y mientras que James Bond (desde luego, en la versión de Sean Connery) destroza cabezas con balas expansivas y enseguida hace el amor con una bella mujer, Hércules Poirot o la solterona miss Marple desde un sofá seguían los pasos del asesino o del ladrón. Aunque había escenarios exóticos, la obra se desarrollaba como si fuera teatro; en un espacio reducido. La señora Christie no tenía interés, ciertamente, por buscar grandes espacios capaces de albergar tumultuosas acciones. Se esforzaba (y lo conseguía con frecuencia) en confundir al lector y al espectador. Confundía asimismo a sus personajes con pistas falsas y datos que no encajaban. Pocos han sido tan duros con sus héroes en el plano intelectual como ella, Conan Doyle y más recientemente Simenon y Ellery Queen. Sus obras no fueron violentas, aunque como en toda novela de misterio y crimen, hay algo de sangre. Pero nunca tocó el sexo y la violencia como los actuales novelistas policiales. Jamás olvidaré los primeros libros que de ella leí: El asesinato de Rogelio Ackroyd y Diez negritos, ambos en ediciones argentinas, del mismo modo que tendré presente a la versión cinematográfica de Muerte en el Nilo con Víctor Buonno en el papel de Hércules Poirot.
No cabe duda de que dentro de la cinematografía mundial han existido inmensos poetas: Charles Chaplin es uno de ellos, probablemente el más grande. Para fortuna de sus admiradores, ya a nadie se le ocurre compararlo con Cantinflas. Chaplin no tuvo par. Con y sin palabras consiguió que el público se emocionara con sus bellísimas imágenes. Más que un cineasta completo era un mago maravilloso: he visto sus películas una y otra vez con la misma tensión del principio y aún logran conmoverme profundamente escenas como aquélla de Luces de la ciudad en la que el vagabundo más empobrecido que de costumbre se encuentra con la vendedora de flores (Virginia Cherrill) a la que ayudó: ahora no es más una ciega, trata de socorrer a Chaplin y éste sólo acepta una flor. Ella toca su mano y reconoce al instante a su antiguo protector. Todo está en los expresivos rostros. Es una secuencia enternecedora.
Pero también el cine ha recibido poetas literarios como Jean Cocteau. Autor de novelas espléndidas como Les enfants terribles (indistintamente traducido como Muchachos terribles o Infancia terrible) y Opio (el relato de su aventura con esa droga, su proceso de desintoxicación y más de un secreto literario), dibujante de alta calidad y creador de obras teatrales de primera línea, llega al cine y produce algunas cintas maravillosas, casi siempre con la presencia de Jean Marais: La bella y la bestia, Orfeo, La sangre de un poeta y El testamento de Orfeo. Cocteau encuentra en el cine su mejor arma, no importa que a muchos críticos no los convenza su filmografía, que la encuentren fácil y almibarada. Es un poeta tanto como literato que como cineasta. En su trabajo están juntos el surrealismo de aquellos años y la magia de todos los tiempos. No me parece una casualidad que haya escogido para sus películas temas como la bella y la bestia y la hermosa leyenda de Orfeo y Eurídice. Son mitos de validez universal.
En efecto, el principal problema para llevar al cine una novela es su extensión. Ya hemos visto los pesados resultados de obras como La guerra y la paz de Leon Tolstoi. Y si hubieran dejado intactos los diálogos de Adiós a las armas de Ernest Hemingway, sólo los fanáticos de este novelista (yo entre ellos) y los cineadictos hubieran podido llegar hasta la palabra salvadora: Fin.
¿Qué ocurre? Una cosa: de nueva cuenta estamos ante el enorme prestigio de la novela, en especial de la novela realista. Y ante ésta el cuento pasa a un papel modesto de hermano menor, de género chico. Todos se inclinan ante la sinfonía y dejan de lado la pieza de cámara. Los murales hacen palidecer al caballete. El cuento es el material perfecto para el cine. Sus características de brevedad, rapidez e ir por regla general hacia un final con frecuencia sorpresivo, son ideales para la adaptación cinematográfica. Un ejemplo nada más. Blow Up, excelente película de Antonioni, fue basada en el cuento corto de Julio Cortázar “Las babas del diablo”. Los pasmosos resultados están a la vista.


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