Tantadel

agosto 28, 2016

Borges y Reyes en Nueva York

Resulta curioso que ambos notables hombres de letras no hubieran obtenido el Premio Nobel de Literatura, lo que no es grave de ninguna manera, porque ambos permanecen dentro del mejor galardón que la humanidad concede: mantenerlos en su memoria.

Es bien sabida la sólida relación amistosa que se dio entre Alfonso Reyes, ya afamado, y Jorge Luis Borges, quien comenzaba su genial carrera. Acerca de esa devoción mutua hay muchas páginas. En México destacan las muy brillantes deAdolfo Castañón. Yo mismo, cuando conocí personalmente a Borges, supe del cálido aprecio. Justo me recibió en su oficina de la Biblioteca Nacional de Argentina aludiendo a Reyes, su “maestro”. Hay constancia de ello en un pequeño relato donde narro el encuentro y que ha sido publicado varias veces en antologías sobre el porteño.
Está visto que Borges es inagotable, crece y crece. Investigadores acuciosos, lectores y admiradores hurgan en busca de textos perdidos suyos. Cada tanto aparece un libro distinto sobre su compleja personalidad y monumental sabiduría. Ahora acaba de ser publicada en Lumen una obra más, fascinante: Jorge Luis Borges, el aprendizaje del escritor, resultado de un viaje del argentino a Nueva York, a la universidad de Columbia, en 1971, donde habla de manera novedosa sobre la creación personal de su propio trabajo literario. El seminario está dividido en cuatro secciones o capítulos: Introducción, Ficción, Poesía, Traducción y un apéndice donde habla del aprendizaje del escritor. En la tarea, ante un grupo selecto de alumnos, lo acompaña Norman Thomas di Giovanni, amigo cercano deBorges.
El método es interesante. Los estudiantes leyeron textos del porteño, quien habla de materiales suyos: un cuento, un poema, de las dificultades de la traducción y culmina refiriéndose a la formación literaria. En cada caso Borges inicia y Di Giovanni y los alumnos externan sus dudas e inquietudes acerca de la compleja obra borgeana. El libro apareció originalmente en inglés.
Pocos autores suelen hablar largamente de sus secretos, de los obstáculos de la creación. Borges lo hace con sincera claridad, a veces Di Giovanni, experto en su obra, lo estimula precisando ciertos aspectos que a los estadunidenses les cuesta algún esfuerzo comprender. Nada más distante de Adrogué que Nueva York. En lo relativo a la narración, el Seminario seleccionó El otro duelo, un cuento soberbio y lleno de imágenes y recuerdos, de invenciones ya clásicas en la creación de las letras de Borges. En las otras partes del ahora libro se repite la metodología y brilla el autor homenajeado con un alarde de erudición, imaginación y sencillez.
Como mexicano y devoto de la obra de Alfonso Reyes me admiró que Borges, en una serie de conferencias de esa magnitud, donde cita a docenas de autores celebérrimos de todo el orbe, mencionara a Reyes con cariño, sobre todo en la parte destinada a la poesía, donde la selección es el poema Junio 1968. Entre versos impecables, Borges escribe: “Stevenson y el otro escocés, Andrew Lang,/ reanudarán aquí, de manera mágica,/ la lenta discusión que interrumpieron/ los mares y la muerte/ y a Reyes no le desagradaría ciertamente la cercanía de Virgilio…”
Ya en el conversatorio, Di Giovanni le insiste a Borgesy a Reyes no le desagradará ciertamente la cercanía de Virgilio.
Borges: He mencionado a Alfonso Reyes porque él fue uno de los mejores amigos que tuve. Cuando yo era sólo un joven muchacho en Buenos Aires, cuando no era nadie en particular salvo el hijo de Leonorcita Acevedo o el nieto del coronel BorgesReyes intuyó, de algún modo, que yo sería un poeta. Recordemos que él era bastante famoso; había renovado la prosa en castellano y era un muy buen escritor. Recuerdo que yo solía mandarle mis manuscritos, y él leía no lo que yacía en la superficie del manuscrito sino lo que yo había intentado hacer. Luego, él le decía a la gente: qué buen poema ha escrito este joven muchacho Borges. Pero al examinar el poema, ya lejos del mágico de Reyes, ellos no veían otra cosa que la mera torpeza de mis ensayos de versificación. Reyes, yo no sé cómo, adivinaba lo que yo me había propuesto hacer y lo que mi inexperiencia literaria me había impedido hacer.”
En el párrafo siguiente, Borges vincula adecuadamente a Virgilio con don Alfonso: “Y yo, desde luego, sabía que a Reyes, en su propio paraíso secreto, le habría gustado encontrarse cerca de Virgilio…”
Este libro del Borges maestro deja claro que paga sus deudas de gratitud con su mentor Reyes, como acostumbró hacerlo con sus grandes influencias. Por eso recuerdo que en una mañana soleada de Buenos Aires, al saber mi nacionalidad, calificó como toscos a sus paisanos al decirme emocionado: “Reyes, mi maestro.” Resulta curioso que ambos notables hombres de letras no hubieran obtenido el Premio Nobel de Literatura, lo que no es grave, ambos permanecen dentro del mejor galardón que la humanidad concede: mantenerlos en su memoria.
Finalmente, el libro es un recuento sí de deudas, pero también es una extraña confesión, una entrega a la posteridad de los secretos de su creación literaria, plena de modestia y humildad del mayor y más influyente de todos los escritores del castellano de los dos últimos siglos.


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