Tantadel

agosto 01, 2016

Alexander von Humboldt, ¿fin o principio de un sueño? (1/2)


Hace dos siglos, cualquier viaje suponía una multitud de complicaciones y en ocasiones una hazaña. Los medios al alcance para viajar eran rudimentarios y peligrosos. Si pensamos en los miles y miles de kilómetros que desde 1790 hasta prácticamente 1857 o 1858 recorrió el científico Alexander von Humboldt por Europa y América, la magnitud de su empresa crece hasta hacerse gigante: buena parte de Alemania, en particular los basaltos del Rin, España, las islas Canarias, lo que hoy denominamos América latina, desde las bocas del Orinoco hasta Bogotá y Quito, ascendió el célebre pico el Chimborazo, hizo un rico y notable recorrido por México, viajó por las enormes extensiones rusas a petición del zar Nicolás I y recorrió las zonas aledañas al mar Caspio. Sus célebres viajes siempre culminaron con obras notables como Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Continente y Fragmentos de geología y de la climatología asiática. Se le considera con plena justicia precursor de los viajes científicos. Como humanista y pensador, no sólo como científico, su lectura es obligada y sin temor a exageraciones, es posible señalar que, como en el caso de Darwin, es referencia obligada para los estudiosos de cualquier índole. La modernidad no es posible sin pasar por su extensa y notable obra, por los resultados de sus trabajos y pensamientos.
El mundo europeo de Humboldt era un mundo todavía en expansión, aunque le tocó ver la independencia de Estados Unidos y poco después la del resto del continente americano, la Revolución Francesa se inició, decayó con el impetuoso Napoleón y su dominio de Europa hasta que finalmente desaparece con la Restauración y la muerte del emperador en el exilio de Santa Elena. No tuvo tiempo para ver la unidad alemana y la belicosa actitud que asumiría de 1870 a 1945. Europa era el centro del mundo, la reina de un mundo desigual e injusto que periódicamente se distribuía como colonias las naciones más poderosas del antiguo continente. Humboldt vio entonces no sólo diferentes climas y faunas y floras sorprendentes, vio una serie de naciones que surgían a la vida después de recibir una fuerte carga europea. Vio el ascenso complejo de nuevos sistemas políticos y una larga serie de conflictos políticos, sociales y económicos. El encuentro de dos mundos fue para el continente americano un desastre para sus poblaciones nativas. El triunfo de la tecnología y los avances europeos deshicieron de una punta a otra a civilizaciones que, como en el caso de Perú, Bolivia, Centroamérica y México, eran soberbias. El nuevo mundo se forjó con sangre, la civilización que Europa llevó de un lado a otro fue de un alto costo en vidas y en destrucción. No fue una cruzada evangelizadora como muchos historiadores italianos o españoles aún consideran, fue una sangrienta conquista. En todo caso, el viejo mundo se impuso al nuevo a punta de fuego y acero, masacrando poblaciones enteras. La desgracia mayor no fue tal acción sino los resultados políticos y económicos, sociales y culturales de un continente que se desarrolló de modo imperfecto sobre las culturas y formas de vida de los habitantes originales, los primeros hombres americanos, aquellos que cruzaron el estrecho de Bering y poco a poco, siempre de norte a sur, fueron colonizándolo, descubriendo sus climas, sus bellezas y sus bondades, de la misma manera que entrando en contacto con sus furias y regiones inhóspitas, como lo ha señalado con tono poético, entre nosotros, Manuel Gamio.
Cuando Humboldt llega a México éste aún vive la relativa placidez de la Colonia. Su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España es el trabajo de un hombre de gran capacidad no sólo científica, sino también política. Sus observaciones siguen siendo comentadas y permiten el estudio de esa época americana. Naciones y núcleos indígenas eran brutalmente explotados y el mestizaje se hacía en términos de grandes diferencias raciales y en consecuencia fuera de todo orden. Vista con ojos europeos, por más comprensivos que hayan sido en aquella época, la América Latina mostraba desigualdades y atrasos tremendos. Luego de la Independencia, obtenida alrededor de 1821, los países que abandonó España se enzarzaron en luchas internas y guerras civiles, su desarrollo fue lento, desesperante y únicamente Estados Unidos crecía y avanzaba, no sin agitaciones del calibre de la Guerra Civil. Pero Europa no estaba mejor. La lucha por el dominio mundial requería de la explotación de otros continentes, de otros seres. Sin embargo, Humboldt era un hombre de ideas avanzadas que no le permitían mirar con desdén los países que exhaustivamente estudiaba. Lo que el sabio alemán encontró en tierras americanas fue, con todo rigor, la visión de un imperio que se desmoronaba, para dar paso a un conjunto de naciones que aún ahora buscan su propia ruta.
Humboldt en efecto miró con inteligente aprecio a países como México. En el Ensayo Político sobre el reino de la Nueva España, precisó ya en sus últimos años: “¡Ojalá que mi trabajo, que empecé en la capital de la Nueva España, pueda ser de alguna utilidad a los que la suerte destina a velar por la prosperidad pública! ¡Ojalá, sobre todo, que llegase a persuadirles de una verdad importante, a saber: que el bienestar de los blancos está íntimamente enlazado con el de la raza bronceada y que no puede existir felicidad duradera en ambas Américas, sino en cuanto esta raza humillada pero no envilecida en medio de su larga opresión, llegue a participar de todos los beneficios que son consiguientes a los progresos de la civilización y de las mejoras del orden social!”; pero las palabras del científico y humanista alemán nunca fueron escuchadas.





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