Tantadel

julio 10, 2016

Magia y erotismo literario

¿Qué haríamos sin los brujos? Dependemos de ellos más de lo que imaginamos. El libro El retorno de los brujos es una prueba de ello.

Hechicería y arte no son distantes. Para el común de la gente, la primera es un conjunto de supersticiones y prácticas perversas que ejercen brujos y magos, los hay buenos y malvados. El hechicero debe poseer poderes mágicos, dominar, incluso, a las fuerzas naturales. Las figuras diabólicas aparecen con frecuencia. No hay cultura que haya carecido de tan importantes seres. Los denominamos magos, hechiceros, brujos, nigromantes, adivinos o curanderos y no están lejos de las religiones que dicen operar milagros y al tiempo combaten con violencia a la magia y la hechicería.
La magia es el arte o ciencia oculta con la que se pretende producir, valiéndose de conjuros, pócimas, ciertas acciones extrañas, según cada rito y sus adeptos, con la intervención de seres contrarios a las leyes naturales. Sin embargo, el contravenirlas no es misión exclusiva de la brujería, también está en poder de las religiones y es un fenómeno ancestral. El ser humano no ha podido vivir sin buscar presencias todopoderosas que le ayuden a sortear problemas, crisis o males. Por lo regular, hechizar, usar la magia, es ejercer prácticas demoniacas. En algunos países, el nuestro, por ejemplo, los viejos ritos considerados herejías coexisten con las religiones más aceptadas.
Dentro de los fines primordiales de la hechicería está el amor. La búsqueda de este fin desconcierta a las personas cultas o de formación científica. Pero hay una materia o arte que acepta su uso y da resultados estéticos: la literatura. Si hemos de pensar larga y profundamente en esta relación sorprendente, llegamos al amor-pasión, al erotismo.
En términos generales, para James George Frazer, en su obra cumbre La rama dorada, la magia es un sistema espurio de leyes naturales, así como una guía errónea de conducta; es una ciencia falsa y un arte abortado. Considerada como un sistema de leyes naturales, es decir, como expresión de reglas que determinan la consecución de acaecimientos en todo el mundo, podemos considerarla como magia teórica; considerada como una serie de reglas que los humanos cumplirán con objeto de conseguir sus fines, puede llamarse magia práctica. Algunos hechiceros evolucionaron hasta llegar a jefes y reyes. La historia antigua está llena de ejemplos. En el siglo XX, Hitler creyó en ella e intentó que fuera su aliada. Los resultados fueron desastrosos. Lo vencieron principalmente la tenacidad soviética y el patriotismo de una nación que tenía fe en una ideología.
Si pensamos que el espiritismo, la habilidad de comunicarse con quienes han dejado la vida corporal no es algo distante de la magia o quizá de la brujería, y recordamos el éxito que tuvo durante los fines del siglo XIX y principios del XX, imposible dejar de lado al hombre que inició la Revolución Mexicana: Francisco I. Madero, quien creyó haber sido elegido por espíritus para dar mensajes y así los recibió e incluso llevó puntual registro de sus conversaciones con ánimas. Sus libretas están publicadas. Pero no hubo un espíritu generoso que le anticipara la traición de Victoriano Huerta.
La brujería es común entre los mexicanos. Basta ir al Zócalo, al Mercado de Sonora o a Catemaco para recibir limpias, comprar extraños productos que alejan el mal de ojo y para recibir favores amorosos de una mujer. El catolicismo intentó acabar con lo que los conquistadores llamaron brujería de las antiguas religiones y fracasaron: nuestra religiosidad está llena de magia prehispánica.
 ¿Qué haríamos sin los brujos? Dependemos de ellos más de lo que imaginamos. Allí está el libro El retorno de los brujos, como una pequeña prueba. Pero si alguna materia ha sido excelente recipiendario de la magia y la brujería es la literatura. Novelas célebres como Don Quijote y los cuentos de hadas mucho le deben. La literatura fantástica es una muestra muy amplia y contundente. Seres de ultratumba han regresado a atormentarnos, los muertos se convierten en fantasmas y los vampiros y las criaturas como la del doctor Frankenstein son reales: la literatura les dio vida y el cine los popularizó y los hizo, sin duda, más temibles merced a los trucos tecnológicos.
El erotismo nacional ha marchado lento, sobre todo en cine. Los tiempos fueron cambiando y la literatura europea y la estadunidense fueron adentrándose en el sexo. Eso sí fue un acto de magia que lograron grandes narradores. No había razón para eludir algo tan profundo como son las relaciones sexuales. A veces aparecía la mano mágica o un acto de brujería. Quizá en El bebé de Rosemary, obra de Roman Polanski basada en una novela, encontramos un ejemplo claro: Mia Farrow, Rosemary, es poseída por el mismísimo Satanás para hacerla madre de la antítesis de Cristo, el anticristo. En una escena brumosa el Demonio la posee con brutalidad.
Si nos centramos en el arte literario, tenemos dos grandes ejemplos: la contraparte femenina de Drácula, Carmilla, una muerta viviente, plena de sensualidad y perversión, de Sheridan Le Fanu, y la monumental novela de GoetheFausto, donde por amor a la vida y a la mujer un hombre enigmático y ambicioso pide un pacto con Satanás. El tema es infinito y la realidad se mezcla con la fantasía como lo prueba un libro interesante: Literatura satánica, de Tulio Stilman, trabajo antológico que muestra los acuerdos entre humanos y deidades del mal, lo mismo en el arte que en la vida real.

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