Tantadel

julio 31, 2016

Tantadel, ¿novela o mujer misteriosa?

La descripción física de mi personaje femenino no corresponde a ninguna mujer que haya conocido o quizá sea la suma de varias.

En 1973, en París, para escaparme del tedio académico, comencé a imaginar una novela amorosa, tema que únicamente había tratado en relatos cortos y largos. Desde el principio tuvo nombre: Tantadel, quien sería el personaje principal acompañada por un enigmático narrador. En esa ciudad escribí las primeras páginas antes de regresar del posgrado a México, donde la concluí. En ese libro me preocuparon dos cosas: una, que fuera una historia de desamor y que el andamiaje fuera lo más original posible. Lo editó por vez primera el Fondo de Cultura Económica, en Letras Mexicanas. Sus lectores iniciales, algunos críticos estadunidenses y compañeros de generación, como Ignacio Solares y José Agustín, fueron condescendientes, me dijeron que, como señalara el crítico de la Universidad de Kansas, John S. Brushwood (quien mejor conoció la novelística mexicana), entre mis novelas anteriores, Los juegos y El gran solitario de Palacio, y la nueva, había una ruptura estética. Tengo la impresión, a distancia, que es la obra mía que mejor se ha comentado, con más frialdad e inteligencia. La estudiosa estadunidense Norma Klahn escribió un magnífico ensayo señalando la estructura de la novela corta en dos casos: Aura de Carlos Fuentes y Tantadel. Algo semejante hizo Theda Hertz, especialista en literatura mexicana y profesora en Iowa.
Tantadel se agotó en breve tiempo y el Fondo hizo dos ediciones más con portada de Cuevas. Luego llegaron malos vientos a esa institución pública y le dieron portazo. La célebre serie Lecturas Mexicanas de la SEP seleccionó a 200 autores y la incluyó con un tiro de 40 mil ejemplares que se agotaron en menos de un año. Más adelante, Tantadel estuvo en la edición de mis Obras completas en la editorial Nueva Imagen. Ya para esos momentos había sido hermanada, sin razón coherente, con otra novela amorosa mía, La canción de Odette, y juntas caminaron largo trecho. De allí pasaron a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Porfirio Romo, de Lectorum, y Parágrafos, empresa aliada dedicada al diseño, se interesaron en resucitarlas, pero por separado. Acabo de recibir ejemplares deTantadel, bellamente editada y la noticia de que está ya en librerías. Me emocioné.
Tantadel lleva conmigo casi medio siglo, le ha ido bien, varias niñas han sido registradas con ese nombre y en Coyoacán, durante años, hubo un salón de belleza que parecía un homenaje bizarro a mi novela. Es una obra que amo. En las presentaciones iniciales advertí que pude escribirla gracias a dos libros poderosos:El gran Gatsby, de Fitzgerald, y El túnel, de Sabato. Alguien en EU me dijo que no veía la influencia de ambos libros en el mío. Repuse: me influyeron, no los copié. Trataba de explicar que fueron esas y otras novelas de amor las que provocaron en mí un caudal de emociones y sentimientos que me permitieron modelar a esa realmente extraña mujer, la que, a diferencia de su autor, no ha envejecido, sigue bella y sensual, provocativa y dueña de sus actos, independiente y de larga experiencia sexual pese a su juventud.
Si voy a mi página web, encuentro muchísimos comentarios afortunados, me encanta el de Alberto Dallal: “Para amar a Tantadel”. Otros dos que entendieron a esa joven (el narrador no es tan intenso) fueron Bernardo Ruiz e Ignacio Trejo Fuentes. Como detalle curioso, fue Carlos Fuentes quien en una comida me regaló el ejemplar de Norma Klahn arriba citado, donde nos analiza.
La descripción física de mi personaje femenino no corresponde a ninguna mujer que haya conocido o posiblemente sea la suma de varias. La veo como una historia de amor fallido: abrumada por el peso de una sociedad como la mexicana, que no acaba de descubrir la libertad y ella era, como Tina Modotti y Frida Kahlo, precursora de un modo de vida libre, independiente y abierta. Es un ser complejo que yo mismo, a través del misterioso historiador de la trama, no acabo de comprender.
Ahora Tantadel, podría decirse, renace, va en soledad, su compañera de edición aparecerá más adelante asimismo en Lectorum, con sus propios problemas y capacidades para llevar a cabo actos de magia y brujería. A distancia sigo preguntándome si ese personaje de nombre inventado por mí, ¿es una mujer o un puñado de páginas, como aparece en algún párrafo? Poco ríe o si lo hace su risa es sardónica. Parece insegura, no lo es. ¿Qué busca? Los lectores sensibles, acaso las mujeres, y algunos críticos avezados, nos lo dirán. Sigo enamorado de ella y compadezco al narrador de su vida. Es posible que la haya amado intensamente, pero su papel no era hacer el amor con ella, tener un final feliz, sino contar una historia desdichada, de celos y choques. Los hombres siguen sin entender a las mujeres talentosas.
La novela me ha provocado encuentros inesperados y extraños. Alguna ocasión una voz femenina me dijo por teléfono: Soy Tantadel, ¿te gustaría conocerme? Y luego de un largo y provocativo monólogo, cortó. La voz correspondía a una mujer joven. No tenía sentido hacer una cita: no era Tantadel. Bella o no, estaba suplantando a un ser de apariencia fuerte, en cuyo fondo se notaba fragilidad y que buscó inútilmente el amor en varios hombres.

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