Tantadel

julio 06, 2016

Recuerdos sobre Juan de la Cabada

En una antigua antología seria, inteligente, atinada y por completo olvidada, publicada en 1945 por Manuel Lerín y Marco Antonio Millán (por cierto muy cercano a José Revueltas), 29 cuentistas mexicanos actuales, Ediciones de la Revista América, bellamente ilustrada por Julio Prieto y Salvador Pruneda, Juan de la Cabada queda incluido. La ficha sobre Juan lleva las siglas de Millán y vale la pena reproducirla: “Cuentista, novelista, nace tres años después que nuestro siglo. Antes de llegar a la mayoría de edad abandona Campeche, su tierra natal para ampliar su horizonte en la Perla de las Antillas. Retorna a México y recorre el país en casi toda su extensión en doble función de estudio y enseñanza. Militante ilegal del Partido Comunista en pasadas épocas de represión, se singulariza por su combatividad y firmeza de convicciones. Sus primeros escritos —siempre atentos al problema social sobre su poderosa fantasía y su sencilla belleza— aparecen primeramente en El Machete, órgano periodístico del citado Partido y después en la revista de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios que lo cuenta entre sus más valiosos fundadores. Ha asistido a dos congresos internacionales de escritores celebrados en New York y en Madrid el otro. Lleva escritos casi una docena de libros, pero sólo ha publicado Paseo de mentiras (1936) e Incidentes melódicos del mundo irracional (1944).”      
Como es posible notar, no hay una gran precisión sobre las fechas de las primeras publicaciones de Juan de la Cabada. Pero tampoco una justa valoración de su trabajo, al que el autor parece darle menos importancia que a su militancia política a favor del comunismo. Como a Siqueiros y Revueltas, hay que analizarlo de manera integral: no al militante y al literato por separado. Los dos son uno. Aunque, insisto, son pocos los estudios serios sobre su obra y aún sobre su intensa vida de militante político. Uno de esos trabajos valiosos proviene de la pluma de otro escritor contemporáneo suyo y asimismo comunista, Ermilo Abreu Gómez, como prólogo a la Antología de cuentos de Juan de la Cabada (1959), que editara la UNAM y más adelante, para la segunda y tercera ediciones, la hiciera suya el Fondo de Cultura Popular, empresa del Partido Comunista. Ermilo, camarada de Juan, como en alguna época fue asimismo Revueltas, señala la importancia del cuento mexicano a lo largo de los siglos XIX y XX. Sin duda llegó a su mejor momento con los libros de Rojas González, Efrén Hernández, Rulfo, Rubín, Arreola, Edmundo Valadés, Carlos Fuentes y el propio Juan de la Cabada, a mediados del siglo pasado. Advierte Abreu Gómez que no es fácil definir al cuento, porque se confunde con el relato y el cuadro de costumbres. “Pero —precisa— entre este amasijo se siente un hilo conductor, la veta humana que define la intención del autor”. Y si Ermilo encontraba esta complejidad o riqueza, hoy el asunto se ha hecho más dificultoso aún con la mezcla de los géneros literarios y periodísticos entre sí y la presencia de “minirelatos” o “brevicuentos” o “microrelatos”, según quién defina, que vienen sin duda de  escritores poderosos como Ramón Gómez de la Serna, a pesar de que muchos supongan que el origen es Monterroso, Torri o Arreola o el mismísimo Borges y que, con todo rigor, son frases ingeniosas, aforismos, pero no cuentos. Esto viene al caso debido a que hay libros de Juan de la Cabada imposibles de definir o precisar como Incidentes melódicos del mundo irracional. No conozco la primera edición de 1944, pero la segunda, de 1974, es obra muy del autor desde la portada, las ilustraciones (de Leopoldo Méndez) hasta los textos llenos de musicalidad. Sin duda es el más singular de todos los libros aparecidos en México. Música, ilustraciones, texto que lo mismo se asemeja a la fábula que resulta novedad insólita, está dedicada a Silvestre Revueltas. Es un libro irrepetible, de una hermosura y una originalidad sorprendentes por la estructura y la atmósfera maya que allí encontramos.
Los tiempos que corren tienden a separar el arte de la política. Suelen justificar los errores políticos afirmando que primero está el arte, la literatura en este caso. Pareciera que la polémica sobre el arte comprometido fuera obsoleta. La globalización hecha por las potencias dominantes capitalistas ha frivolizado al arte, le ha restado profundidad y pasión social. No fue el caso de Juan de la Cabada, quien pudo darle a su literatura un inteligente y sensible toque de compromiso político sin perder lo esencial del arte, tal como en la plástica lo hizo David Alfaro Siqueiros.
Sobre la supuesta desigualdad que muchos hallan en Juan de la Cabada hay mucho que refutar: es una tonta actitud, mezquina. Reyes lo elogió sin temores: “…vigor auténtico, creación verdadera, bondad y virtud legítimas, escritor y hombre de primera. Lo quiero y lo admiro. No hay en él página perdida.” Y como don Alfonso, lo hicieron Octavio Paz, Manuel Altolaguirre, Andrés Henestrosa y José Bergamín. Este último precisaba en 1941: “…destaca poderosamente la fisonomía de un auténtico escritor de estirpe en Juan de la Cabada, uno de los mejores escritores de prosa española contemporánea, a mi parecer. Su lenguaje refleja con rasgos certeros el habla de las gentes… No conozco otro narrador, otro cuentista mejor en México…”
Fui camarada y amigo de Juan por largos años, lo visitaba y coincidíamos en tareas del Partido, viajamos más de una vez y de todo ello me quedan recuerdos soberbios, libros dedicados y algunas fotografías tomadas por el extraordinario artista Héctor García. Sin embargo lamento no haberle preguntado más sobre su trabajo, sobre sus secretos literarios.

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